Yonqui, el lado más salvaje de la vida

Hubo un tiempo en el que la mera idea de publicar «Yonqui» (Compactos Anagrama, 2014), la controvertida obra de William S. Burroughs, era capaz de erizar el vello hasta a los más transgresores editores. El asunto no era moco de pavo. En plena posguerra, las autoridades estadounidenses estaban atentas a todo cuanto se pasaba de la raya y una simple osadía podía salir cara. Sin embargo, Allen Ginsberg era consciente de que Burroughs, su amigo, estaba llamado a ser uno de los autores más influyentes de la literatura estadounidense del siglo XX. Ni siquiera las estrictas leyes serían capaces de pararle los pies en su empeño para que «Yonqui» viese la luz, algo que al final se haría realidad gracias al beneplácito de Carl Solomon, de Ace Books, un joven escritor a quien Ginsberg había conocido en la sala de espera del hospital psiquiátrico Greystone Park de New Jersey.

Burroughs inició su carrera literaria en 1945, año en el que escribió a cuatro manos, junto a Jack Kerouac «Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques» (Anagrama), publicada por primera vez en 2008. En aquellos tiempos, el bueno de Bill compartía apartamento con el autor de «En el camino», con Edie Parker y con la malograda Joan Vollmer. Fue entonces cuando la morfina llegó a su vida como un torbellino. Adicto a los opiáceos, Burroughs paseaba sus huesos por Greenwich Village trapicheando con heroína mientras que Vollmer –convertida en sujunk02 pareja sentimental- se precipitaba al abismo de la locura a golpe de benzedrina. Era tan sólo cuestión de tiempo que el díscolo joven criado acorde con la más selecta educación burguesa se topase con la ley, iniciando un periplo que lo llevaría a tumbos por México, su Missouri natal, Texas y Nueva Orleans antes de huir de nuevo a México para esquivar una posible temporada tras las rejas de la prisión estatal de Angola, en Lousiana.

Burroughs comenzó a escribir «Yonqui» durante su estancia en México animado por Ginsberg, con quien mantenía una nutrida correspondencia. El poeta había hallado en él a un diamante bruto cuyo brillo, aún por descubrir, se dejaba entrever en sus magníficas epístolas. Si en su primera intentona junto a Kerouac, Burroughs había abordado el género del misterio, ahora se zambullía en un relato descarnado y de rabioso naturalismo en el que narra sus propias experiencias como adicto y traficante. Consciente de la fina línea existente entre sus textos y las normas de la época -marcadas por un acérrimo puritanismo-, el autor depositó toda su confianza en su colega, quien guardaba un as en la manga.

Ese as era Carl Solomon, sobrino de A. A. Wyn, el propietario de Ace Books, una editorial de poca monta especializada en las publicaciones pulp de ciencia ficción, fantasía, misterio y western. Su insistencia fue determinante para que su tío diese un paso adelante en la publicación del comprometido manuscrito de Burroughs. El propio Solomon, en un ejercicio de valentía, se había lanzado de cabeza en esta empresa que no sólo le infundía un terror espeluznante, sino que incluso puso a su frágil salud al borde del colapso. Ni siquiera Burroughs se atrevió a emplear su nombre de pila y firmó su novela bajo el pseudónimo de William Lee.

En 1953, «Yonqui» llegó a las calles en un curioso volumen doble de tapas blandas –denominado Ace Double– que incluía también una novela de Maurice Helbrant publicada en 1941 y que, paradojas del destino, narraba las peripecias de un agente de narcóticos. El prestigio de Ace Books estaba por los suelos en aquella época. Muchas de las librerías ni siquiera manifestaban interés por sus publicaciones al considerarlas carentes de calidad literaria. El precio de la primera edición de «Yonqui» fue de treinta y cinco centavos, de los cuales Burroughs apenas se llevaba uno por cada volumen vendido. Hoy en día, la edición de Ace Books es un objeto de deseo para los coleccionistas, que llegan a pagar cientos de dólares por cada ejemplar.

