El mito faustiano de Robert Johnson

En las extensas y uniformes llanuras del Delta del Mississippi, los cruces de caminos son casi las únicas referencias geográficas que destacan. La palabra crossroad está fuertemente anclada en la imaginación colectiva de su población. Su presencia es ubicua en lugares como Clarksdale, en el condado de Coahoma. Cuenta la leyenda que en esta pequeña ciudad se encuentra la encrucijada en la que Robert Johnson vendió su alma al Diablo a cambio del talento musical. Este tipo de relatos faustianos son tan viejos como el propio blues. Hunden sus raíces en ancestrales creencias religiosas que los esclavos procedentes de África Occidental se llevaron consigo al Nuevo Mundo. La enigmática vida de Johnson ha sido eclipsada por este mito. Sin embargo, tras décadas de arduas pesquisas, los investigadores hablan de una existencia más prosaica.

Antes de que comenzara la década de los veinte del siglo pasado, Charley Patton contaba con su propio séquito de discípulos en Dockery, una granja situada a medio camino entre Cleveland y Ruleville. Era el bluesman mejor valorado del lugar, lo cual no era un asunto baladí puesto que allí se citaban algunos de los mejores músicos del Delta. En otros lugares del estado predominaba un estilo de blues melódico que aún sonaba como las baladas del siglo XIX. Este era el tipo de música que tocaba un tipo larguilucho llamado Tommy Johnson cuando, en algún momento entre 1912 y 1914 (1), se dejó caer por Dockery con el deseo de perfeccionar sus artes.

Tommy Johnson se había criado en Crystal Springs, en el seno de una familia granjera con gran tradición musical. Siendo apenas un adolescente se enredó con una mujer de la edad de su madre y juntos viajaron al norte. Se establecieron en Rolling Fork y poco después se trasladaron a Boyle, un pueblo conectado con Dockery a través del ferrocarril ‘Peavine’. Tommy era un amateur cuando cayó atrapado por el hechizo de Patton y de su compañero de fatigas, Willie Brown. Permaneció a su lado durante dos años, empapándose de su música. Cuando regresó al hogar familiar, su técnica era pulida y comenzó a enseñar a su hermano mayor, Reverend LeDell, quien nunca había escuchado nada semejante.

Su virtuosismo sólo se limitaba a su recién adquirida agudeza musical. Aquel joven que un buen día había puesto tierra de por medio, había vuelto resabiado. Era un mujeriego sin remedio y un alcohólico empedernido. Bebía cualquier cosa que tuviese a mano o que su bolsillo le permitiese: Sterno o canned heat; alcohol desnaturalizado; cera de abrillantar zapatos, … También era portador de un escalofriante secreto. Cuando su hermano le preguntó dónde había aprendido a tocar tan bien en tan corto lapso de tiempo, él respondió narrando un siniestro relato. Tommy le aseguró que había vendido su alma al Diablo a cambio del talento. Si deseaba ser tan bueno como él, sólo tenía que presentarse con su guitarra en un cruce de caminos un poco antes de la medianoche. Sentarse allí y comenzar a tocar una pieza. Un gran hombre negro se le aproximaría. Tomaría su instrumento, lo afinaría y tocaría algo antes de devolvérselo. De ese modo quedaría sellado su pacto con ‘El Maligno’.

Parece ser que Robert Johnson también frecuentó a Willie Brown y a Patton en torno a 1926, cuando ambos vivían en Robisonville (2). Tiempo después, Son House llegó a la ciudad. De inmediato, se convirtió en el músico favorito de un novato e inocente Robert Johnson. Se escapaba de casa los sábados por la noche para verles tocar en las juke houses de los alrededores. Aprovechaba los recesos para saltar al escenario, apropiarse de sus guitarras y comenzar a rasgar sus cuerdas, lo que sacaba de quicio al público. House apenas le toleraba (3). Solían mofarse de sus limitadas habilidades cuando iban puestos hasta el cuello de moonshine.

Lejos de amilanarle, su desdén inspiró una respuesta tenaz. Se esfumó sin dejar rastro. Se reencontraron con él en un local en Banks. Habían pasado varios meses. Quizás un año. Estaba seguro de sí mismo. Comenzó a tocar la guitarra y a cantar de un modo deslumbrante. Les dejó fascinados. Este episodio marcó el inicio de su carrera profesional y de una vida errante. Su historia corrió como la pólvora. De nuevo, un pacto diabólico fue empleado para explicar el porqué de su empinada curva de aprendizaje. Décadas más tarde, cuando el investigador Mack McCormick viajó al Delta en busca de pistas sobre la misteriosa vida de Johnson, varios de sus parientes aseguraron que había sellado un trato con Satán y que incluso eran capaces de señalar el lugar en el que había tenido lugar el encuentro.

