Townes, Kerouac y las lágrimas de Seymour Washington

A través de su obra, Kerouac manifiesta su preocupación por la condición del hombre occidental moderno y por la sociedad que lo ha moldeado. A mediados de los cuarenta, él y el resto de beats ahondaron en la posibilidad de una crisis espiritual y de la decadencia de América en lugar del progreso infinito. Adoptaron esta perspectiva inspirados por los escritos del filósofo alemán Oswald Splenger y, en especial, por su obra La decadencia de Occidente. Temas cruciales para Splenger, como la alienación del individuo; la experiencia frente al pensamiento intelectual; o la necesidad del hombre de permanecer en movimiento están presentes en sus novelas. A este respecto, resulta posible establecer paralelismos entre las obras de Kerouac y Townes Van Zandt. Ambos se aproximaron a la América que les tocó vivir desde puntos de vista similares. Optaron por la pobreza, pero no la adoraron ni la embellecieron. Tan sólo describieron el espíritu indomable de quienes eligieron la marginalidad o crecieron ajenos al Sueño Americano, de esos nómadas que se adaptan y que sobreviven en las civilizaciones sin establecer grandes vínculos con ellas. Splenger bautizó a estos hombres y mujeres como fellahins.

Quizá ese amor por un modo de vida sencillo impulsó a Townes a mediados de los setenta a instalarse en Clarksville, un distrito del West Side de Austin fundado en 1871 por el esclavo emancipado Charles Clark. Clarksville es la freedman’s town más vieja al oeste del Mississippi. En origen se asentó sobre un terreno de 148 hectáreas que fue adquirido por Clark al gobernador texano Elisha M. Pease. A partir de 1918, el gobierno local de Austin se empeñó en concentrar a las comunidades afroamericanas al este de la ciudad, pero muchos de sus residentes rehusaron mudarse. Prefirieron enfrentarse a la escasez de servicios y a unas infraestructuras deficientes como fruto de la negligencia de las autoridades blancas pro Jim Crow. Las calles estaban sin asfaltar, las viviendas carecían de saneamiento y varios de los barrios estaban atravesados por un arroyo de aguas residuales que cada cierto tiempo solía desbordarse anegando los inmuebles.

Townes se había criado en una familia acomodada, pero se sentía como pez en el agua en Clarksville. Le atraía la humildad de sus habitantes. Sin embargo, Clarksville, al igual que la Texas más castiza, estaba amenazado de desaparecer debido al llamado progreso y a la homogeneización del paisaje urbano estadounidense bajo un manto de centros comerciales, moteles y restaurantes de comida rápida. En 1967 el Estado diseñó el trazado de una autopista que daría acceso al sector occidental de Austin y que discurriría en paralelo a la línea del Missouri Pacific Railroad, motivo por el cual fue bautizada popularmente como la Mopac Expressway. Los vecinos de Clarksville se opusieron al proyecto, que contemplaba la demolición de unas setenta viviendas y el traslado forzado de una treintena de familias. De ello dio cuenta un documental producido por el departamento de radiotelevisión y cine de la Universidad de Texas en Austin.

Cuando Townes recaló en Clarksville, el distrito era un pequeño mundo en sí mismo. Se instaló en un trailer desvencijado en la esquina que forman la calle Charlotte y la 11. Austin era por aquel entonces el principal motor del movimiento outlaw. Allí convergieron dos audiencias a priori irreconciliables tras los divisivos años de la polarización nixoniana: los rednecks y los hippies. Ese acercamiento tan sólo fue posible gracias al carácter ecléctico y tolerante de la escena musical de la ciudad. En ese contexto, Clarksville se convirtió en el lugar de residencia de decenas de hippies locales y de otros tantos procedentes de diversos puntos de la geografía estadounidense. Convivían con los afroamericanos que llevaban allí toda la vida. No había conflictos.

Todos solían reunirse en una pequeña parcela situada tras el mobil home de Townes. Era propiedad de un viejo herrero llamado Uncle Seymour Washington. Vivía allí desde hacía cuarenta años. Seymour había nacido el 12 de julio de 1896. Desde 1910 se ganaba la vida herrando caballos o forjando diversas herramientas. Había trabajado en varios ranchos. Siempre había carecido de un medio de transporte propio. Acudía allí donde era requerido en autobús, en tren o simplemente haciendo autostop, siempre vagando por los alrededores de Austin, donde era conocido como ‘The Walking Blacksmith’. Seymour encajaba en el perfil de lo que Splenger había definido como fellahin. A pesar de que el autor alemán identificaba con este término a los campesinos mexicanos, Kerouac lo había hecho extensible a todos los oprimidos excluidos del estado del bienestar estadounidense post Segunda Guerra Mundial.

