Echo Helstrom, la chica del norte

Se conocieron en Hibbing en octubre de 1957. Él era mofletudo y gordito. De ella decían que se tiraba un aire a Brigitte Bardot. Él procedía de una familia de pequeños comerciantes. Ella de una humilde familia del Iron Range de Minnesota. El flechazo fue inmediato. A ambos los unía una pasión desmedida por el rock and roll. Estaban marcados por la rebeldía. Él se llamaba Robert Allen Zimmerman y trataba de ocultar su ascendencia judía. Más tarde se haría llamar Bob Dylan. Ella Echo Helstrom, la chica del norte, su primera relación amorosa seria.

Hibbing es hogar de la mayor mina a cielo abierto de hierro del mundo, la cuna de los autobuses Greyhound y la ciudad en la que el joven Bobby se crió después de que sus padres se mudasen desde Duluth para regentar un pequeño establecimiento en el que proveían a las familias de los mineros, siempre a merced de las constantes recesiones económicas. También es el escenario de su primer amor, un romance juvenil coetáneo a un periodo en el que el díscolo hijo de los Zimmerman decidió que su futuro debía estar lejos del comercio familiar.

A finales de los cincuenta Bobby formaba parte de la pandilla de moteros de Hibbing, tocaba la guitarra y el piano y adoraba a Little Richard sobre todas las cosas. Echo también se encuadraba dentro de ese reducido núcleo de chicos blancos fascinados por la música negra. El destino quiso que sus pasos se cruzasen una otoñal tarde de 1957. Bobby ensayaba en el Moose Lodge de Howard Street acompañado por sus colegas, con quienes minutos después se apalancaría junto a una farola para seguir canturreando. Mientras, desde la cercana heladería L&B Echo y sus amigas los observaban. No los conocían. «Él se acercó con otro muchacho, John Buckland, y empezaron a hablarnos. Venían derechos a nosotros, imagino. Creo que yo llevaba mi chaqueta de cuero y unos pantalones. Resultaba un atuendo extraño en Hibbing», reconoció Echo al biógrafo Anthony Scaduto. «Nos pusimos a hablar de música. Toda mi vida he amado la música, siempre había música en mi casa. Empecé a oír cosas de rock y de rhythm-and-blues a los trece años. No conocía a nadie que hubiese oído aquellas cosas. No podían oírse en Hibbing, había que escuchar estaciones negras de Little Rock o de Chicago, a horas avanzadas de la noche», añadió. Por aquel entonces, Frank Page, también conocido como Gatemouth Page o The Mouth of the South pinchaba todas las noches R&B en la radio KJHS, cuya señal era radiada desde Little Rock a todo el Medio Oeste. Bobby era otro de sus iniciados. «Él me dijo. “!Tu oyes a Gatemouth Page!” como si no pudiese creerlo tampoco. Abrió desmesuradamente los ojos. Y empezamos a hablar de toda la gran música que habíamos escuchado y que nadie más había oído. Todo el mundo allí era tan vulgar, y sin embargo nosotros podíamos comunicarnos al mismo nivel, hablar el mismo lenguaje», subrayó.

El sentimiento de pertenencia a un mismo grupo contribuyó a fraguar su amistad. Bobby había encontrado a una atractiva e interesante chica con la que hablar de música negra. Él apenas contaba con dieciséis años de edad. Estaba inmerso en un constante proceso de reinvención personal y era realmente escrupuloso con su intimidad. Quería pasar desapercibido y ocultaba a los desconocidos sus raíces judías. Si bien pertenecía a una familia de la clase media, en Hibbing existían ciertos prejuicios contra los judíos que les excluían de los ambientes más elitistas de la ciudad. A pesar de que el Señor Zimmerman era contrario a los propósitos artísticos de su hijo, nunca se interpuso e incluso le compró una Harley Davidson cuando Bobby quiso sumarse a los grasientos que recorrían sobre sus motos la Highway 169 en busca de aventuras. Y es que Bobby era un marginado por voluntad propia que intuitivamente pretendía alejarse de las normas de la sociedad norteamericana. En oposición a los chicos bien del instituto, lucía una chupa de cuero, llevaba un cigarro en la comisura de los labios y adoptaba la pose de joven atormentado preconizada por sus héroes, James Dean y Marlon Brando. «Él no se ajustaba al grupo. No era como los auténticos golfos. Todos mis amigos pertenecían al lado malo de la ciudad, eran los marginados, y Bob no se ajustaba a ellos. En realidad no se ajustaba a ningún grupo del pueblo», matizó Echo.