Es muy probable que Robert Johnson hubiese alimentado este rumor, al igual que ya había hecho Tommy Johnson años atrás. Incluso es posible que ambos se hubiesen conocido. Tommy era muy popular y aún gozaba de fama gracias a sus grabaciones de 1928 y 1930. Pero, ¿por qué ambos propiciaron esta leyenda si, al fin y al cabo, sólo restaba mérito al tiempo y esfuerzo que habían invertido en aprender a tocar blues? La respuesta es simple: buscaban captar el interés de un público entre el que se contaba mucha gente que aún creía en la magia y que atribuía poderes sobrenaturales a aquellos con talento (4).

Sus casos no eran excepcionales. Existen otros ejemplos, siendo el de Peetie Wheatstraw el más destacado. Este pianista y guitarrista ocasional se proclamó a sí mismo como ‘The Devil’s Son-in-Law’ (‘El Yerno del Diablo) o ‘The High Sheriff from Hell’ (‘El Máximo Sheriff del Infierno’). Los sellos discográficos también eran conscientes del valor del impacto comercial de esa conexión infernal o maligna. En 1931, Paramount promocionó la canción «Devil got my woman», de Skip James, con un póster en el que se muestra a una mujer siendo asaltada en su cama por un esqueleto que porta en su mano derecha una serpiente. Estas connotaciones malévolas pueden ser comprendidas como un agente provocador, como un acto de rebeldía del bluesman que sobrevive en un mundo dirigido por blancos. No obstante, también estimula una confrontación con los más piadosos miembros de la comunidad afroamericana, quienes se sentían horrorizados por estos relatos y por las actitudes pecaminosas de los bluesmen, tanto que la asociación entre la guitarra y el Diablo provocó que este instrumento fuese prohibido en varias iglesias del Delta. Al fin y al cabo, para ellos Satán era algo más que un concepto, era un activo que podía arruinar sus vidas.

Waitin’ for the Devil to come, 2021. ©Ignacio Pulido

Más allá de lo superficial, de ese afán por hacerse notar, se pueden rastrear trazas de los ritos y creencias de las religiones del África precolonial, las cuales extendieron su influencia al Caribe y a Sudamérica en diferentes formas sincréticas. Desde este punto de vista, el cruce de caminos adquiere diversos significados. En Brasil, los practicantes del candomblé consideran que las encrucijadas son lugares provistos de espiritualidad. En la mitología yoruba, el orisha Exu mora en los cruces, donde se sitúa el punto de encuentro entre lo humano y lo divino. Sucede lo mismo con Eleggua, del panteón santero cubano; y con Legba, del vudú haitiano. En el Nuevo Mundo, todas estas deidades fueron tempranamente identificadas con el Diablo del cristianismo, representado habitualmente por la sabiduría popular afroamericana como una figura bromista en lugar de como el ser tenebroso de los sermones de las misas dominicales.

Harry Middleton Hyatt recoge en el quinto volumen de su ambiciosa antología sobre los hechizos, la brujería y la magia negra en el Sur de los Estados Unidos relatos similares a los de Robert y Tommy Johnson (5). Esto confirma que se trataba de un mito ampliamente extendido entre la población.

La temática de las canciones de Robert Johnson contribuyeron a apuntalar el mito de ese hombre con un pie en el Infierno. De todos modos, cuando se encontraba en apuros, acudía a Dios, como manifiesta en «Cross road blues», una canción sobre el miedo y la desesperación. Su lectura más evidente habla del «pobre Bob» tirado en un cruce de caminos situado en vaya usted a saber qué lugar esperando a que un buen samaritano pase con su coche y lo saque de allí. El sol se está poniendo y la noche resulta peligrosa bajo el manto de Jim Crow. Nadie le conoce. Quizá algún redneck pueda causarle problemas, pero sus temores trascienden lo mundano y se elevan a lo sobrenatural. En las tinieblas, las flatlands del Mississippi pueden resultar aterradoras. Todo está a oscuras, vacío y amenazadoramente silencioso. Tan sólo se escucha el ruido de los insectos. De pronto, un chapoteo hace que se te hiele la sangre. Seguro que se trata de una alimaña que cruza una charca. Sin embargo, aquellos temerosos de la existencia de seres viles y sobrehumanos sufren de cierta predisposición a sugestionarse.

El pacto diabólico de Robert Johnson es sin lugar a dudas la leyenda más explotada del blues del Delta. El estado de Mississippi ha explotado este filón con fines turísticos. Como todo buen mito que se precie, ha dado pie a diferentes teorías y al menos tres localidades se arrogan la ubicación del legendario cruce en su circunscripción. El enclave más popular es el cruce entre la Highway 61 y la Highway 49 en Clarksdale. A este se suman otras posibles ubicaciones en Dockery y al sur de Rosedale, en el punto en el que se cruzan la Highway 8 y la 1.

