El mal viaje del ‘Verano del Amor’

El principio del fin

La relación entre las escenas musicales de San Francisco y de Los Ángeles había estado marcada por ciertos recelos entre ambas. Hasta 1967 se habían desarrollado casi de un modo independiente. Por un lado, los hippies de la bahía, herederos de los beatniks. Por otro, los freaks angelinos, iluminados por el fulgor de los neones de Sunset Strip y al abrigo del paraguas de Hollywood. A pesar de todo, la industria discográfica anhelaba una fusión que contribuyese a capitalizar la subversiva y aún inmaculada contracultura de los hijos de las flores. John Philips, de The Mamas and The Papas; el productor Lou Adler; el manager Alan Pariser; y el publicista Derek Taylor se aliaron para organizar una ceremonia en la que el rock debía alcanzar la misma cota de respetabilidad de la que ya gozaban el jazz y el folk. Dieron en el clavo. Entre los días 16 y 18 de junio lograron congregar en el Monterey Pop Festival a varios de los más destacados músicos procedentes de California y de otros polos de atracción como Tennessee, New York o Gran Bretaña.

La prensa publicitó el evento como la puesta de largo del Flower Power, como el amanecer del ‘Verano del Amor’. En su opinión, Monterey era el nexo entre lo que habían iniciado los Beatles y todo lo que estaba por venir. El propio John Philips compuso ex profeso la canción ‘San Francisco (Be sure to wear flowers in your hair)’ para promocionar el evento. Arrasó en las listas de éxitos. Invitaba a los jóvenes a desprenderse de sus ataduras; a viajar a San Francisco, donde el verano estaría abierto al amor para todos. Pero Monterey supuso en realidad un hito más allá de lo espiritual. Permitió que el dinero de las corporaciones llegase al rock facilitando el star system. Corrompió la inocencia de la escena de San Francisco para siempre. Sus bandas asumieron su rol de estrellas, como realmente eran, y declinaron el papel de trovadores sin ánimo de lucro que pretendían adoptar.

Un por entonces casi desconocido en los EEUU Jimi Hendrix protagonizó uno de los últimos actos programados en el festival. Finalizó su actuación con una alucinante interpretación de ‘Wild thing’ que condujo a un colofón de tintes orgásmicos. Embrujado por la enérgica batería de Mitch Mitchell y el afilado bajo de Noel Redding, se hincó de rodillas sobre su Fender. Rasgueó sus cuerdas con violencia mientras su cuerpo era agitado por lúbricas sacudidas. Acto seguido, corrió hacia unos amplificadores. Regresó con un bote de combustible que roció sobre el instrumento antes de prenderle fuego y destrozarlo a golpes ante un público estupefacto. Fue un ritual de purificación catártica, pero también una metáfora de tenebrosas connotaciones, una premonición de la nebulosa paranoide y violenta que acabaría por oscurecer a la utopía hippie de San Francisco.

Los nuevos vecinos

Hubo un tiempo en el que la comunidad hippie del distrito de Haight-Ashbury soñó con extender su experimento social al resto de los Estados Unidos. Una época en la que creyó que podría suprimir la necesidad del dinero y acabar con la sociedad capitalista. Un breve periodo en el que las bandas locales actuaban gratis en el Golden Gate Park y en el que el grupo activista The Diggers trataba de satisfacer las necesidades de aquellos que optaban por abrazar su contracultural ideal de vida. Todo resultaba tan trasgresor que los medios de comunicación centraron su foco en el distrito. Informaban casi a diario de las extravagantes actividades de los hippies y su mensaje caló hondo entre millares de baby boomers que anhelaban romper con la generación que les precedía. El Oeste era de nuevo la tierra prometida y les estaba esperando con los brazos abiertos. Sin embargo, el abrumador influjo de nuevos iniciados saturó al colectivo hippie de San Francisco, que pronto se percató de que la popularidad destruye, de que se carga todo aquello que conlleva éxito.

  Si hubo un ‘Verano del Amor’ ese fue el de 1966. Para 1967 los síntomas del declive ya eran evidentes. El publicitario llamamiento de John Philips no sólo atrajo a inocentes muchachas y muchachos con flores prendidas de su cabello, también tentó a centenares de individuos cuya pretensión era sacar tajada. Haight-Ashbury se inundó de delincuentes comunes y de adictos a las drogas. Sus calles se convirtieron en un lugar peligroso y el deterioro se aceleró.

