The last movie, la transgresora aventura de Dennis Hopper

El cine estadounidense de los setenta rompió con algunas de las convicciones vigentes hasta ese momento. La convulsa situación político-social y los nuevos postulados artísticos dieron forma a tres corrientes con distintos modos de ver el cine. Una de ellas fue la disidente o alternativa, cuyo máximo exponente fue Dennis Hopper. En 1969 debutó como director con Easy Rider (Buscando mi destino) (Easy Rider, 1969). Su ópera prima no sólo fue premiada en el Festival de Cannes sino que convirtió a Hopper en una de las grandes promesas del nuevo Hollywood. El éxito cosechado le permitió afrontar con absoluta libertad creativa la dirección de su segundo film, La última película (The Last Movie, 1971), un01last_movie proyecto que ya anhelaba hacer realidad desde mediados de los sesenta. Sin embargo, a pesar de partir de una premisa interesante, resultó ser un fracaso que mantuvo a Hopper alejado de la dirección durante el resto de la década.

Hopper representa como nadie los excesos y la disidencia de la contracultura. Escribió y dirigió Easy Rider (Buscando mi destino) tras una larga trayectoria como actor iniciada a finales de los años cuarenta con apenas doce años de edad. En esta película puso en práctica técnicas tan punteras en aquel momento como el empleo de grandes angulares o un montaje vanguardista en el que con frecuencia recurrió a cortes bruscos para pasar de una escena a otra para luego regresar a ella antes de concluirla del todo. Pese a todo, contó con una calurosa acogida entre el público joven, que sentía un cierto rechazo hacia lo tradicional o convencional. Además, en Easy Rider se aunaban todos los elementos definitorios del movimiento hippie: las drogas, el sexo, la ansias de libertad, la rebeldía y el rock. Inscrita en el subgénero conocido como road movie existencialista Easy Rider iba incluso un paso más allá, adelantando con su metafórico final el colapso de una época.

El éxito de la película pilló a la industria por sorpresa. La Universal Pictures creó una división joven capitaneada por Ned Tanen cuyo cometido era hacer películas semi-independientes de bajo presupuesto con la esperanza de obtener los mismos beneficios que la Columbia había cosechado con Easy Rider. La idea inicial era hacer cinco películas cuyo presupuesto fuera a lo sumo de un millón de dólares y ofrecer a los directores absoluta libertad así como parte de las ganancias. Dennis Hopper aprovechó su reciente popularidad para proponer a Tanen la realización de un largometraje cuyo guión, escrito junto a Stewart Stern, acumulaba polvo desde años atrás. Su proposición fue aceptaba y se le concedió un presupuesto de 850.000 dólares para dar rienda suelta a su creatividad.

La idea para escribir el citado guión surgió a mediados de los años sesenta, justo después de que finalizase el rodaje en México de Los cuatro hijos de Katie Elder (The sons of Katie Elder, 1965), película de Henry Hathaway en la que Hopper participa como actor. En concreto, el intérprete se preguntó qué hacían los nativos con los sets de rodaje una vez que las productoras se iban. «Pensé, Dios, que va a suceder cuando la película se marche y los nativos sean dejados viviendo en estos platós del oeste», comentaba Hopper, cuya intención inicial era llevar esta idea a la gran pantalla en 1966, algo que no pudo ser por falta de financiación después de que su amigo, el productor musical Phil Spector, abandonase su apoyo al proyecto.

Con varios años de retraso con respecto a sus planes iniciales Dennis Hopper se embarcó, junto a todos sus amigos más cercanos, en un avión con destino a Perú, país en el que sería rodada su segunda película como director. En concreto, el film fue rodado en el distrito de Chinchero y en Cuzco. Algunos miembros del cortejo de Hopper recuerdan el vuelo como una de las experiencias más terroríficas de su vida. Colocadísimos, se dedicaron a recorrer arriba y abajo el pasillo de la aeronave, cantando y bailando mientras todo se balanceaba. Esto tan sólo fue una pequeña muestra del caos que reinaría a lo largo de todo el rodaje, donde el alcohol y las drogas duras campaban a sus anchas.

vlcsnap-2016-03-01-21h34m27s203

La última película –cuyo nombre inicial era Chinchero– arranca con el rodaje de la última secuencia de un western de serie B. La productora se marcha de Perú dejando atrás el plató, que es tomado por los nativos. Uno de ellos comienza a ejercer como director de cine y ordena que se construyan cámaras, micrófonos y reflectores con cañas de bambú para rodar su propio film, en el que recrea la violencia que los hombres de Hollywood habían plasmado. Kansas (Dennis Hopper), un especialista de cine estadounidense, decide quedarse e inicia una relación sentimental con una nativa, María (Stella García). Se embarca en una alucinada búsqueda de oro y se precipita en una espiral de excesos antes de que los lugareños reaccionen ante él considerándolo una suerte de dios y obligándolo a participar en su película como estrella, donde se ve obligado a simular una y otra vez su muerte.

Cuando Hopper comenzó a fantasear con la idea de hacer esta película tenía previsto que el malogrado Montgomery Clift se encargase del papel principal. Sin embargo, su prematura muerte en 1966 impidió que ese deseo se viese hecho realidad. Tras barajar a otros posibles candidatos él mismo se encargó de encabezar un reparto coral integrado básicamente por sus amigos, entre los que cabe destacar a Peter Fonda, Dean Stockwell, Toni Basil, Don Gordon, James Mitchum o Michelle Phillips, ex cantante de The Mamas & The Papas y con la que compartió un fugaz matrimonio de apenas un puñado de días. Del mismo modo, Hopper quiso rodearse de todo un séquito de músicos encabezado por Kris Kristofferson –encargado de las principales canciones de la banda sonora- y completado por el comediante Severn Darden, John Buck Wilkin y la legendaria cantante y compositora peruana Chabuca Granda. Cabe añadir que, además de poner su música, La última película también fue el primer largometraje en el que Kristofferson ejerció como actor.

