Bailando con el Diablo: la saga de los White

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Hubo un tiempo en los Apalaches en el que los temerosos de Dios consideraban que el violín era un instrumento del Diablo. Quienes acompañaban con danzas su música eran juzgados del mismo modo. Sin embargo, bailar y tocar música eran los únicos pasatiempos que endulzaban las duras vidas de los habitantes de las agrestes hondonadas de Virginia Occidental, Kentucky y Carolina del Norte. En las colinas y valles de esta región se preservaron bailes de montaña surgidos siglos atrás como fruto de la unión de las tradiciones europea y africana en un nuevo contexto geográfico y político. D. Ray White fue uno de los grandes bailarines de montaña de su tiempo y el patriarca de una saga familiar marcada por la pobreza, las adicciones, la tragedia y la delincuencia. Su legado y estilo sobreviven a través de su primogénito, Jesco White ‘The Dancing Outlaw’, quien a principios de los noventa protagonizó un aclamado documental que vertió luz sobre su turbulenta vida.

Una década atrás, los folcloristas Mike Seeger y Ruth Pershing viajaron a las montañas del sureste de los Estados Unidos para grabar «Talking Feet», un documental en el que recogían bailes como el flatfoot, el buck, el hoedown, varias animal dances o versiones primigenias del claqué o tap. Estas danzas habían logrado sobrevivir en pequeñas comunidades que habían permanecido casi aisladas unas de otras hasta que la llegada del automóvil revolucionó por completo las relaciones en el medio rural estadounidense. Estos bailes se caracterizan por el individualismo y la improvisación. Solían estimular competiciones informales en el ámbito doméstico o en fiestas comunitarias en las que los bailarines trataban de asombrar al público con su velocidad y con nuevos pasos inspirados por los nervudos breakdowns al banjo, al violín o a la mandolina. No había reglas ni estándares. Nada correcto ni erróneo. Sólo bailarines que hablaban con sus pies, que escogían su propio camino, pero que perseguían una única meta: expresar su personalidad y creatividad.

Seeger y Pershing se entrevistaron con veinticuatro de estos bailarines. Entre ellos había veteranos como Gussie Lane, Jay Burris, Fris Holloway, Biddie Reece o Algia Mae Hinton; y jóvenes promesas como Burton Edwards. D. Ray White también se encontraba en la nómina. De niño había aprendido a bailar flatfoot en los alrededores de su casa en Bandytown, en Virginia Occidental. Perfeccionó su estilo con varios pasos tap que tomó prestados de bailarines profesionales errantes y añadió otros de cosecha propia como el shotgun blast, el woodpecker, el rhymes and chimes o el rabbit in the broom sage. Sus ilustrativas denominaciones son prueba de la originalidad de este bailarín, de quien cuenta la leyenda que era capaz de efectuar cincuenta pasos más que cualquiera de sus coetáneos. D. Ray White era versátil. Bailaba al ritmo de la música o simplemente de las palmas; y narraba viejas historias o cantaba talking blues. No era un cantante experto, pero le ayudaba a mantener el ritmo y el tempo.

Seeger lo entrevistó frente al porche de su vivienda, en Madison (Condado de Boone), en compañía de su esposa, Bertie Mae; de varios hijos; de amigos; y de uno de sus nietos. Su figura desgarbada y su rostro enjuto le daban el aspecto de un anciano, pero White ni siquiera había cumplido aún los sesenta años de edad. Estaba quemado y sabía que tarde o temprano dejaría de bailar. «Algún día seré como las hojas de los árboles, tendré que caer. Entonces quiero que alguien siga mis pasos donde los deje y que mantenga mi legado en circulación. Así, cuando me quede sin buen baile, aún lo tendré», comentó. El documental de Seeger ni siquiera llegó a ver la luz antes del fatídico e inesperado final de D. Ray White.

“Algún día seré como las hojas de los árboles, tendré que caer”.