A finales del verano de 1967, la población de Haight-Ashbury era muy variopinta. Los escasos y verdaderos hippies sobrevivían casi como eremitas, anclados en un viaje de ácido sin apenas pisar la calle. El distrito solía recibir a visitantes ocasionales con ánimo de curiosear. También a periodistas empeñados en anticiparse a la precipitada debacle del movimiento hippie o a sociólogos que buscaban una explicación al experimento contracultural. Decenas de desertores y de draft resisters habían hallado refugió allí para escaquearse de Vietnam. Otros tipos con fines libidinosos se dejaban caer para explotar su personal concepción del amor libre. Los más pragmáticos simplemente acudían a saciar sus adicciones, al fin y al cabo, los camellos del vecindario vendían cualquier droga conocida por el ser humano en aquellas fechas. Por otra parte, por sus aceras también pululaban vagabundos alcoholizados y nativos norteamericanos que habían decidido huir de sus reservas.

A esta masa heterogénea se sumaban jóvenes afroamericanos sin recursos procedentes de las Flatlands de Haight-Ashbury y del gueto de Fillmore. Subsistían robando y vendiendo drogas. Los delincuentes juveniles blancos de San Francisco y de otras ciudades también hacían negocio allí. Habían acudido para explotar a los hippies. Solían proceder de hogares desestructurados y en muchos casos eran víctimas de unos padres negligentes. Rechazaban los alucinógenos. En su lugar, preferían los opiáceos, los barbitúricos y las anfetaminas. Detrás de estas sustancias se encontraban las causas de la violencia que barrió a la comunidad.

En sus primeros compases, la contracultura hippie se alió con las bandas de moteros one percenter. Al igual que ellos, eran excluidos, individuos que se habían rebelado contra el modo de vida americano. No obstante, su idilio se había visto frustrado en 1965 cuando varios Ángeles del Infierno habían atacado en Berkeley a unos antibelicistas. Los Gypsy Jokers eran quienes controlaban el cotarro en Haight-Ashbury. La mayoría vivían fuera del distrito, pero solían pasear en sus motos por las calles puestos hasta el cuello de anfetaminas y repartiendo hostias a cascoporro. Su nihilismo era su carta de presentación. Ni siquiera tenían aprecio por su propia vida, la cual llevaban al límite para comprobar si eran capaces de acariciar la muerte y regresar indemnes.

La gran masa poblacional de Haight-Ashbury estaba compuesta por drogadictos frustrados a quienes se les había ido de las manos la política del éxtasis. A ellos se sumaban adolescentes o runaways que habían abandonado sus hogares y sus estudios. Eran fáciles de impresionar, carne de cañón. Muchos creían que en Frisco serían acogidos por una comuna y que podrían sobrevivir sin un pavo. Deseaban experimentar con las drogas y con el amor libre que les habían prometido. Muchos no lo lograron y acabaron mendigando o, en el mejor de los casos, vendiendo a advenedizos copias de publicaciones pornográficas underground. De todos modos, la competencia era muy agresiva y algunos acabaron entregando sus cuerpos a la incipiente industria porno; prostituyéndose; o trabajando en los bares topless de North Beach (1). Unos pocos obtuvieron ayudas sociales. Los más inteligentes regresaron a sus casas. Otros tantos carecían incluso de esa opción y fueron arrastrados a la fatalidad.

Haight-Ashbury se aproximaba a una paranoica distopía. Se tambaleaba en un frágil equilibrio que podría ser quebrantado en cualquier momento. Pronto sería sacudido por tres muertes violentas.

Un teniente de la comisaría del distrito de Haight-Ashbury añade una foto al panel de menores desaparecidos. Durante los primeros seis meses de 1967, la Policía de San Francisco recogió a unos 750 jóvenes que se habían fugado de sus hogares. (AP Photo/Robert W. Klein)

Un mal viaje

3 de agosto de 1967. El cadáver de John Kent Carter, también llamado ‘Jacob King’ o ‘Shob’, es hallado en su apartamento de Parnassus Heights, a escasas manzanas de Haight-Ashbury. El cuerpo presenta doce puñaladas -una de ellas directa al corazón- y su brazo derecho ha sido amputado limpiamente a la altura del codo. Un rastro de sangre constata que fue trasladado desde el salón hasta una habitación. La violenta escena contrasta con las coloridas pinturas psicodélicas de las paredes. El forense sostiene que la muerte se produjo veinticuatro horas atrás. Tenía 25 años. Era un flautista sin empleo y un conocido camello de la zona. Su novia afirma a la prensa que dos días antes le había visto portando 3.000 dólares en efectivo. Ambos ahorraban dinero para viajar a Europa (2). Varios colegas subrayan que tenía la manía de llevar su pasta en un maletín esposado a su muñeca diestra para evitar robos (3).

