Owsley Stanley, la química del Verano del Amor

La escena psicodélica de la bahía de San Francisco se encargó de forjar sus propios mitos mucho antes de que Haight-Ashbury se convirtiese en el epicentro del movimiento hippie. En un laboratorio casero instalado en el baño de un apartamento de Berkeley, un tipo llamado Augustus Owsley Stanley, alias The Bear, comenzó a cocinar allá por 1964 ingentes cantidades del LSD más puro que se había consumido hasta entonces en las calles de California. Para 1967, Owsley ya había producido más de un millón de dosis de ácido y, además de ser una figura clave de la contracultura, era el genio que se escondía tras el pulcro sonido estéreo en directo de la banda Grateful Dead.

La forja de un rebelde

Si usted consulta en el diccionario Oxford de inglés la definición del término owsley podrá comprobar que con él se hace referencia a un LSD particularmente potente. Tal es la fama que alcanzó el producto de The Bear, todo un as del marketing que ya apuntaba maneras en su más tierna infancia. Nacido en 1935 en el seno de una familia de Kentucky con una extensa tradición política, Owsley era el nieto de un gobernador demócrata que, entre otras labores, se encargó de dirigir la comisión destinada a la construcción de la vía marítima del San Lorenzo, que permite conectar el Océano Atlántico con los Grandes Lagos.

La relación entre Owsley y sus progenitores era mala. Su padre se había habituado a la botella después de participar en la Batalla del Mar de Coral, durante la Segunda Guerra Mundial. Cuando apenas tenía ocho años el matrimonio de sus padres se hizo añicos. Su madre se quedó con la custodia y ambos se trasladaron a vivir a Los Ángeles, donde permanecería hasta regresar al hogar paterno en Virginia. Con el objeto de ser enderezado fue internado en una escuela militar de Maryland, de donde sería expulsado durante el noveno grado tras introducir alcohol en la academia y pillarse una cogorza con el resto de sus compañeros.

Las cosas iban de mal en peor y con quince años optó por ingresar de modo voluntario en el hospital St. Elizabeths de Washington DC para combatir sus demonios internos, marcados por una ausencia de cariño hacia sus progenitores. «Fue allí donde me liberé de mis problemas de culpabilidad por no ser capaz de querer a mis padres», señaló décadas después a la revista Rolling Stone. Su paso por la universidad fue testimonial. Apenas asistió a clases durante un año. Ésta sería la antesala a un periodo de catorce años en la Fuerza Aérea, donde se formaría como operador de radio, actividad que le abriría las puertas de varias televisiones así como estaciones de radio de Los Ángeles y que fue determinante en su labor como ingeniero de sonido de Grateful Dead años después.

Owsley Stanley, a la izquierda, junto a Jerry García, líder de Grateful Dead.

Un lugar llamado Berkeley

La vida de Owsley Stanley cambió el día que puso sus pies en Berkeley, allá por 1963. Por aquel entonces, en su universidad se encontraba el germen de la revolución que estaba a punto de desatarse en la Costa Oeste. En sus aulas se formaron los primeros estudiantes voluntarios que acudieron a Mississippi para ayudar en el registro de los electores negros durante la Campaña de la Libertad del verano de 1964, nació el Free Speech Movement y a partir de 1965 se capitalizó la lucha contra la Guerra del Vietnam. Además, en los alrededores de las facultades abrieron sus puertas numerosos coffee shops en los que actuaban los más selectos músicos de la escena folk.

Este era el caldo de cultivo idóneo para abrirse a nuevas experiencias y el LSD pronto apareció en escena. Con anterioridad, el ácido había sido utilizado con fines médicos, el propio Ken Kesey lo había consumido por primera vez en Menlo Park al ofrecerse como cobaya –a cambio de veinte dólares- del proyecto de la CIA MKUltra, que investigaba el uso de este estupefaciente para controlar la mente humana. La venta del LSD en las calles estaba controlada por la mafias. Estas se hacían con grandes cantidades que adquirían directamente de la farmacéutica Sandoz y luego incrementaban su precio, obteniendo pingües beneficios. Owsley, que consumía hierba y vendía semillas de la variedad Heavenly Blue, probó el ácido por primera vez en 1964. «Recuerdo la primera vez que tomé ácido, salí a la calle y los coches estaban besándose con los parquímetros», comentaría al respecto de su bautismo lisérgico.