D. Ray White

El 2 de julio de 1985 una trifulca concluyó con su muerte en Prenter, frente a la casa en la que vivía por aquel entonces. Todo comenzó por una disputa en la calle entre su hijo Dorsey y un vecino llamado Steve Allen Rowe, en la que también estaba implicado su yerno Billy Hastings. El destino quiso que su hijo Jesco también fuese partícipe de los hechos. Acababa de marchar del hogar familiar, pero decidió volver para recuperar unas gafas de sol que había olvidado allí. Él y su esposa Norma Jean habían bebido. Ambos discutieron. Ella no quería regresar. Sin embargo, él se impuso con la amenaza de volarle la tapa de los sesos con su revolver .38 especial. No estaba dispuesto a que nadie tomase prestadas sus gafas. Jesco ya se encontraba en el domicilio cuando Rowe se presentó en el jardín armado con una escopeta. Tras un acalorado intercambio de reproches, accionó el gatillo en tres ocasiones. El primer disparo impactó en el pecho del patriarca; el segundo hirió a Dorsey en el ojo izquierdo; y varios perdigones del tercero alcanzaron a Jesco en el cuello. D. Ray falleció prácticamente en el acto. El asesino era un delincuente común y se encontraba a la espera de un juicio por la participación en un robo a mano armada en el Holiday Inn ‘Heart-of-Town’ de Charleston.

Ésta no era la primera vez en la que la fatalidad sacudía a los White. En 1971 su hija Ona Fontaine había sido asesinada por su marido. Siete años después, sus hermanas Virginia y Roberta fallecieron en un accidente de tráfico. En 1987 su hijo Donald Mairs también perdió su vida y en 1994 Dorsey falleció a consecuencia de un disparo involuntario autoinflingido. Estas muertes sumadas a unas depauperadas condiciones de vida alimentaron una visión fatalista y una frustración de tintes nihilistas entre los White, cuya existencia ha estado marcada por sus constantes problemas con la justicia.

La principal actividad económica del Condado de Boone ha sido la extracción carbonífera. La mina sustentó el hogar de los White durante un breve periodo de tiempo. D. Ray trabajó en ella en la época en la que los mineros cobraban en vales. Su decepción por la corrupción de las empresas mineras lo empujó a dejar su trabajo y a tratar de vivir a costa del sistema. Se las ingenió para obtener subsidios por discapacidad para todos sus hijos y comenzó a ganarse la vida como bailarín para pagar las facturas. Su decisión apartó a su familia del camino que había tomado casi el resto de su comunidad. Los empujó a vivir como renegados que habían rechazado el sueño americano porque simplemente lo consideraban fuera de su alcance. Bertie Mae crió a sus hijos biológicos y a otros tantos que acogió en un mobile home que, entre otras comodidades, carecía de agua corriente o saneamiento, motivo por el cual era conocida en el condado como ‘Miracle Woman’.

Los White forman parte de ese proletariado embrutecido tras continuos ciclos de explotación al que los grandes terratenientes del Sur bautizaron despectivamente como basura blanca. En la clasista sociedad estadounidense este estigma pesa como una losa y es difícil escapar de sus garras, incluso más en los Apalaches, donde millares de empleos se esfumaron en los 60 y 70 después de que la maquinaria pesada sustituyera en las minas a la mano de obra. Jesco y sus hermanos se criaron en este contexto de marginalidad y escasas oportunidades. Siendo adolescente cometió su primer delito tras allanar una tienda de ultramarinos y comenzó a esnifar pegamento y gasolina, adicción que arrastró durante años y que sumó a su alcoholismo. En 1974 contrajo matrimonio con Norma Jean y se instaló en una caravana en Peytona, a orillas del río Big Coal. D. Ray y Bertie Mae nunca aprobaron esta relación. Les disgustaba que la edad de su nuera excediera con creces a la de su hijo. Jesco y Norma se divorciaron. Las peleas eran frecuentes en su hogar, pero un tiempo después volvieron a casarse. «Ama a esa mujer, no se por qué motivo, pero la ama», subrayaba Bertie Mae.

La violencia doméstica estaba aderezada por un cóctel explosivo de drogas, alcohol y un carácter irascible que podía estallar en cualquier momento. Norma Jean atribuía a su esposo tres personalidades dispares: Jesse, que respondía a su nombre de pila y que se corresponde con el hombre del cual se había enamorado; Jesco, el mal en persona, un tipo al que nada le satisface ni le hace feliz y al que no le importa nadie; y Elvis, una extravagante interpretación del Rey del Rock, su ídolo. El propio Jesco sostiene aunar dos facetas: la de Elvis, su lado más afable; y la de Charles Manson, su yo más oscuro. En su espalda, uno de los muchos tatuajes que cubren su pellejo muestra sendos retratos del rockero y del criminal separados por una botella de moonshine, unos zapatos de tap y un corazón con la bandera confederada.