Al mes de conocerse Bobby y Echo iniciaron una relación estable. Él le regaló un brazalete de identificación con el que trató de oficializar, en cierto modo, su noviazgo, que duró casi un año, hasta poco después del inicio de su último curso en el instituto. Bobby era consciente de que sus pasos se dirigían hacía la vida del trovador. «Por la época en que le conocí daba por supuesto que la música era su futuro. En realidad no veíamos otro modo de que pudiese salir de allí, dejar Hibbing. Yo sabía muy bien que él tenía que continuar su carrera, que tenía que seguir cantando. Yo aceptaba estas condiciones, aceptaba que cuando acabásemos los estudios, después de graduarse, él se iría», reconoció Echo a Scaduto.

Tanto Bobby como su amigo John Buckland soñaban con hacerse grandes estrellas de la música. Habían pactado que el primero de ellos que lo lograse debía ayudar al otro a alcanzar su sueño. Eran como dos esponjas dispuestas a absorber toda la música que fuese posible. En el hogar de los Helstrom había una interesante colección de discos de country de los años cuarenta y cincuenta que ambos escucharon hasta la saciedad. En su porche tocaban canciones de Hank Snow u oscuras murder ballads. No obstante, Bob seguía metido hasta el cuello en la música negra y así lo hizo saber en sus actuaciones en público durante el invierno y la primavera de 1958, cuando cosechó no pocos abucheos que fueron ignorados con su austera arrogancia.

La búsqueda de un nombre artístico fue una constante a lo largo del tiempo que duró la relación entre Bobby y Echo. Scaduto señala que un buen día el joven músico acudió a su novia con el nombre de Bob Dylan, al parecer inspirado en el poeta Dylan Thomas. Años más tarde, como parte de la creación del mito en torno a su figura a la que se entregó el cantautor, diría que había tomado el nombre de un hermano de su madre que se ganaba la vida como jugador profesional en Las Vegas. Ni que decir tiene que esa historia era falsa.

La música era la principal y casi la única motivación del joven Dylan. Se movía de un lado a otro en busca de gente que tuviese algo que enseñarle. Numerosos fines de semana acudía a Minneapolis, donde podía acceder a música negra de primera mano. A la par, seguía acompañando a Buckland. Juntos comenzaron a escuchar folk de la Gran Depresión y, en especial, a Woody Guthrie, cuya música sería decisiva en el devenir de Dylan como artista. Mientras, Bob se fue distanciando poco a poco de Echo. Sus cada vez más frecuentes ausencias precipitaron el final de su noviazgo. «Me había pasado el verano en casa, esperando que sonara el teléfono, esperando por él, muy deprimida. Él estaba cada vez más tiempo en Minneapolis, durante aquel verano, correteando por allí y cantando, y cosas así. Pero es probable que saliese allí con otras muchachas. De cualquier modo, yo ya estaba cansada de aquello», sostuvo Echo.

Bob Dylan se graduó el 5 de junio de 1959. En septiembre de ese mismo año se trasladó a Minneapolis. Ingresó en la facultad de letras de la Universidad de Minnesota y se instaló en una residencia de estudiantes. Ni siquiera llegó a acostumbrarse a ese ambiente estudiantil. Poco después se mudó a Dinkytown, un distrito próximo a la universidad y que se había convertido en el epicentro de la bohemia de la ciudad. Por sus calles pululaban beatniks e intelectuales y comenzaba a fraguarse una interesante escena folk en cafés como The Scholar, donde Dylan comenzó a labrar su carrera profesional antes de iniciar su periplo hacia la costa Este.

Su estancia en Minneapolis fue de tan sólo un año. Apenas asistió a tres semestres de clase entre septiembre de 1959 y otoño de 1960. Bob Dylan llegó a Nueva York en enero de 1961. Con anterioridad se había detenido en New Jersey para conocer en persona a su ídolo, Woody Guthrie, que estaba postrado en la cama de un hospital tras ser diagnosticado años atrás de una enfermedad degenerativa conocida como corea de Huntington. Bob había dejado atrás a sus amigos y a todas aquellas personas que habían contribuido en mayor o menor medida a allanar su camino hacia el estrellato.

Su leyenda prosiguió acrecentándose en Greenwich Village, donde pronto se convirtió en el cantante más destacado de la escena folk. El revuelo montado en torno a su figura despertó la curiosidad de los peces gordos de la industria musical y en octubre de 1961 el productor John Hammond lo contrató para el sello Columbia. En marzo de 1962 salió a la luz su primer álbum, Bob Dylan, que a pesar de tan sólo vender cinco mil copias durante los primeros doce meses fue más que suficiente para catapultarle. Todo iba viento en popa para él. Incluso había iniciado meses atrás una nueva relación sentimental con una joven artista local llamada Suze Rotolo, la chica que le acompaña en la portada de su segundo disco, The Freewheelin’.