Clarksdale, 2021. ©Ignacio Pulido

Robert Johnson es una figura más legendaria que real. Determinadas actitudes afianzaban este carácter. Era muy celoso de sus habilidades. No aprobaba que otros músicos tuviesen los ojos puestos en él. Creía que tenía algo que ocultar (6), pero su pacto diabólico tan sólo es una mera distorsión romántica de los hechos.

Llegados a este punto, se preguntarán dónde estuvo metido el bueno de Robert desde su repentina huída de Robinsonville hasta su reaparición en Banks. Bien, todo apunta a que se mudó a Hazlehurst, donde había pasado parte de su infancia. Robert Palmer sostiene que allí desarrolló su estilo bajo la tutela de un músico de Alabama llamado Ike Zinneman, quien a su vez afirmaba haber aprendido a tocar la guitarra sentado sobre las tumbas de un cementerio a la medianoche. También escuchó discos de Leroy Carr, de Scrapper Blackwell y de Lonnie Johnson, como prueban las distintas influencias que se entreven en su obra. Ted Gioia asegura que el blues de Robert Johnson debe más al fonógrafo que a la plantación; y más a los gustos comerciales que a la tradición folk. El trabajo de Johnson resulta clave en la transformación del blues en una música popular (7).

Los demonios que perseguían a Robert Johnson eran tangibles. Con 17 años había protagonizado el que quizá fue su único y último intento serio de encarrilar su vida tras una infancia marcada por el desarraigo. Se casó con una joven llamada Virginia Travis. Comenzó a trabajar como labrador y aparcó momentáneamente su guitarra en un segundo plano. Iba a ser padre. Su esposa planeó dar a luz en el hogar de su familia, ocasión que Johnson aprovechó para lanzarse de nuevo a la carretera. Todo salió mal. Ella y su criatura fallecieron durante el parto en abril de 1930. Su familia política lo acusó de negligente por no haber estado junto a su amada. Nunca se lo perdonaron. Johnson entró en un estado de shock y sin apenas haber cumplido los veinte años de edad se auto condenó a la destrucción.

El 20 de junio de 1937 grabó sus últimas canciones en un almacén de Dallas. «Hellhound on my trail» y «Me and the Devil blues» pertenecen a esta sesión. En la segunda, Johnson aborda asuntos que le acechaban desde hacía tiempo: la deuda que había de ser pagada por su talento, el dolor, el placer y la muerte. En su última estrofa suplica que su cadáver sea enterrado en una cuneta para que su «viejo y malvado espíritu» pueda subirse al Greyhound. Poco más de un año después, el 16 de agosto de 1938, encontró la muerte tras supuestamente ser envenenado días atrás cerca de Greenwood por un esposo celoso que lo había contratado para actuar en una country house. Tenía 27 años, la edad maldita, y Sonny Boy Williamson II lo vio agonizar en su lecho de muerte. Ofreció un relato colorido de la escena que presenció. Robert Johnson gateaba por el suelo como un perro, aullando de agonía. Los más crédulos quisieron ver en sus palabras la señal inequívoca de que Satán le había estado rondando. Su amigo ‘Honeyboy’ Edwards fue menos poético. Fue testigo de un tránsito cruel y doloroso. Se sostiene que sus restos reposan en un pequeño cementerio cerca de Morgan City, a los pies de la Highway 7. Su deseo se había cumplido y su alma quizás pudo abordar el primer autobús que pasó.

No menos triste fue el final de Tommy Johnson. No obstante, su particular demonio le permitió arrastrarse a duras penas hasta los 60 años de edad. Falleció la noche de Halloween de 1956 destrozado por el alcoholismo.

Notas

(1) ROBERT PALMER. Deep Blues. The Viking Press, 1981, p. 58.

(2) ROBERT PALMER. Deep Blues, p. 112.

(3) TED GIOIA. Delta Blues. The Life and Times of the Mississippi Masters Who Revolutionized American Music. Norton & Co., 2008,  p. 159.

(4) PETER GURALNICK. Searching for Robert Johnson. Plume, 1998, pp. 17-18.

(5) HARRY MIDDLETON HYATT. Hoodoo-Conjuration-Witchcraft-Rootwork. Western Publishing, 1970, p. 4134.

(6) PETER GURALNICK. Searching for Robert Johnson, p. 36.

(7) TED GIOIA. Delta Blues. The Life and Times of the Mississippi Masters Who Revolutionized American Music, p. 169.

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