A finales de ese mismo año, Owsley decidió comenzar a producir su propio LSD junto a su compañera de piso, una estudiante de química llamada Melissa Cargill. La idea era que su producto fuera igual de bueno o incluso mejor que el producido por las farmacéuticas. Tres semanas después de marcarse su propósito The Bear ya había aprendido todo lo necesario gracias a los libros de las biblioteca de la Universidad de Berkeley. El proceso era caro y ambos comenzaron a financiarse mediante la venta de metedrina que producían en su propio baño. Era tan sólo cuestión de tiempo que la policía les echase el guante. El 21 de febrero de 1965 les fue incautado todo su material durante una redada. Tras salir airosos de los cargos que se les imputaban trasladaron su laboratorio a Los Ángeles donde constituyeron el Bear Research Group, una tapadera que les permitía ser considerados investigadores y que les habilitaba para acceder a los complejos materiales precisos para la sintetización del LSD.

Los Alegres Bromistas de Ken Kesey

A partir de mayo de 1965 el LSD de Owsley y Cargill desembarcó en la bahía de San Francisco. Ken Kesey y sus Merry Pranksters (Alegres Bromistas) comenzaban a labrar su fama mediante fiestas bañadas en ácido y entre cuyos asiduos se contaban personajes como Hunter S. Thompson, Neal Cassady, Allen Ginsberg o los Ángeles del Infierno. Kesey contaba con su propio productor, John El Químico, pero las cantidades de LSD elaboradas por el mismo –así como su calidad- ni siquiera se aproximaban a la producción de Owsley. Durante una velada de los Merry Pranksters en La Honda, Owsley ofreció su producto a Kesey, que quedó impresionado por su pureza. Esa fue la llave para que Owsley comenzase a suministrar el LSD a los desmadrados Acid Tests de Kesey, en los que se combinaban punteros espectáculos de luces con las actuaciones en directo de grupos como The Warlocks -más tarde conocidos como Grateful Dead– y cuyos asistentes consumían ácido que era administrado en zumos o en helados.

La relación entre Kesey y Owsley acabaría haciendo aguas a finales de ese año. Durante el Acid Test organizado el 11 de diciembre en Muir Beach (Marin County), Owsley experimentó un mal viaje y tras abanbear04donar el concierto estrelló su automóvil contra una zanja. Advirtió a los Merry Pranksters –cuyas correrías fueron descritas por Tom Wolfe en «Ponche de ácido lisérgico»- de que estaban jugando con algo que se les escapaba de las manos. Sus advertencias fueron ignoradas. Se cerraba una puerta, pero se abría una nueva.

Como fruto de su presencia en los Acid Tests, Owsley había trabado una gran amistad con Phil Lesh, bajista de Grateful Dead. La banda gozaba ya de una gran fama en la bahía pero su sonido en directo dejaba mucho que desear. Empleaban un equipo de sonido muy primitivo que tan sólo permitía conectar los amplificadores a altavoces de un solo canal. Durante una actuación en el Fillmore Auditorium, Lesh ofreció a Owsley la posibilidad de trabajar como su ingeniero de sonido. The Bear, sin apenas pensárselo, aceptó y señalo que su sonido durante los conciertos no sólo sería claro sino que también sería en estéreo, algo impensable en aquella época. Owsley y los Grateful Dead compartieron techo durante seis semanas en un apartamento de Watts, Los Ángeles. Sus días transcurrían puestos de ácido hasta el entrecejo y tocando música. Owsley, estrictamente carnívoro, imponía sus hábitos alimenticios a los músicos, sensibilizados con la causa vegetariana. A su regreso a San Francisco su relación laboral se rompió y parte del equipo de sonido fue a parar a las manos del promotor musical Bill Graham y otra parte al Straight Theater.

Monterey purple

Cuando el consumo de ácido fue declaro ilegal en octubre de 1966, Owsley ya había amasado una gran fortuna y se había convertido en una leyenda viva. Siguió suministrando LSD a los grandes conciertos. Tal es el caso del Monterey Pop Festival de 1967, a donde acudió con una nueva variedad bautizada para la ocasión como Monterey Purple y que fue consumida entre otros por Pete Townshend, Jimi Hendrix o Brian Jones. Incluso, se cuenta que The Bear hizo llegar su ácido hasta los Beatles -al otro lado del charco- camuflado dentro del teleobjetivo de un fotógrafo. Su vínculo con el mundo de la música ha quedado plasmado por varias canciones inspiradas en él o en las que se hace mención a su persona. Tal es el caso de «The other one» o «Alice D. Millionaire», de Grateful Dead; «Kid Charlemagne», de Steely Dan; «Mexico», de Jefferson Airplane; «Who needs the peace corps?», de Frank Zappa & The Mothers of Invention; o la versión que Jimi Hendrix grabó de «Day Tripper» durante sus sesiones en la BBC y en la que pronuncia «Oh Owsley, can you hear me now?».