El alocado modo de vida de Hopper y de los suyos por aquel entonces dejó un sello inconfundible en el film, algo que no sólo es palpable en el atrevido montaje sino que también en muchas de las escenas, donde se puede ver a un Hopper bajo los efectos de las drogas. La última película es indisciplinada, transgresora e incoherente. El crítico de cine Mark Cousins señala que «de no ser por los créditos, uno podría creer que se trata de una película de Jean-Luc Godard». Por su parte, el también crítico Roger Ebert la tildó como «un páramo de restos cinematográficos». Lo cierto es que las interesantes pretensiones del director nunca llegaron a ser plasmadas en el montaje final. Laszlo Kovacs, director de fotografía, estaba convencido de que habían rodado un gran film. «[Tras el rodaje] Dennis se fue a Taos, en Nuevo México. Allí se compró una finca que, según creo, había pertenecido a D. H. Lawrence y era un lugar precioso. Decidió montar allí el film. Claro está que invitó a todos sus amigotes y a un montón de gente por lo que aquello era una fiesta continua las veinticuatro horas del día con lo que todo eso conlleva, incluso el despilfarro de dinero. Todo el mundo intervenía y daban su opinión […]. En resumidas cuentas, Dennis la cagó en el montaje», señaló.

vlcsnap-2016-03-01-22h35m03s546

Hopper no permitió que ningún montador profesional pusiese sus manos sobre las cuarenta horas de película que había traído consigo desde Perú. Ofreció al mexicano Alejandro Jodorowsky la opción de editar el film. No obstante, al final acabó siendo él el encargado de todo el trabajo saciando su inmenso deseo de hacer las cosas a su manera, algo por lo que peleaba desde hacía años. El recién recuperado documental El soñador americano (The american dreamer, 1971) recoge toda la postproducción, que se prolongó a lo largo de un año. El fotoperiodista Lawrence Stiller y el actor y guionista L. M. Kit Carson convivieron con Hopper durante todo ese tiempo, registrando su vida, sus excesos y su proceso creativo en Los Angeles y Taos. El resultado fue el citado documental, que fue estrenado en 1971 a la par que La última película en algunos festivales de cine y en algunos campus universitarios, cayendo pronto en el olvido.

Hopper pensó que su provocador montaje contaría con el apoyo de la contracultura, tal y como había sucedido con Easy Rider. Sin embargo, no fue así. Su película fue duramente atacada por la crítica y Hopper no llegó a recuperarse del fracaso. «Tenía derecho a decidir el montaje final pero ejercerlo fue un suicidio», reconocería décadas más tarde en el magnífico documental La generación que cambió Hollywood (Easy Riders, Raging Bulls) (Easy Riders, Raging Bulls: How the Sex, Drugs and Rock ‘N’ Roll Generation Saved Hollywood, 2003). Hollywood fue incapaz de aceptar una película como aquella.

En La última película la historia está fragmentada. Hopper comienza por el final, mostrando el rodaje de la última secuencia de un western en el que realidad y ficción se confunden. Las escenas de tiroteos y muerte se suceden una tras otra con violentos cortes, una pauta que se extrapola al resto del film. Esa difusa frontera entre lo ficticio y lo real es uno de los pilares de la historia contada por Hopper, que incide en la confusión que el cine genera en los nativos. Hollywood les llevó el cine y ellos lo adoptan sin tener en cuenta que toda la violencia de los fims es simulada. Este desconcierto se verá incrementado por la muerte accidental de un especialista peruano durante la grabación. Asimismo, al más puro estilo godardiano Hopper inserta créditos de «escena perdida», lo que contribuye aún más en el énfasis de esa vaguedad.

vlcsnap-2016-03-01-22h59m59s718

Las referencias a Easy Rider son palpables en el film. Hopper recrea esa atmósfera alucinada presente en secuencias de su primer film, como es el caso del viaje con LSD en el cementerio de Nueva Orleans durante la celebración del Mardi Gras o la escena en la que Jack Nicholson habla sobre el avistamiento de OVNIS al calor de una hoguera y que Hopper rememora al final de La última película con una conversación entre Kansas y su amigo Neville Robey (Don Gordon) sobre la minería del oro durante su loca expedición en busca del preciado metal.

Por otra parte, Hopper hace hincapié en la fractura existente entre el Norte y el Sur, tanto en lo social como en lo cultural y religioso. El cine, que para Hollywood no es más que una máquina de hacer dinero, se convierte para los nativos en un ritual de tintes paganos. La iglesia, personificada en la figura de un cura interpretado por Tomas Milian, no puede más que sumarse a este nuevo sincretismo en el que confluyen el catolicismo, los ritos incas y el culto a la violencia más extrema. La tormentosa relación entre Kansas y María es una metáfora del delicado puente establecido entre ambos mundos y que pronto se vendrá abajo como fruto de los continuos escarceos del especialista así como su culto a la supremacía, que comparte con otro grupo de expatriados estadounidenses para los cuales todo tiene un precio, incluida la dignidad. Las ansias de enriquecimiento le conducen a una búsqueda de oro en la que la agreste orografía así como la salvaje naturaleza impondrán su última palabra.

Dennis Hopper pagó con creces su osadía en el montaje de la que estaba llamada a ser su absoluta confirmación como director. Incomprendida y vilipendiada invita a pensar qué hubiese sido de ella si la post producción fuese otra. A pesar de todas sus sombras y defectos, La última película emerge como un testimonio fidedigno de uno de los episodios más alocados de Hollywood.

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s