Dillinger, los años del plomo

John Herbert Dillinger tuvo una muerte de película. El 22 de julio de 1934 fue abatido a tiros por la espalda cuando abandonaba la sala de cine Biograph de Chicago, tras asistir a la proyección del film «El enemigo público número 1» (Manhattan melodrama, 1934), de W. S. Vand Dyke e interpretada por Clark Gable. Al menos esa fue la versión oficial del FBI. Y es que, al igual que su carrera como atracador de bancos, su final siempre ha estado envuelto por la leyenda. En 1973 el guionista John Milius se02Dillinger estrenó como director con «Dillinger» (íd., 1973), biopic trufado por un toque de romanticismo y en el que se recogen los hitos más destacados de los últimos meses de vida de este forajido del Medio Oeste.

La azarosa existencia de Dillinger comenzó a fraguarse en su Indianápolis natal cuando apenas era un crío. El entorno rural de Indiana fue el escenario de sus primeros delitos. Después de desertar de la marina y de un fracaso matrimonial, acabó con sus huesos entre rejas tras ser condenado por el robo de una tienda de comestibles. Durante nueve años y medio cumplió su condena. Fue puesto en libertad en mayo de 1933. Por aquel entonces, la sociedad estadounidense estaba inmersa en el periodo de máxima virulencia de la Gran Depresión. Sin visos de futuro, no tardó en caer de nuevo en las garras del crimen, de la mano de atracadores como Harry «Pete» Pierpont, Russell Clark o Homer Van Meter, a quienes había conocido en presidio. De este modo inició una fulgurante serie de atracos a bancos que concluyó de un modo abrupto poco más de un año después.

La vida de Dillinger –al igual que la del resto de delincuentes de la Gran Depresión– ha estado aderezada por grandes dosis de leyenda. Cabe tener en cuenta que, por aquel entonces, el pueblo llano encontraba en sus atracos una especie de desahogo con el que canalizar todas las frustraciones propias de una época de crisis financiera. Dillinger, «Pretty Boy» Floyd, «Baby Face» Nelson, Bonnie Parker, Clyde Barrow, Ma Barker o Machine Gun Kelly devolvían a los bancos los golpes que durante tanto tiempo estas instituciones habían repartido por doquier. La prensa, consciente de este filón, llenaba las páginas de sus diarios con relatos en los que se describían las andanzas de estos forajidos y, en numerosas ocasiones, se permitía la licencia de salpicar sus artículos con alguna que otra dosis de fantasía. Sin embargo, ésta era una espada de doble filo. Si bien les ayudaba a recabar la aprobación del ciudadano de a pie, también les granjeaba la antipatías del omnipresente J. Edgar Hoover. Inmerso en una guerra sin cuartel contra el crimen, el por entonces director del FBI no se podía permitir el lujo de que unos criminales le robasen el protagonismo que tanto ansiaba.

La figura de John Dillinger ha estado muy presente en la cultura popular norteamericana, siempre muy atenta a este tipo de hombres fuera de la ley. En los albores de la década de los cuarenta, Raoul Walsh llevó a la gran pantalla «El último refugio» (High sierra, 1941), en la que Humphrey Bogart –que por cierto, guardaba cierto parecido con Dillinger– interpreta a un personaje inspirado vagamente en las andanzas del atracador. Cuatro años después, Lawrence Tierney, encarnaría al primer Dillinger del celuloide en la película «Dillinger» (íd., 1945), de Max Nosseck. Le seguirían varias series televisivas y otros films dedicados a este personaje, entre los que se cuentan el largometraje de Milius o «Enemigos públicos» (Public enemies, 2009), de Michael Mann.

Asimismo, la película de Milius es heredera directa de otros títulos como la magnífica «Bonnie y Clyde» (Bonnie and Clyde., 1967) de Arthur Penn, y otros títulos de Serie B como «Mamá sangrienta» (Bloody mama, 1970), de Roger Corman. El film de Millius remite al espectador en numerosas ocasiones a la obra de Penn, que renovó por completo el género.

John Milius decidió probar suerte en la dirección tras escribir varios guiones entre los que cabe destacar los de las películas «El juez de la horca» (The life and times of Judge Roy Bean, 1972), de John Huston; y «Las aventuras de Jeremiah Johnson» (Jeremiah Johnson, 1972), de Sydney Pollack. Como no podría ser de otro modo, el propio Milius fue también el encargado de escribir el texto de «Dillinger», que narra los últimos meses de vida del atracador –interpretado por Warren Oates– y la encarnizada persecución del FBI personificada por el agente especial de la oficina de Chicago, Melvin Purvis (Ben Johnson) y sus hombres.

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La película se aproxima someramente a los hechos reales. Incluye numerosos episodios que nada tienen que ver con la realidad y que han sido alterados con fines meramente narrativos así como artísticos. Tal es el caso, por ejemplo, del tiroteo en el hospedaje Little Bohemia de Manitowish Waters (Wisconsin), donde la banda de Dillinger fue acorralada el 20 de abril de 1934 por el FBI y de donde logró huir sin registrar ni una sola baja. Y es que, las verdaderas víctimas del suceso fueron un hombre ajeno a los atracadores y unos tres agentes federales, así como varios heridos.

Sin incidir demasiado en la veracidad de los hechos históricos descritos, «Dillinger» es violenta y romanticista a partes iguales. El guionista y director se recrea en las escenas de tiroteos, algo que cabría esperar tratándose de un aficionado a las armas que en sus contratos –además de sus honorarios- incluía el pago en especia de un fusil de colección. Vinculado en numerosas ocasiones al ala conservadora de Hollywood, incluso llegó a ofrecerse como voluntario para combatir en Vietnam. No obstante, nunca llegó a ser reclutado debido a una afección respiratoria crónica. A este respecto, cabe volver sobre la escena del tiroteo de Little Bohemia, cuya duración ronda los diez minutos y que, por momentos, recuerda al cine de Sam Peckinpah y, en especial, a la secuencia final de «Grupo salvaje» (The wild bunch, 1969), otra orgía de plomo y sangre con la que el bueno de Bloody Sam pretendía denunciar la escalada de la intervención estadounidense en el Sudeste Asiático.

