Los valientes andan solos

Un cowboy atraviesa a lomos de su yegua una carretera. Su imagen, anacrónica, se refleja en el retrovisor de un automóvil que circula a toda velocidad sobre el asfalto. Los años de gloria para los suyos se han acabado. El pasado se ha esfumado y el presente pisa el acelerador poniendo rumbo hacia la incertidumbre, hacia un mundo donde no existe lugar para los insumisos. Este plano condensa, en apenas unos segundos y de un modo magistral, toda la melancolía presente en la atemporal película «Los valientes andan solos» (Lonely are the brave, 1962), dirigida por David Miller, con un reparto encabezado por Kirk Douglas y con un guión de Dalton Trumbo.

Corría el año 1961. Kirk Douglas, en la cima de su carrera, acababa de cosechar un gran éxito con su nueva faceta de actor-productor en «Espartaco» (Spartacus, 1960), para la cual había rescatado a un Dalton Trumbo que -tras años condenado al mayor de los ostracismos por el macarthismo– volvía a figurar en los créditos de una película con su auténtica identidad. No obstante, la autorrealización parecía escaparse de las manos de Douglas, quien ansiaba ir incluso un paso más allá. Esa oportunidad surgió de la mano de una novela, «The brave cowboy», de Edward Abbey. Fascinado por su mensaje, Douglas adquiere sus derechos y confiere a Trumbo la labor de traducir el libro a un guión.

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Abbey, conocido por sus posicionamientos ecologistas y sus tendencias anarquistas, sitúa su novela a finales de los años cuarenta, coincidiendo con el restablecimiento del servicio militar obligatorio en 1948 después de que éste expirase un año atrás. «The brave cowboy» narra la persecución a la que es sometido Jack Burns, un vaquero que ingresa deliberadamente en prisión para ayudar a su amigo Paul Bondi, un libertario que ha sido encarcelado tras oponerse a la nueva llamada a filas. Jack posee un plan para huir, idea que es rechazada por Bondi, quien asume con resignación su condena. Amante de los horizontes abiertos, Jack sigue adelante con sus planes, huyendo a las montañas donde se iniciará una caza humana sin cuartel.

Publicada en 1956, la novela de Abbey plantea un tema demasiado delicado para los Estados Unidos de la época: la objeción de conciencia. En la sociedad del bienestar e inmediatamente posterior a la Guerra de Corea los planteamientos de la obra de Abbey eran cuando menos atrevidos. Aún tendrían que pasar varios años para que la Guerra de Vietnam contribuyese a sensibilizar a la sociedad norteamericana con respecto a este asunto. Es por eso que, cuando Dalton Trumbo comenzó a escribir el guión de «Los valientes andan solos», optó por alterar ligeramente el argumento planteado por Abbey. A tales efectos, Paul Bondi –que sería interpretado por Michael Kane– dejaba de ser un objetor y pasaba a encarnar a un aventurero apaciguado por la vida doméstica cuyo delito, en el primer borrador, era el contrabando de loros, y en la versión definitiva, dar cobijo a unos inmigrantes ilegales.

«Los valientes andan solos» desprende desencanto. Se trata de un wéstern atípico y crepuscular donde el paradigma del vaquero honrado y con un profundo sentimiento de justicia es vilipendiado por una sociedad que hace tiempo le dio la espalda. El ferrocarril que en su carrera hacia el lejano Oeste desvirgaba las tierras límpidas y puras es ahora remplazado, no sólo por las autopistas plagadas de automóviles, sino que también por modernos aviones a reacción que desgarran con sus estelas los cielos. El amplio desierto, antaño metáfora de la libertad y el aislamiento en el más amplio de sus significados, es ahora cercado con alambres de espino por grandes compañías. Por su parte, el enemigo ya no es el ultrajado nativo o el forajido de sangre fría, es la propia policía encargada de velar por la defensa de los principios democráticos tan cacareados por la sociedad estadounidense. En el film, el indio y el vaquero son partícipes del mismo destino, la persecución.