Jesco solía hallar paz en una habitación empapelada con posters de Elvis e imágenes de Jesucristo. Allí introducía sus cassettes del Rey en las pletinas de su flamante ghettoblaster Lasonic y canturreaba sus canciones acercando su boca a un micrófono que colgaba del techo. «Elvis es el rey y siempre lo será», afirmaba. Sostenía una original teoría respecto a la muerte de su ídolo: «No está realmente muerto. Mucha gente cree que regresará y explicará por qué tuvo que hacer lo que tuvo que hacer. No se sabe cuando, pero tampoco se sabe cuando regresará Dios para el Juicio Final. Sucede lo mismo con Elvis».

“Elvis no está realmente muerto. Mucha gente cree que regresará y explicará por qué tuvo que hacer lo que tuvo que hacer”.

Jesco White

Su madre detestaba todo ese rollo místico de Elvis y le invitó a dedicarse a bailar como había aprendido de su padre. Su asesinato aceleró los acontecimientos. Decidió enfundarse los zapatos de claqué de su difunto viejo y sacar partido de sus enseñanzas. Adoptó el nombre artístico ‘The Dancing Outlaw’ para que nadie albergase dudas respecto a su vida al margen de la ley. Meditó su apodo tras sobrevivir milagrosamente a una fiesta aderezada con marihuana, cervezas y valium en la que estuvo a punto de diñarla cuando un amigo colocado disparó contra sí mismo su arma por accidente.

A principios de los noventa, el documentalista Jacob Young se dejó caer por el Condado de Boone. Allí se encontró con Jesco. Había dirigido varios documentales sobre personajes excéntricos como el supremacista William Pierce; el gestor de presidios Donald Bordenkircher; Bernard Coffindaffer, un empresario que encabezaba una cruzada para llenar de cruces el paisaje estadounidense; o los chatarreros de los Apalaches. Young retrató a un Jesco que trataba de seguir los pasos de su padre mientras luchaba con sus demonios internos: la depresión, las drogas y la pobreza.

La cinta fue emitida por la PBS y obtuvo un Emmy así como un premio del American Film Institute. Jesco se convirtió en un personaje de fama nacional. Pasó de actuar en fiestas junto al anciano guitarrista Wattie Green a cambio de seis latas de Coca-Cola y una pizza a cobrar hasta 800 dólares por bolo. Entonces Hollywood llamó a su puerta. Era la primera vez que Jesco salía de los contornos de su condado y que se subía a un avión. «¡Un milagro!», aseguraba. Young documentó su aventura en Los Ángeles en una segunda cinta titulada «Jesco Goes to Hollywood». El bailarín estaba en una nube. Se encontraba más cerca que nunca de hacer realidad el esquivo sueño americano del que tanto se habla. Los transeúntes se volvían para observarle mientras recorría el Paseo de la Fama zapateando sobre las estrellas al ritmo de «If you wanna get to heaven», de los Ozark Mountain Daredevils, antes de hincarse de rodillas ante la estrella de Elvis, su «primer y único ídolo».

Su paso por Los Ángeles fue breve. Bailó en el paseo marítimo de Venice Beach; se enfundó en un traje al estilo del Elvis más hortera para pisar la fina arena del océano por primera vez; compró unos souvenirs con la efigie de su ídolo; se deshizo de un incómodo tatuaje de simbología nazi que se había hecho en la trena sin tener ni idea de lo que eso representaba; y protagonizó un cameo en un episodio de la sitcom Rosseanne, el único y auténtico motivo de su viaje a la Costa Oeste.

De regreso, en el Aeropuerto Yeager de Charleston fue recibido apoteósicamente por su familia mientras el resto de viajeros observaba atónito el revuelo sin comprender muy bien de que iba esa película. Jesco había consumido sus quince minutos de fama. Estaba de vuelta en la áspera cotidianidad de los Apalaches. Siguió bailando en garitos de la zona y retomó sus broncas con Norma Jean, que lo puso de patitas en la calle apenas dos meses después, aunque siguieron protagonizando constantes idas y venidas.