Días después del lanzamiento de su álbum de debut y de haber compuesto ya canciones como Blowin’ in the wind o Masters of war, Dylan regresó a Dinkytown. Era la época dorada del folk tras dejar atrás los años oscuros del macarthismo y antes de que los Beatles efectuasen su apoteósica incursión en tierras estadounidenses. Echo había abandonado Hibbing y ahora trabajaba en Minneapolis, donde también tenía su nueva residencia. «Me trajo su primer álbum y empezamos a hablar de su música. Él me dijo que estaba en el folk y yo le dije: “¿Folk? ¿Quieres decir toda esa basura de canción campesina? ¿Y qué demonios haces tú en ese asunto?, y él dijo: “Es el modo de entrar. Así es como puedo conseguir el éxito», afirmó Echo.

El oportunismo al que Echo hacía referencia queda en entredicho si se atiende a declaraciones de otros músicos como Phil Ochs o Dave Van Ronk, que no dudaban de la implicación de Dylan en causas como la lucha por los derechos civiles y otro tipo de problemas sociales. Esta postura reivindicativa se había acentuado como fruto de su relación con Suze Rotolo, que además de despertar en él una conciencia social le había iniciado en la poesía de autores como Rimbaud o Bertolt Brecht. De lo que no cabe ninguna duda es de que Dylan se granjeó la antipatía de sus viejos amigos de Dinkytown durante su visita de 1962. El cantautor se mostró soberbio ante sus antiguos camaradas, sorprendidos por sus recientes éxitos. Estos le pidieron que tocase para ellos en una fiesta privada, a lo cual respondió afirmando que una actuación así tenía su precio, aunque luego accedió a la petición gratuitamente. Echo señaló que también hirió sus sentimientos durante la misma celebración. «Quizás tuviese miedo de verse de nuevo enredado conmigo. Yo no tenía malas intenciones. Era ahora un amigo, no un novio, y sólo quería ir a verle. Yo sabía que él iba a tocar y que todo el mundo estaba muy contento por eso, y yo quería verle. La fiesta era en casa de David Whittaker. Yo estaba en la cocina hablando con un chico y Bob entró: “Quiero que vengas conmigo a vivir a Nueva York”, dijo. Y yo le contesté: “¿Y qué voy a hacer yo en Nueva York? y además, según se dice eres novio de Joan Baez, al menos eso es lo que hemos oído aquí”. Me sentía tan violenta y tan indignada por su crueldad que me fui escaleras abajo. Desde la puerta él me gritó: “Espera ¿dónde vas?” Pero no le hice caso y me fui a casa», recordaba Echo.

 Su relación con Rotolo tampoco pasaba por sus mejores momentos. Suze se sentía absorbida por Dylan, incapaz de dar rienda suelta a su creatividad. En junio de 1962 viajó a Perugia en compañía de su madre, que no veía con buenos ojos la relación de su hija con el músico. A lo largo de los seis meses que permaneció en Italia Suze intercambió correspondencia con Bob. Sumido en un bache emocional por la ausencia de su pareja, el cantautor decidió ir en su búsqueda a principios de 1963, coincidiendo con su primera gira en Inglaterra. Cuando llegó a Perugia ya habían transcurrido dos días desde que Suze había partido de regreso a Nueva York. En este contexto Dylan compuso las melodías de Girl from the North Country y de Boots of Spanish Leather. Comentó a sus amigos que Girl from the North Country estaba en su mente desde hacía un año y que surgió de repente al ser incapaz de encontrarse con Suze.

La canción, que trata de un primer amor, fue inspirada por el alejamiento de su pareja de entonces. De todos modos, Bob y Suze permanecieron juntos hasta 1964, año en el que definitivamente rompieron su relación, asediada por los constantes rumores que le vinculaban amorosamente a Joan Baez y por la desaprobación de la familia Rotolo.