Seymour Washington había enviudado pocos años atrás. Vivía en compañía de Pepe y Jim, un chihuahua y un sabueso, respectivamente. Era la atracción del vecindario, una especie de gurú que destilaba esa especie de sabiduría ancestral que sólo otorgan las dificultades y una fe inquebrantable. Ante todo, Seymour era un buen hombre. Al menos así lo recuerdan quienes lo conocieron. Una de esas personas fue Laura Carter, una profesional de la comunicación retirada que formó parte de la comunidad de Clarksville en los setenta. Laura rememora en su blog (1) a Seymour como el padre adoptivo de la familia contracultural de Clarksville a pesar de que quizá nunca hubiese llegado a comprender muy bien a esos jóvenes rebeldes.

La gente solía pasar un rato o toda la tarde en su finca. Era un gran anfitrión y mejor aún preparando carne en su ahumador. Sus salchichas y su pollo ahumado eran los mejores de toda la redonda. Su jardín consistía en unos bancos de madera colocados a la sombra de un árbol; un gran lavabo en el que enfriaba la cerveza; su pit smoker texano; y una letrina. Las barbacoas del viejo Seymour eran la excusa perfecta para improvisar reuniones vecinales en las que alguien siempre tañía las cuerdas de una guitarra mientras los niños correteaban de acá para allá y los perros roían los huesos. Seymour permanecía en pie hasta que se encontraba demasiado cansado como para seguir el ritmo de aquellos hippies. En otras ocasiones, las cosas se tornaban demasiado ruidosas para su gusto y prefería echarse una siesta.

El cantautor Joe Ely acudió en varias ocasiones a Clarksville para visitar a Townes. Ambos se habían conocido por casualidad en una polvorienta carretera a las afueras de Lubbock en 1971. Townes vagaba por ella pertrechado tan sólo con su guitarra y una mochila en la que guardaba varias copias de su primer álbum, Our Mother the Mountain. Estaba desesperado porque alguien lo sacara de allí. Ely lo recogió en su coche y como agradecimiento Townes le obsequió un ejemplar de su LP. Sus letras y este encuentro fortuito le impactaron tanto que fueron los catalizadores que le animaron a formar su banda, The Flatlanders, y a componer sus propias canciones (2).

Durante una de sus breves estancias en Clarksville, Ely asistió a una de las juergas en la propiedad de Seymour. Ese día se celebraba el cumpleaños de Chico, un colega del barrio. En su honor se estaba asando un cabrito. Como era habitual, Townes había estado bebiendo hasta el hartazgo. Chico y él se enzarzaron en una pelea. «Dejadles pelear, es el cumpleaños de Chico», comentó Uncle Seymour. El músico tropezó y cayó sobre las brasas incandescentes de la parrilla. Corrieron a levantarle y comprobaron atónitos que no había derramado ni una sola gota de su vaso de whiskey. Apuró un gran trago del brebaje y arrojó el resto a Chico. «Feliz cumpleaños tío», dijo dando por zanjado este conato de trifulca (3).     

Cuando los bulldozers comenzaron a arrasar las viviendas afectadas por las obras de la Mopac Expressway, Seymour lo asumió con resignación. «No puedes alterar el progreso», comentó a los documentalistas de la Universidad de Texas. El narrador de la canción «Waitin’ round to die», de Townes Van Zandt, también afronta con resignación un destino del que más temprano que tarde no podrá escapar. Ha huido a través de sucios caminos; divagando envuelto por los efluvios del alcohol; recordando que un día tuvo una madre que lo abandonó huyendo de los abusos de su marido; con el corazón herido por la traición de la chica a la que amó; y dando con sus huesos tras los barrotes después de fiarse de quien no debía. Ahora su única amistad es la codeína. En ella halla virtudes: no roba, ni bebe, ni estafa. Junto a ella espera a la muerte.

Townes residía aún en Clarksville cuando James Szalapski rodó su documental Heartworn Highways. Este convincente retrato de la cultura sureña y del movimiento outlaw incorpora icónicas escenas de Guy Clark, Rodney Crowell, Charlie Daniels, Steve Earle, David Allan Coe o del propio Townes, cuya aparición es quizá la que ha adquirido con el paso de las décadas una mayor carga simbólica. Un pequeño equipo de rodaje le acompañó durante varias jornadas del invierno de 1975 en Clarksville. Townes muestra al cámara el lugar en el que vive. Lo acompañan la que será su segunda esposa, Cindy; y su perra, Geraldine. Da tumbos por su propiedad y bromea. Porta un rifle, una lata de Coca-Cola y una botella de whiskey. Señala hacia un agujero en el suelo. Afirma que su propiedad está infestada de conejos inmensos. En su sonrisa brilla un diente de oro. La inhalación de pegamento de aviación ya había causado estragos en su dentadura. Su rostro luce las heridas de la última juerga.

