Puro vicio, el réquiem psicodélico de Thomas Anderson

Thomas Pynchon es un rara avis dentro de la literatura contemporánea estadounidense. Alejado de las cámaras y de los medios de comunicación, ha llegado a convertirse en un individuo casi invisible del que apenas se conocen un puñado de fotografías extraídas de anuarios de universidad o de su paso por la Marina de los Estados Unidos. Su universo literario es complejo así como laberíntico y prendado de una atmósfera paranoica, características más que suficientes para que nadie en Hollywood se hubiese atrevido a llevarlo al cine hasta 2010, año en que Paul Thomas Anderson decidió coger el toro por los cuernos y encomendarse a esa tarea con la adaptación de la novela «Vicio propio», publicada en 2009. Bajo el desacertado título traducido al castellano05Puro_vicio como «Puro vicio» (Inherent vice, 2014), el director y guionista Thomas Anderson se zambulle en un film kilométrico trufado por una psicodelia crepuscular y decadente.

Tras la publicación de «V», su primera novela, en 1963, Pynchon se asentó en California. Parece ser que allí redactó su libro más conocido, «El arco iris de la gravedad», en la que a través de sus más de mil páginas recrea un universo conspiranoico ambientado en la Segunda Guerra Mundial. Seleccionada para el premio Pulitzer de ficción de 1974, fue rechazada por el consejo encargado de otorgar el galardón al considerar que era obscena. Sin embargo, esta obra no sólo fue premiada con otros reconocimientos sino que también se convirtió en una referencia obligada para una nueva generación de escritores.

California goza de una presencia destacada en su producción literaria. En cierto modo se puede hablar de una trilogía dedicada a este estado y que arranca con «La subasta del lote 49», continua con «Vineland» -en la que se aborda el tema de la represión contra la explosión contracultural de los sesenta y el oscuro mandato de Nixon– y concluye, al menos por ahora, con «Vicio propio».

«Vicio propio» pasa por ser la obra más asequible de toda la creación pynchoniana. Ambientada en 1970, cuenta las andanzas de Doc Sportello, un heterodoxo detective privado de Los Ángeles que pasa los días fumando hierba en su apartamento a pie de playa. Su vida da un giro inesperado cuando Shasta Fay Hepworth, su ex novia, reaparece con el objeto de contratar sus servicios para averiguar el paradero de su nueva pareja sentimental, 04Puro_vicioMickey Wolfman, un magnate inmobiliario que, iluminado por el ácido, ha decidido enmendar sus malas acciones. En sus indagaciones, Sportello se va sumergiendo poco a poco en una trama decadente por la que pululan moteros de extrema derecha, un cartel de la droga, dentistas adictos a la cocaína, surfistas, jóvenes descarriadas, masajistas, músicos, agentes del FBI y un policía corrupto apodado «Bigfoot».

En 2010 Paul Thomas Anderson comenzó a trabajar en el guión de «Puro vicio». Con anterioridad había barajado la posibilidad de adaptar «Vineland». No obstante, tras la publicación en 2009 de «Vicio propio» cambió de planes. La complejidad estilística de Pynchon contribuyó a que el trabajo de redacción se dilatara a lo largo de varios años, partiendo de una meticulosa adaptación de cada una de las frases de la novela que poco a poco sería sintetizada hasta llegar al guión definitivo, en el que el personaje de Sortilège –interpretado por Joanna Newsom– adopta el papel de narradora de los acontecimientos.

«Puro vicio» es heredera del cine negro de inspiración chandleriana. La película evoca a títulos como «El sueño eterno» (The Big Sleep, 1946), de Howard Hawks, o «Un largo adiós» (The Long Goodbye, 1973), de Robert Altman. El esquema narrativo del film de Thomas Anderson se articula en torno a una concatenación de hechos, algunos de ellos banales, que en definitiva resultan estar conectados dentro de una intriga fraguada en los bajos fondos de Los Ángeles. Por otra parte, el director también bebe de otras fuentes como es el subgénero cuyos personajes centrales suelen ser fumetas y entre los que se podría destacar a la comedia «Como humo se va» (Up in the smoke, 1978), dirigida por Lou Adler junto a Tommy Chong e interpretada por el propio Chong junto a su compañero cómico Cheech Marin. Asimismo, Thomas Anderson hace un guiño a las series televisivas de carácter policiaco –aspecto este representado por el personaje de «Bigfoot», interpretado por Josh Brolin– y recurre al cómic underground, en concreto a los personajes creados por Gilbert Shelton en «The Fabulous Furry Freak Brothers».