La portada de la edición de Ace Books es cuando menos impactante. Acorde con su estética eminentemente pulp, en ella se representa a un idealizado William Lee forcejeando con una no menos ensalzada Joan Vollmer, que sostiene una papelina de heroína. Mientras, en una mesa camilla se muestra en aparente desorden un bodegón compuesto por un hornillo, una jeringuilla, un Junkiecuentagotas y una cajetilla de tabaco. La imagen describe un pasaje de «Yonqui» en el que Vollmer derrama por el suelo un chute tras comprobar que su compañero ha vuelto a las andadas después de un periodo alejado del caballo y como consecuencia es agredida por William Lee.

El primer borrador del libro fue completado pocos meses antes de que, el 6 de septiembre de 1951, Burroughs le volase accidentalmente la tapa de los sesos a Vollmer mientras jugaba a ser Guillermo Tell con su revólver bajo los efectos del alcohol, sustancia de la que abusaba durante sus periodos limpio de heroína. Burroughs, que nunca ocultó su homosexualidad, era incompatible sexualmente con su compañera, situación que se agravaba cuando el caballo desaparecía de la escena y el escritor recuperaba su libido. En ediciones posteriores de «Yonqui», publicadas a partir de 1977, se recuperan pasajes en los que se hace referencia a las preferencias sexuales de Burroughs y que previamente habían sido omitidas. Tales son así, por ejemplo, las escenas en las que William Lee vaga por los tugurios de México DF en busca de la compañía de hombres o sus relación sentimental con un joven mexicano.

Tras el asesinato de Vollmer, Burroughs continuó inmerso en la corrección del primer borrador de «Yonqui», trabajo que daría por finalizado en julio de 1952. En su correspondencia con Ginsberg, Burroughs advierte de que su obra no pretende justificar su adicción, sino que se trata de un relato pormenorizado de sus vivencias. Más allá de ser una novela en el sentido extenso de la palabra, «Yonqui» contiene las memorias de su autor. Cabe tener en cuenta que, a pesar de refugiarse tras un pseudónimo o de cambiar los nombres de los protagonistas que se esconden tras los hechos reales, el escritor y su álter ego (William Lee) son en definitiva la misma persona.

«Yonqui» -término con el que se acabaría denominando a todos los adictos a la heroína y que proviene del inglés junk (basura)- propone un viaje por los paisajes subterráneos de la adicción al caballo así como a través de las experiencias vitales de William Lee, quien tras un coqueteo inicial acaba metido hasta el cuello en una espiral de autodestrucción. Por las páginas de su libro pulula todo un elenco de adictos herederos de la cruda era de la Gran Depresión. Traficantes, navajeros, carteristas, borrachos, crápulas de tres al cuarto que hacen malabares para esquivar a los agentes de narcóticos y para sacarles recetas a médicos venidos a menos. Y es que en el ejercicio de sortear el Acta Harrison de 1914, que pretendía poner freno al comercio descontrolado de estupefacientes, los yonquis juegan incluso a ser alquimistas extrayendo la morfina de remedios como el elixir paregórico.

Las drogas son un elemento común en la obra literaria de William S. Burroughs. En «Yonqui» el escritor adopta un estilo narrativo lineal que nada tiene que ver con la vorágine contenida en las páginas de su obra cumbre, «El almuerzo desnudo», publicada en 1959. Burroughs se muestra sucinto en «Yonqui», comedido. Sus palabras son punzantes como gotas de agua helada. Frente a la carga onírica y alucinada de «El almuerzo desnudo» se presenta un relato rebosante de realismo, de un naturalismo hiriente como la aguja de una jeringuilla. Burroughs se afirma como profeta involuntario de un modo de vida de funestas consecuencias. Lejos de justificar el consumo de caballo o de otros estupefacientes, se debate en una constante lucha por huir del pinchazo y de las continuas recaídas. La adicción –o la enfermedad, como indica en «El almuerzo desnudo»- es un fantasma que siempre está latente, esperando el mejor momento para manifestarse de nuevo.

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