Siguiendo la estela de la mayoría de películas dedicadas a este género, Milius dota a sus personajes de un aura de leyenda. Incluye episodios que, en realidad, nunca sucedieron. Tal es el caso del encuentro entre Dillinger y Purvis en un elegante restaurante de Chicago o el atraco a un banco en plena fuga de la prisión Crown Point. Sin ir más lejos, el hombre encargado de ejecutar a Dillinger a sangre fría a la salida del Biograph fue un agente de la policía y no Purvis, como muestra la película. El guión hace especial hincapié en el ego sobrealimentado del atracador que, consciente de su fama, repite en numerosas ocasiones a las victimas de sus robos que son testigos de un hecho histórico del que podrán hablar con orgullo a generaciones venideras. Los personajes de Dillinger y Purvis compiten en su camino hacia la fama. El agente del FBI es mostrado como un hombre valiente que, al frente de sus subordinados, no se achica a la hora de practicar una detención o de quitar la vida a cualquier delincuente. El director muestra, como si se tratase de una serie de episodios independientes, varias detenciones en las que Purvis siempre lleva a cabo un ritual consistente en enfundarse un par de guantes, recibir de manos de su ayudante dos pistolas y encender un puro.

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La fotografía de la película también se encargó de resaltar el carácter romántico de la historia de Dillinger. Millius confió esta labor en Jules Brenner, quien recurrió a una intensa paleta de colores situada a caballo de la realidad y lo surrealista.

Resulta curiosa la selección de Ben Johnson para interpretar a Melvin Purvis. Habitual del género western, en 1971 alcanzó su mayor cota de fama gracias a su interpretación de Sam The Lion en «La última película» (The last picture show, 1971), de Peter Bogdanovich. Cabe señalar que Johnson ya contaba con cincuenta y cuatro años cuando encarnó al agente federal, casi el doble de la edad que Purvis tenía cuando Dillinger murió. A pesar de lo extravagante de la elección de Milius, Johnson confiere a su personaje el empaque que cabría esperar de un hombre como Purvis, quien falleció en 1961 en extrañas circunstancias.

Por su parte, Dillinger es interpretado por Warren Oates. Ésta pasa por ser la caracterización más lograda del forajido hasta el momento. No en vano, Oates guardaba una gran similitud física con el atracador. En su interpretación se deja entrever que el actor había estudiado los gestos y las formas de Dillinger, de quien -además de numerosas fotografías- se conserva material cinematográfico. Milius muestra a un Dillinger empecinado en ejercer su actividad con profesionalidad. A lo largo de la película vierte sus críticas a la inusitada violencia de otros delincuentes como Bonnie y Clyde. Asimismo, planta cara a un histriónico «Baby Face» Nelson interpretado por Richard Dreyfuss y que recuerda, en cierto modo, al mismo personaje interpretado por Michael Badalucco en la película «O brother!» (O Brother, Where Art Thou?, 2000), de los Hermanos Cohen.

El elenco de intérpretes se completa con otros actores como Harry Dean Stanton, Steve Kanaly, Geoffrey Lewis o Michelle Phillips, cantante del conjunto californiano The Mamas & The Papas y que en la película debutó como actriz en el papel de Billie Frechette -compañera sentimental de Dillinger– y a su vez en el de Polly Hamilton, la prostituta que acompañaba a la Mujer de Rojo y al atracador en el momento de su muerte.

La aproximación de John Milius a este atracador puede resultar decepcionante si lo que se busca es un relato fiel a la historia real. Frente a la película «Dillinger» de 1945, el director abandona el registro del cine negro para adoptar una postura más próxima a un biopic con tintes de acción. Con independencia de sus errores, el film destila toda la rabia y la heroicidad que se le supone a unos tiempos convulsos como fueron los años de la Gran Depresión. La obra de Milius podría ser interpretada como un homenaje a la época del Pre-Code y a títulos como la magistral «Scarface, el terror del hampa» (Scarface, 1932), de Howard Hawks. Asimismo, cabe subrayar el trabajo de Ben Johnson y de Warren Oates, que pasa por ser el mejor Dillinger de la historia del cine, si se tienen en cuenta otras interpretaciones como la de Johnny Depp en el film de Michael Mann.

A esta película se suman dos telefilms dirigidos por Dan Curtis e interpretados por Dale Robertson en el papel protagonista de Melvin Purvis. El primero, «Melvin Purvis: G-Man» (íd., 1974), con guión del propio Milius, y el segundo, «La masacre de Kansas City» (The Kansas City massacre, 1975), con texto de William F. Nolan.

La película de Milius contó con la desaprobación del director del FBI, Hoover, quien se manifestó contrariado por el trato dado a las malas artes de sus hombres. No obstante, Milius contaba con él para pronunciar unas palabras al final de los créditos manifestando su oposición al romanticismo inherente a la historia de éste y otros delincuentes. Hoover fallecería antes de cumplir con este cometido llevándose consigo a la tumba muchos de los misterios que aún siguen vigentes ocho décadas después de la muerte del Enemigo Público Número 1.

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2 Respuestas a “Dillinger, los años del plomo

    • La verdad es que al principio Johnson me descolocaba un poco en ese papel, pero he de reconocer que al final me acabo gustando mucho. A pesar de las vaguedades con respecto a los hechos reales, es una película que merece la pena.

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