Lejos del romanticismo que rodea a su figura, Owsley y, por ende, su compañera Melissa Cargill, vivían con sus culos sentados sobre una bomba de relojería a punto de estallar. La policía cada vez se mostraba más recelosa con los hippies y con el tráfico de estupefacientes. Owsley y Cargill se veían obligados a cambiar de intermediarios con frecuencia. Escondían su mercancía en un baúl de la compañía de autobuses Greyhound que conectaba a Oakland con San José y San Francisco y que les permitía mantenerla alejada de ellos a la vez que fácilmente accesible. Sin embargo, su buena suerte se acabó en diciembre de 1967 cuando fueron detenidos con 100 gramos de LSD y otros tantos de STP, un potente alucinógeno.

Tras pagar una fianza, ambos lograron eludir la trena y Owsley dejó de cocinar ácido durante dos años. En 1968 volvió a trabajar como ingeniero de sonido de Grateful Dead. La banda vivía inmersa en una continua gira, siendo invitados habituales de todo festival que se prestase. El caos de los backstages -donde varios conjuntos compartían espacio- impedía que los seguidores localizasen con facilidad a sus ídolos. Es por eso que, un buen día, Owsley, junto a su amigo Bob Thomas, decidió diseñar un logo que diferenciase al equipo de los Dead del resto de músicos. Su idea consistía en una calavera en cuya parte superior había dos zonas, una de color rojo y otra azul, atravesadas por un rayo. Su dibujo se convirtió en la seña de identidad del grupo. Así mismo, durante todo este periodo Owsley registró una suerte de diario sonoro en el que fueron grabados todos y cada uno de los conciertos de Grateful Dead, lo que supone un interesante archivo.

A pesar de que The Bear llevaba dos años alejado del laboratorio, su suerte estaba a punto de acabarse. El 30 de enero de 1970 la banda fue sorprendida en una redada en Nueva Orleans y, tras ser revocada su fianza de 1967, Owsley acabó en la cárcel federal de Terminal Island y más tarde en Lompoc. Allí ocupó su tiempo como cocinero y aprendió a tallar tanto piedra como madera y a elaborar joyas, actividad a la que se acabaría dedicando con un carácter profesional.

El muro de sonido

A su salida de prisión, en 1972, regresó a Grateful Dead. La banda ofrecía ahora actuaciones en grandes estadios, lo que suponía un nuevo reto para las buenas artes de Owsley como ingeniero de sonido. Tras dos años de desarrollo, el 23 de marzo de 1974 estrenó en el Cow Palace de San Francisco un muro de sonido de unos doce metros de altura compuesto por unos seiscientos altavoces y que consumía unos veintiséis mil vatios. Era la apuesta sonora más audaz que jamás se había ofrecido al público norteamericano. Pero su calidad era directamente proporcional a sus costes, que obligaban al grupo a prescindir de contratar a nuevos músicos para suplir ausencias y les obligaba a invertir una gran cantidad de su presupuesto en logística. La genial creación de Owsley se acabó convirtiendo en un arma de doble filo que animó a Jerry García y los suyos a dejar las giras aparcadas durante dos años.bear05

El fin de una era

El díscolo Owsley continuó ejerciendo como ingeniero de sonido de Jefferson Starship y de su gran amigo Phil Lesh. Esta labor así como la venta de joyas y de marihuana que cultivaba en su propio jardín le permitían sobrevivir después de haber dilapidado la mayor parte de su fortuna. Después de que su huerto fuese asaltado en dos ocasiones por un grupo de junkies, Owsley se trasladó a vivir junto a su esposa Sheilah al norte de Queensland, en Australia. Su nuevo domicilio fue seleccionado en respuesta a un temor que le atormentaba. Y es que The Bear, concienciado con el medio ambiente, presagiaba que, como fruto del calentamiento global, se avecinaba un cataclismo que barrería cualquier rastro de civilización en el hemisferio norte y que conduciría a una nueva glaciación.

Lejos de estas teorías, a Owsley le aquejaban por desgracia otros males más mundanos. Tras superar una afección coronaria que ya padecía desde su adolescencia, fue diagnosticado con cáncer de garganta en 2004, el cual logró superar. The Bear sostenía que su dieta estrictamente carnívora había sido su salvadora. El 12 de marzo de 2011 mientras conducía por las inmediaciones de Mareeba (Queensland), Owsley perdió el control de su vehículo y sufrió un accidente que le provocó la muerte. El rey del LSD había fallecido a los 76 años elevado a los altares de la contracultura.

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