No obstante, aún guardaba una bala en la recámara. Unos años antes de su salto a la fama y de su periplo hollywoodiense, el documentalista Julien Nitzberg había estado retratando la vida de otro ilustre vecino del Condado de Boone: el inestable y oscuro padre del psychobilly, Hasil Adkins. Durante el rodaje había conocido a Mamie -la mayor de los White- durante una pelea en un concierto de Adkins. Ésta insistió para que acudiera a su fiesta de cumpleaños. Allí conoció a Jesco y grabó unas escenas que sirvieron como base del primero de los documentales sobre ‘The Dancing Outlaw’ rodados por Jacob Young, en el que Nitzberg participó como productor asociado y técnico de sonido. Este metraje permaneció oculto hasta que el ex-Jackass Johnny Knoxville, un fan confeso de la obra de Nitzberg, le convenció para que regresase a Virginia Occidental para grabar durante un año y medio las vivencias de los White.

El resultado fue el documental «The Wild and Wonderful Whites of West Virginia», producido por la MTV y estrenado en 2009 durante el Festival de Cine de Tribeca. Su éxito fue inmediato. Pulverizó en Amazon a la oscarizada «En tierra hostil» (The Hurt Locker, Kathryn Bigelow, 2008). Rodada en el estilo del cinema verité, explota la faceta delictiva y más oscura de cuatro generaciones White. Lejos de ahondar en las causas que han conducido a esta familia a semejante estado de degradación, comete los errores en los que acostumbra a incidir la industria del entretenimiento norteamericana cuando se centra en los rednecks o basura blanca, habitualmente ridiculizados o retratados como los tipos malos de películas de terror.

Si hay que romper una lanza a favor de la cinta de Nitzberg que sea gracias a su magnífica banda sonora, una selecta colección de murder ballads, cheating songs, estándares country e instrumentales interpretados entre otros por Lefty Frizzel, Hank Williams III, The Kentucky Headhunters y Deke Dickerson. Sus letras encarnan la idiosincrasia de la saga White y de esa América profunda, olvidada y desesperada por albergar un atisbo de esperanza, por creer en algo. Esa desesperación ha hecho que en Virginia Occidental calase hondo el Make America Great Again del trumpismo. En esa angustia existencial se hallan las claves que ayudan a comprender esas vidas al margen de las convicciones morales. En los Apalaches las últimas minas sobreviven a duras penas acuciadas por las restricciones impuestas a las emisiones de carbono y por la competencia del gas natural, mucho más barato que el carbón gracias al agresivo fracking. Durante la campaña electoral de 2016 se extendió el temor a que los demócratas cerrasen las últimas explotaciones carboníferas tras ser manipuladas unas declaraciones de Hillary Clinton al respecto. Trump sacó tajada y prometió reaperturas y miles de puestos de trabajo, promesa que fue como un bálsamo para un estado en el que la esperanza de vida es inferior a la que se registraba en 1980. En el Condado de Boone, marcado por graves accidentes mineros durante las últimas décadas; devastado por la crisis de los opioides y la metanfetamina; con un 98,5% de población blanca; y un 19,3% de sus habitantes por debajo del umbral de la pobreza, Trump arrasó en 2016 y en los recientes comicios de 2020.

Casi a la par del estreno del nuevo documental, Jesco White y su hermana Sue Ann fueron detenidos durante una supuesta transacción de cocaína. ‘The Dancing Outlaw’ declaró en prisión estar limpio mientras bailaba ante las sedientas cámaras de la televisión con el característico traje color naranja de presidiario. La MTV pagó sus fianzas. Un mes después quedó libre de cargos. Ese año enviudó. Norma Jean falleció a los setenta años de edad dejando atrás tres hijos, doce nietos y dieciséis biznietos. Un año antes, Bertie Mae se le había adelantado en el último trance.

Jesco contrajo de nuevo matrimonio en 2012. Protagonizó un cameo en el videojuego Grand Theft Auto V, en el que también dio voz al disc jockey de la pseudo emisora Rebel Radio; colaboró en un videoclip de Ralph Stanley; protagonizó un pequeño papel en «La suerte de los Logan» (Logan Lucky, Steven, Soderbergh, 2017); y vende pirograbados, camisetas y mascarillas con su rostro impreso para protegerse del Covid en Instagram. Los años parecen haber apaciguado su temperamento, pero de vez en cuando se sigue citando con el Diablo sobre un tablero de madera mientras las chapas de sus zapatos hacen resonar en el valle ecos del pasado. 

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