5 de agosto. Son las once de la noche. El oficial Charles Barker del departamento de Policía de Sebastopol, en el condado de Sonoma, se encuentra de patrulla cuando intercepta un Volkswagen negro que ha superado la velocidad máxima permitida en el casco urbano. Eric Frank Dahlstrom va al volante. Es un temerario. Un motorista local de 23 años que atesora en su palmarés algún premio de los 350 cc de la American Cycle Association. Dahlstrom parece ido. Algo no le huele bien a Barker. Inspecciona el interior del vehículo y halla una P38 automática cargada, 2657 dólares y todo un cóctel de pastillas. En el maletero encuentra un extraño paquete envuelto con varias gamuzas. Lo desenrolla con cautela. En su interior hay un antebrazo. Posteriores pesquisas permiten averiguar que el coche pertenece a ‘Shob’ Carter.

Dahlstrom es trasladado a dependencias policiales y confiesa su crimen a la periodista Cindy Crawford del San Franciso Examiner incluso antes de hablar con su abogado. Hace semanas que está envuelto por una nube de ácido lisérgico. Precisamente, apunta hacia el LSD como el detonante del asesinato de ‘Shob’. Parece ser que Dahlstrom había acudido a su apartamento para recriminar al traficante por haberle vendido unos tripis de mala calidad, lo que desata una trifulca en la cocina. Dahlstrom agarra un cuchillo que está depositado en el fregadero y le apuñala. ‘Shob’ cae al suelo malherido y Dahlstrom concluye su faena con ensañamiento. «Quizá demasiado», comenta (4).

-¿Por qué le amputaste el brazo? – pregunta Crawford.

-La mano es la historia del hombre. Soy cáncer. Habitualmente no soy un tipo duro – responde el asesino.

6 de agosto. Dos senderistas pasean por las inmediaciones del faro de Point Reyes, en el condado de Marin, cuando observan que de uno de los acantilados cuelga un extraño bulto. Resulta ser un saco de dormir en cuyo interior se encuentra el cadáver de un hombre afroamericano. Es el traficante William F. Thomas ‘Superspade’, toda una celebridad en Haight-Ashbury. Sus andanzas son frecuentemente mencionadas en las columnas de Herb Caen para el San Francisco Chronicle y es uno de los nombres propios del documental musical You are what you eat. Su cadáver presenta una herida punzante en el pecho y un balazo en la base del cráneo. Fue lanzado desde un acantilado de unos 80 metros de altura, pero se quedó enganchado a unas rocas que se encuentran a tan sólo 12 metros de la cima. Quizá llevaba tres días muerto.

En diciembre de 1966 había tenido problemas con la justicia. Había sido atrapado durante una redada policial tratando de hacer negocios con un muchacho de Hillsborough y otros dos niños ricos de la península de San Francisco. Su exposición pública y su deslumbrante estilo afro lo habían hecho realmente famoso. Su abogado por aquel entonces lo describía como un tipo pacífico y simpático. ‘Superspade’ era sofisticado y tenía contactos más allá de los bajos fondos, incluso había sido manager de Peter, Paul and Mary (5). Desde entonces había residido en una bonita casa victoriana en el 848 de la calle Clayton antes de trasladarse al distrito Mission junto a su novia, Sue Wistland, quien denunció su desaparición un día antes del macabro hallazgo.

Pronto comienzan a circular todo tipo de elucubraciones. Su competencia directa en el negocio del LSD sostenía que ‘Superspade’ era un confidente del Departamento Estatal de Narcóticos. La Policía desmintió este extremo y subrayó que, a lo sumo, sólo había dado el aviso de la presencia de teeny-boopers demasiado jóvenes para internarse en Haight-Ashbury. Otros rumores apuntaban al crimen organizado de la Costa Este, que supuestamente había extendido sus tentáculos en un intento por controlar el mercado de las drogas en California. Matthew O’Connor, jefe de Narcóticos, rechazó cualquier conexión con la Mafia (6).

Entre las pertenencias personales encontradas junto a ‘Superspade’ sólo se hallaron 15 dólares. De todos modos, sus amigos aseguraron que antes de su desaparición había logrado reunir entre 30 y 55 de los grandes con los que pretendía hacer un negocio redondo y retirarse del trapicheo. Le vincularon a ‘Shob’ Carter, quien hipotéticamente había planeado adelantar 3000 pavos a ‘Superspade’ como parte de un alijo de LSD que éste iba a comprar antes de que ambos fuesen asesinados (7). Sólo se pudo confirmar que ‘Superspade’ había sido visto en Sausalito en compañía de dos intermediarios: un afroamericano neoyorkino llamado Joe y un matón local.