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Jack Burns, encarnado por Kirk Douglas, se debate, a partes iguales, entre sus más nobles valores y su ingenuidad, la cual le conduce a un callejón sin salida, a una huída a ninguna parte. Es la víctima de una sociedad violenta y distante incapaz tan siquiera de tender la mano a aquellos que han brindado su juventud o incluso sus vidas en los campos de batalla. Tal es el caso de Jack, veterano condecorado por sus acciones en Corea para el cual cualquier atisbo de comprensión es una mera quimera. El fantasma de una nueva guerra que, años más tarde acabaría por convertirse en una cruda realidad, sobrevuela su cabeza en forma de un helicóptero que la Fuerza Área pone a disposición del sheriff para que los soldados de los futuros conflictos se fogueen en el manejo de esta nueva tecnología. Si bien, en un guiño a la historia de David y Goliat, el tiempo acabará poniendo a cada cual en su sitio. Jack Burns se erige como un trasunto del John Rambo de «Acorralado» (Rambo: First blood, 1982). No obstante, a pesar de sus paralelismos, sus significados son bien distintos. El primero está dotado de un innegable optimismo. El segundo, por su parte, es el producto de un mensaje rancio y conservador que pretende canalizar a través de su personaje los ánimos de revancha surgidos bajo el paraguas de la Era Reagan.

En consonancia con lo señalado, «Los valientes andan solos» mantiene un estrecho vínculo con otras películas, como es el caso de «Vidas rebeldes» (The misfits, 1961), de John Huston, o «La balada de Cable Hogue» (The ballad of Cable Hogue, 1970), de Sam Peckinpah. En lo que respecta a «Vidas rebeldes», comparte con el film de David Miller esa visión desmitificada de los vaqueros. Huston los describe también como un anacronismo, ensimismados en un modo de vida casi insostenible y convertidos en una atracción de feria. Mientras, Peckinpah ofrece la cándida visión del hombre aferrado a sus raíces y que halla en la naturaleza todo lo que necesita para construir su particular remanso de felicidad. Sin embargo, esa dicha –al igual que sucede con Jack Burns– se ve arrollada por la maquinaria del progreso.

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La película, rodada en un solemne blanco y negro, está dotada de un hiriente a la vez que poético realismo. Las referencias a esta confrontación entre el pasado y el presente son constantes a lo largo de todo el metraje. La belleza virginal de las montañas en las que transcurre la persecución contrasta con el caos de la ciudad donde se oxidan al sol los cadáveres metálicos de la sociedad del consumo. Cabe señalar el trasfondo, hasta cierto punto, ecologista del film. No en vano, Abbey –quien durante varios años trabajó como guarda forestal- fue un acérrimo defensor de los espacios naturales. Esta relación entre lo humano y lo salvaje también se subraya con la fidelidad que el protagonista profesa a su terca yegua, Whisky, la cual nunca será abandonada a pesar de ser más un lastre que una ayuda pues ella representa todo cuanto le une a ese pasado.

Kirk Douglas brilla con luz propia en esta película que él mismo consideraba su predilecta. Junto a él, destacan también Gena Rowlands, en el papel de la esposa de Paul Bondi; o un lacónico Walter Matthau que da vida al sheriff que dirige la persecución de Jack, por el cual, en última instancia, también profesa una gran admiración.

La cruda realidad se encarga de verter un jarrón de agua fría sobre el espectador. La historia plantea cuestiones sobre cuál puede ser considerado el auténtico heroísmo, ¿el de aquellos que optan por esperar su destino o el de los que prefieren salir a su encuentro? Pesimista, trágica y atrevida, «Los valientes andan solos» echa paladas de tierra sobre el cadáver de un tiempo que nunca volverá.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Uno de los mejores, más expresivos y más conmovedores westerns crepusculares. Como bien señalas, esa imagen última es equiparable al coche que atropella al pobre Cable Hogue. Una auténtica y arrolladora metáfora visual.

    1. La escena final es realmente desgarradora. Sus ansias de libertad se topan de bruces con el imparable progreso.

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