Los biógrafos de Dylan han especulado en numerosas ocasiones con la identidad de la chica que se esconde tras Girl from the North Country. El 24 de abril de 1963, con Tom Wilson como productor, Dylan grabó cuatro canciones para The Freewheelin’ con el objeto de sustituir otras tantas que no habían llegado a ser incluidas en su primer álbum y que se inscribían dentro de su periodo más marcado por Guthrie. Se trata de Girl from the North Country, Bob Dylan’s Dream, Masters of War y Talkin’ World War III Blues. La temática varía significativamente entre ellas. Sin embargo, Girl from the North Country y Bob Dylan’s Blues poseen puntos en común. Ambas hacen referencia a un sentimiento de pérdida y miran hacia el pasado con melancolía.

Girl from the North Country ha sido asociada con Echo por biógrafos como Toby Thompson o Anthony Scaduto. Otros en cambio, como es el caso del crítico Robert Shelton o de Howard Sounes la identifican con la actriz Bonnie Jean Beecher, con la que Dylan compartió un romance durante su etapa en Dinkytown, antes de que ésta comenzase a salir con el activista Hugh Romney. Asimismo, Suze Rotolo también fue vinculada a la nostálgica canción, que pasa por ser una muestra de la madurez de Dylan como compositor. Si bien Dylan nunca ha sido preciso respecto a la identidad de su protagonista, Clinton Heylin señala que en 1978 dedicó por separado el tema durante dos actuaciones diferentes en Oakland tanto a Echo como a Bonnie.

La canción, cuya primera versión fue incluida en The Freewheelin’, como antes se mencionó, fue grabada de nuevo por su autor en compañía de Johnny Cash en febrero de 1969 y abre el disco Nashville Skyline. Ha sido versioneada por al menos una veintena de artistas entre los que cabe destacar a Hamilton Camp en 1964, Johnny Cash, Judy Collins, Link Wray, Leon Russell o Ronnie Hawkins, que ofrece en su álbum The Hawk in Winter una interpretación acompañada por unos efectos que dotan a la composición dylanesca de una conmovedora atmósfera.

David Pichaske y Scaduto afirman que Echo y Dylan mantuvieron una conversación en 1966 durante una gira que llevó al cantante de nuevo a Minneapolis, donde ofreció un concierto para los estudiantes de la universidad y para los habituales de Dinkytown. Los periodistas especularon con que se había escabullido de la ciudad y que incluso se había negado a visitar a sus padres. Sin embargo, lo cierto es que se dejó caer por Hibbing e incluso se puso en contacto con Echo a través de una llamada telefónica. Por aquel entonces Bob ya se había casado con Sarah Lownds y Helstrom mantenía una relación sentimental con un chico de la ciudad. Dylan, en la cima de su estrellato la invitó a acudir a una actuación, propuesta que fue rechazada por su ex pareja. Echo, que siempre ha sido muy atenta con los biógrafos comentó con respecto a esa ocasión: «Le dije algo tal que así: “Las personas más felices son aquellas que están casadas y viven una vida vulgar y tienen juicio para apreciar lo que tienen” y él dijo: “Sí, siempre he pensado que eso era cierto. Pero nunca pensé que fueras a convertirte en filósofo”».

El 2 de agosto de 1969 Dylan viajó a Hibbing acompañado de su esposa. Meses atrás había realizado una visita casi furtiva a la ciudad con motivo del fallecimiento de su padre. En esta ocasión la finalidad era bien distinta. Sus antiguos compañeros de instituto se reunían para celebrar el décimo aniversario de su promoción. Entre ellos se encontraba Echo. «Recibí una llamada telefónica de una amiga un par de días antes. “Tienes que saberlo”, me dijo. Va a llegar Bob Dylan. No se lo digas a nadie, pero estate allí», afirmó. Echo tenía miedo de reencontrarse con Bob. Hacía poco tiempo que se había reunido con el periodista Toby Thompson, del Village Voice, para desvelarle secretos de la infancia y juventud del músico que posteriormente fueron aireados en varios artículos. Temía recibir una bronca. Contra todo pronóstico el encuentro fue cordial. Bob le presentó a su mujer y charlaron un rato. Echo recordaría: «Estuvo allí una hora, más o menos. Después, un imbécil intentó iniciar una pelea con él y en un instante Bob había desaparecido. Este pueblo es realmente imposible».

Bibliografía

Libros

  • BARLOW, William. “Voice over. The Making of Black Radio“, Temple University Press, 1999.
  • PICHASKE, David. “Song of the North Country: A Midwest Framework to the Songs of Bob Dylan“, Bloomsbury Publishing, 2010.
  • SCADUTO, Anthony. “La Biografía de Bob Dylan“, Los Juglares Serie Especial, Júcar, 1983.
  • WILLIAMS, Paul. “Bob Dylan: Años de Juventud“, Ma Non Troppo, 2004.
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