Las pesquisas no condujeron a ninguna parte y el crimen nunca fue resuelto. Años después, algunos investigadores con más romanticismo que hechos fehacientes conjeturaron que quizá Charles Manson podría tener algo que ver. Hallaron similitudes entre los crímenes de ‘Superspade’ y de Gary Hinman así como con el asesinato frustrado de Bernard ‘Lotsapoppa’ Crowe, ambos perpetrados por la Familia Manson. ‘Charlie’ era uno de esos tipos desarraigados que habían dado con sus huesos en Haight-Ashbury, donde comenzó a modelar su comuna de chicas y chicos con graves carencias afectivas. También solía recorrer la Highway 1, en cuyas cercanías fue hallado el cadáver de ‘Superspade’. Sin embargo, son meras cábalas. 

7 de agosto. Dahlstrom confiesa ante la justicia el crimen de ‘Shob’ Carter. Afirma que fue en defensa propia y se muestra confuso por la presencia del miembro mutilado en el VW. Tratan de vincularle con el asesinato de ‘Superspade’, pero tiene una coartada: había estado con un amigo en Oakland. Su abogado basa su defensa en que su cliente se encontraba bajo los efectos del LSD. Había tenido demasiados malos viajes.

Ese mismo día George Harrison y su esposa Pattie Boyd se presentan de imprevisto en el Haight y en Hippie Hill. El Beatle queda horrorizado por los estragos que las drogas están provocando entre los hippies. En su editorial el San Francisco Oracle apela a que se detenga el comercio ilegal de estupefacientes. Invita a que cada uno siembre su hierba y la comparta. Quizá de ese modo las almas de ‘Shob’ y ‘Superspade’ «podrían regresar a sus cuerpos, que tan sólo querían la belleza y la alegría de su parte en el gran baile» (8).

24 de agosto. Los asesinatos de ‘Shob’ y ‘Superspade’ han conmovido a Haight-Ashbury. Aún no se han recuperado cuando el Hell’s Angel ‘Chocolate George’ fallece en el hospital tras ser arrollado en la intersección entre Haight y Schrader por un hombre que conducía un auto robado.

28 de agosto. ‘Chocolate George’ era uno de los moteros más queridos y activos en Haight-Ashbury. La comunidad se vuelca en su funeral. Big Brother and The Holding Company y Grateful Dead ofrecen en su memoria un concierto gratuito en el Golden Gate Park. A él acuden 1500 personas. Los one percenters sólo patean el culo de cuatro hippies.

La muerte del hippie

¿Había fallado el experimento social de los hippies? ¿Por qué se habían alcanzado esas cotas de violencia? ¿Eso era cuanto tenía que ofrecer la Era de Aquarius? La prensa observaba con atención, como un buitre dispuesto a lanzarse sobre la carroña. Muchos de los hippies que aún permanecían en Haight-Ashbury prefirieron largarse a comunas rurales antes que presenciar el inevitable naufragio. Su huída dejó un gran vacío que se vio acentuado por el fin de las vacaciones estivales. La marihuana escaseaba y el LSD estaba más barato que nunca a medida que su demanda se caía en picado. El speed entró con fuerza. El consumo de barbitúricos, tranquilizantes y heroína se desarrolló exponencialmente para calmar los excesos anfetamínicos. De ahí a convertirse en un junkie sólo había un pequeño paso que muchos dieron sin apenas ser conscientes. Carentes de recursos para financiar su adicción, su abstinencia condujo a la delincuencia. La violencia se disparó en una atmósfera disonante a caballo entre la alucinación y una penosa realidad. Era el fin de la utopía.

6 de octubre. Una procesión recorre el Haight. Decenas de hippies convocados por The Diggers portan un ataúd que simboliza la muerte de su sueño y el nacimiento del ‘Hombre Libre’. En su interior hay dos kilos de marihuana y varios más del pelo de sus barbas recién cortadas. La comitiva se detiene en el Buena Vista Park. Allí incineran la caja. Todo pretendía ser llevado a cabo a espaldas de los medios de comunicación, a quienes acusan de haber contribuido a destruir su proyecto de una nueva sociedad. Es puro teatro, otra pantomima como el ‘Verano del Amor’. Un último destello. Todo lo que sigue tendrá poco o nada que ver con la paz y el amor.

Fin de año de 1967. Las estadísticas policiales dejan poco lugar a la duda respecto a la violencia en Haight-Ashbury. La comisaría del distrito ha registrado durante los últimos doce meses 17 asesinatos, 100 violaciones, 290 asaltos y 3000 robos (9). Los comerciantes y los viejos propietarios estaban asustados, habían solicitado la aprobación de nuevas ordenanzas antidisturbios. El alcalde Joseph Alioto les promete mano dura.