En otra escena, el cámara nos muestra el interior de su casa. La etérea luz del sol invernal de Texas se cuela por las ventanas e ilumina la cara de su novia, Kathy Tennel, quien friega los cacharros. De fondo, escuchamos «That old time feeling», de Guy Clark. Kathy echa whiskey en una taza de desayuno y Seymour Washington accede al interior mientras fuma un cigarro. Se sientan junto a Townes en torno a una estufa. Este cede todo el protagonismo al anciano herrero. En el siguiente plano, Seymour es grabado en el exterior mientras enciende su fragua. Habla de un modo parabólico y ofrece una serie de sencillos consejos: hacer siempre algo, aunque sea poco; nunca olvidar el arrodillarse y rezar a Dios; comer tres veces al día; y beber buen whiskey. «La gente condena al whiskey, pero no tiene derecho», subraya, porque, a su juicio, forma parte de la creación de Dios y Él no permitiría que existiera si fuese malo para el hombre.

-«¡Amén!», exclama Townes.

-«Sin embargo, no tienes que beber un barril de whiskey simplemente porque lo veas posado ahí», puntualiza Seymour a su entusiasmado amigo.

El objetivo de la cámara se concentra ahora en la mano derecha de Townes, que comienza a tocar con ayuda de unos plectros el acorde La menor que da inicio a «Waitin’ round to die».

-«Fue la primera canción que escribí», afirma.

-«¿Lo es? No tenía ni idea», comenta con asombro Kathy.

Resulta sencillo compartir su sorpresa. Townes nunca se refirió a sus letras como tristes, sino como desesperanzadoras. Son de una realidad hiriente, pero a la vez balsámica. Sin embargo, nadie se espera que esta canción fuese escrita por Townes poco después de casarse con su primera esposa, quien había sido su amor de juventud y la madre de su primogénito. Se inspira en un anciano con el que tomó unas cervezas una noche en el Jester Lounge de Houston, lugar en el que inició su carrera musical.

Townes comienza a cantar. Kathy contonea su cuerpo de izquierda a derecha. Seymour se acomoda. Cruza sus piernas y entrelaza sus manos. Asiente con la cabeza. Observa a Townes con semblante serio. Interioriza la canción, que desata un torbellino de emociones en su interior. Quizá también le ayuda a revivir viejos recuerdos. O quizá era consciente de que sus días estaban contados. Seymour trata de contener el llanto, pero las lágrimas brotan de esos ojos que tanto han visto y recorren las arrugas de su rostro ajado. Kathy lo consuela. Ahí reside el auténtico poder de las buenas letras, en su capacidad de identificación con el oyente, en su habilidad para penetrar hasta las entrañas. Townes era intuitivo. Seguía sus emociones. Contaba historias que había vivido o las escribía antes de lanzarse a vivirlas arrastrado por una espiral autodestructiva. Joe Ely dijo de él en una ocasión que componer quizá había sido su peor enemigo.

Townes hizo caso omiso de los consejos sobre la moderación de su viejo vecino de Clarksville. Seymour falleció en 1977. Su sobrino y sus amigos lo despidieron en la Sweet Home Baptist Church del vecindario. El Clarksville que él y Townes habían conocido agonizaba. Su casa ardió poco tiempo después. Austin aprobó varios marcos legales para dar protección a parte del distrito. Las calles fueron pavimentadas y las mejoras urbanísticas atrajeron a nuevos vecinos que poco a poco contribuyeron a diluir su carisma originario. Lo que no habían logrado las políticas raciales, lo consiguió la gentrificación.

  

Notas

(1) LAURA CARTER. «Race relations». En A Small Blog, [fecha de acceso, 8/1/2021]. Disponible en Internet: <https://marylauracarter.com/2010/07/16/race-relations/&gt;.

(2) JOHN KRUTH. To Live’s to Fly. The ballad of the late, great Townes Van Zandt. Da Capo Press, 2007, pp. 87-88.

(3) JOHN KRUTH. To Live’s to Fly. The ballad of the late, great Townes Van Zandt, p. 91.

           

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