La acción de «Puro vicio» gira en torno a Doc Sportello, interpretado por Joaquin Phoenix. Ésta es la segunda ocasión en la que Phoenix trabaja bajo la batuta de Thomas Anderson tras «The Master» (íd., 2012), película inspirada en los orígenes de la Iglesia de la Cienciología y en la que compartía pantalla con el malogrado Philip Seymour Hoffman. Sportello es un tipo en cierto modo anacrónico, anclado a un pasado que ya se ha esfumado, a algo que pudo ser o que quizá nunca fue. Su personaje remite por momentos al delirante El Nota al que Jeff Bridges dio vida en la grandiosa «El gran Lebowski» (The Big Lebowski, 1998), de los hermanos Coen.

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Los hechos narrados se ambientan en 1970, momento para el cual el movimiento hippie ya había sido liquidado por la mirada enajenada de Charles Manson y los suyos. Otros autores, como Hunter S. Thompson, apuntaban también a otros síntomas como posibles causas del deceso de la explosión cultural de los sesenta. En su obra «Miedo y asco en Las Vegas» apunta a la encarcelación de Owsley Stanley, gurú el LSD, como uno de las posibles causas. Pynchon, que había flirteado con la cultura hippie durante su estancia en California, incide tanto en «Vineland» como en «Vicio propio» en el control de las libertades a la que fue sometida la explosión contracultural.

Los asesinatos de Tate-La Bianca sólo fueron la gota que colmó el vaso y la excusa perfecta del poder para desacreditar al movimiento hippie, cuyos excesos, dicho sea de paso, tampoco le fueron de ayuda. El agente de policía «Bigfoot» encarna esa represión cuya antítesis es Sportello que, aunque fumado, conserva un sentido de justicia social que se hace cada vez más palpable a medida que avanza el film. Dos son las líneas de investigación que sigue el personaje de Phoenix: las desapariciones, por una parte, del magnate Mickey Wolfman (Eric Roberts) y, por otra, de Coy Harlingen (Owen Wilson), un saxofonista que había formado parte de un conjunto de surf music y ex adicto a la heroína cuya identidad se ha desvanecido por completo en medio de la vorágine de Los Ángeles. Ambos personajes cristalizan las luces y las sombras de un periodo marcado por los espejismos así como por la paranoia. Mientras que Mickey Wolfman representa a un sector de la sociedad acomodada que se ha encargado de sacar tajada sin escrúpulos, Harlingen se alza como paradigma de una generación que creyó hallar la Arcadia y cuyos sueños se han venido abajo como un castillo de naipes.

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A este respecto cabe recordar otros títulos de la filmografía de Thomas Anderson, en la que los falsos profetas, el exceso y la codicia se hallan tras el hastío de la sociedad actual. Tal es el caso de su celebrada «Boggie nights» (íd., 1997), en la que recrea los orígenes de la industria del porno en los años setenta; «Pozos de ambición» (There will be blood, 2007), la cual, basada en una obra de Upton Sinclair, narra el auge de un magnate del petróleo carente de valores; o la ya mencionada «The Master», en la que se acude al surgimiento de una nueva religión.

«Puro vicio» peca de un metraje excesivo, de un ritmo que por ocasiones se vuelve farragoso y de una trama que, en más de una ocasión, se torna absurda. Thomas Anderson adopta un discurso que versa entre el drama y la parodia. Crea una atmósfera repleta de volutas de humo que ocultan enigmas a través de los cuales Sportello debe discernir entre lo real y lo puramente imaginario. Inmerso en una especie de sueño profundo, sigue su instinto de sabueso -con sus facultades mermadas por la hierba- para llegar al grano, a un meollo de la cuestión que se antoja difuso y que remite a unos tiempos pretéritos en los que resurge el fantasma de un viejo amor así como de un periodo marcado por la inocencia. Una inocencia perdida para siempre.

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