Los restos del naufragio

Ha transcurrido un año desde el fin del ‘Verano del Amor’. Haight-Ashbury es un lugar hostil. Las puertas y ventanas de las casas victorianas han sido blindadas con rejas de hierro. Todo ha ido de mal en peor. Las propiedades se han devaluado. Muchos comercios han bajado su persiana para siempre. Quienes aún obtienen provecho son los camellos y los vendedores de alcohol perrero. Poco queda de aquellos hippies pioneros. Sus autobuses coloridos ya no circulan por sus calles; tampoco hay conciertos gratuitos al raso; ni reuniones tribales. Sus gurús han puesto tierra de por medio. Los Merry Pranksters se han disuelto; Neal Cassady ha muerto en San Miguel de Allende; Ken Kesey se ha refugiado en Oregón; y varios de los Diggers se han instalado en México. Grateful Dead ha disuelto su comuna y Janis Joplin ha abandonado Big Brother and The Holding Company.

En las comunas rurales la vida no es mucho más dulce. Los hippies han sido recibidos con hostilidad por los locales. Delincuentes y one percenters han seguido sus pasos. Creen que en el campo, lejos del escrutinio de la policía de San Francisco, podrán ocuparse de sus turbios asuntos con mayor libertad. Una de las comunidades hippies más popular es la Morningstar, situada cerca de Occidental y Sebastopol. Su fundador es Louis Gottlieb, un ex Limeliter. Acepta a cualquiera en su refugio, que pronto se ve afectado por los mismos demonios que han corrompido a Haight-Ashbury. La Policía protagoniza varias redadas en busca de estupefacientes y los Gypsy Jokers violan a siete chicas en una sola semana (10). Los vecinos acusan a los ‘melenudos’ de allanar sus propiedades y de extender las enfermedades venéreas. Este patrón se repite en otros refugios donde los hippies viven en condiciones propias de los exploradores del siglo XIX y donde suelen establecerse todo tipo de conductas machistas.

Los dos primeros meses de 1969 son trágicos en Haight-Ashbury. La población del distrito es la menor desde 1964, pero la tasa de delincuencia es la más alta. Entre enero y febrero se registran 17 asesinatos, 58 violaciones, 209 asaltos y 500 robos. A estas cifras cabe sumar la muerte en extrañas circunstancias de una docena de informantes y otras víctimas de venganzas en medio de la guerra por el control del mercado de estupefacientes. Frisco toca fondo y, si es que queda algo del movimiento hippie, recibe su tiro de gracia cuando -justo dos años después de las muertes de ‘Shob’ y ‘Superspade’- salen a la luz los espeluznantes crímenes de Tate-LaBianca. El 6 de diciembre, en Altamont, se sella el obituario con el asesinato de Meredith Hunter a manos de varios Hell’s Angels que habían sido contratados para velar por la seguridad de los asistentes a cambio de 500 dólares en cerveza. Sino el fin, este incidente se convirtió en la alegoría de todo lo que había ido mal y en la muerte del sueño rousseaniano de los hippies.

Notas

(1) DAVID E. SMITH, M. D. y JOHN LUCE. Love needs care. San Francisco’s Haight-Ashbury Free Medical Clinic and its pioneer role in treating drug-abuse problems. Little, Brown & Company, 1969, pp. 11-12.

(2) BOB CALHOUN. «Sex, drugs, and rock ‘n’ roll ’67: The bad end of the Summer of Love». En SF Weekly, [fecha de acceso, 12/02/2021]. Disponible en Internet: < https://www.sfweekly.com/news/feature/sex-drugs-and-rock-n-roll-67-the-bad-end-of-the-summer-of-love/&gt;.

(3) CHARLES PERRY. The Haight-Ashbury. A history. Random House, 1984, p. 224.

(4) «California: End of the dance». Time. Friday, August 18, 1967.

(5) CINDY CRAWFORD. «Superspade was seen here». The San Francisco Examiner. 10 de agosto de 1967, pp. 1 y 14.

(6) «California: End of the dance». Time. Friday, August 18, 1967.

(7) CHARLES PERRY. The Haight-Ashbury. A history, pp. 225-26.

(8) «California: End of the dance». Time. Friday, August 18, 1967.

(9) DAVID E. SMITH, M. D. y JOHN LUCE. Love needs care, p. 251.

(10) DAVID E. SMITH, M. D. y JOHN LUCE. Love needs care, pp. 201-02.

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