Ida, la pérdida de la inocencia

El escultor rumano Constantin Brancusi señaló en una ocasión que «la simplicidad es la complejidad resuelta». Sus palabras pueden resultar, a simple vista, una obviedad. Sin embargo, la capacidad de sintetizar con maestría el abigarrado y enrevesado mundo que nos rodea sólo está al alcance de unos pocos. Cada cierto tiempo, el cine deleita a todos aquellos que saben apreciar en lo sencillo lo bello de las cosas. El director polaco Pawel Pawlikowski ha logrado alcanzar ese grado con su última película, «Ida» (íd., 2013), en la que se sumerge en la Polonia de principios de los años sesenta del siglo pasado para narrar la historia de una chica que, tras03Ida quedar huérfana durante la ocupación nazi, es criada en un convento de monjas. Su film -premiado con el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa– es una deliciosa road movie prendada de un marcado carácter poético y fotografiada en un sublime blanco y negro.

«Ida» es la primera película de Pawlikowski rodada íntegramente en Polonia, país del que se marchó siendo apenas un niño para instalarse en Inglaterra, previo paso por Alemania e Italia. Sus primeros trabajos se centraron en el género documental. En 1998 dio un giro a su carrera y dirigió su primera película de ficción, «Twockers» (íd., 1998), a la que seguirían otros títulos de más repercusión como «Last resort» (íd., 2000) o «Mi verano de amor» (My summer of love, 2004), ambos premiados con un BAFTA, respectivamente. Con «Ida» Pawlikowski no sólo ha regresado a su tierra natal, sino que también ha apostado por la industria cinematográfica polaca para llevar a buen puerto su proyecto y para volver la mirada a los directores que durante los años sesenta del pasado siglo elevaron al cine polaco a su máximo esplendor.

Pawlikowski se remonta a los años de su infancia, a una Polonia gris donde las heridas de la Segunda Guerra Mundial y del periodo Stalinista aún permanecen frescas. Es coautor del guión de la película junto a la británica Rebecca Lenkiewicz. Su historia tiene lugar en 1962. Ida (Agata Trzebuchowska) es una joven novicia huérfana que está a punto de recibir sus votos. Cuando apenas faltan unos días para que se celebre la ceremonia para la cual se ha estado preparando durante toda su corta vida, la hermana superiora de su convento le propone que visite a su único pariente vivo, su tía Wanda (Agata Kulesza), de la cual ni siquiera conocía su existencia. A pesar de sus reticencias iniciales, accede. Se encuentra con una mujer que ejerce como jueza, con un pasado estrechamente vinculado a la represión de los opositores al gobierno comunista, así como entregada a la bebida, el tabaco y el desorden en su vida sentimental. Wanda confiesa a su sobrina que es judía y que sus padres fueron asesinados durante la ocupación nazi. Juntas inician la búsqueda de su tumba en los alrededores de su localidad natal, un pequeño pueblo donde se esconden oscuros secretos del pasado. En paralelo, Ida inicia un viaje introspectivo marcado por sus fuertes convicciones católicas.

La película de Pawlikowski ha sido comparada con el cine de autores como Dreyer, Bresson, Wajda o Ingmar Bergman. Sin embargo, el propio director ha salido al paso de esta apreciación advirtiendo de que, más allá de una simple imitación, se haya el firme propósito de crear un film contemplativo que -partiendo de la historia individual de sus protagonistas- invita al espectador a responder sus propias cuestiones. Pawlikowski condensa en apenas ochenta minutos de metraje un conciso relato en el que se pone de manifiesto la turbulenta historia reciente de Polonia. En «Ida» confluyen sentimientos de culpa, resignación, cinismo e injusticia así como una violencia latente y opresiva. Pawlikowski aborda desde un punto de vista aséptico temas tan controvertidos como el papel de algunos polacos católicos en la persecución de los judíos o la rotundidad con la que se castigó a miembros de la resistencia durante la posguerra.

El relato se cimienta sobre el antagonismo de sus dos protagonistas. Por una parte, la recatada, creyente e inocente Ida. Por otra, Wanda, atormentada por los fantasmas del pasado, atea e incapaz de dirigir las riendas de su vida. A pesar de sus diferencias, suman fuerzas para verter luz sobre el trágico destino de su familia, cuyo recuerdo se ha desvanecido en un ambiente rural donde –por otra parte- el tiempo parece haberse detenido. Su búsqueda está salpicada por la aparición de todo un elenco de personajes entre los que se cuentan campesinos, curas, camareros de pocas palabras, policías y un joven músico, Lis (Dawid Ogrodnik), que aporta una pincelada de color a un ambiente enrarecido y marcado por la mezquindad.

02Ida

La música -tanto el pop y jazz interpretado por la banda de Lis, como la música clásica que escucha en su domicilio Wanda– se alza como un reducto de belleza en un mundo nostálgico y triste. Del mismo modo, Lis y sus compañeros representan con sus canciones y sus interpretaciones un soplo de aire fresco en un país que lleva demasiado tiempo sumido en las sombras. Son una nueva generación de jóvenes que ha crecido en la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial y gozan de ánimos renovados. Toda la música que suena en la película, excepto la composición que acompaña a la escena final, forma parte del sonido ambiental.

El director confía la mayor parte del peso interpretativo a dos actrices que, además de encarnar a dos personajes diametralmente opuestos, también poseen trayectorias completamente dispares. Agata Kulesza, que da vida a Wanda, posee una dilatada carrera tanto en el cine como en el teatro. Mientras, Agata Trzebuchowska debuta en la gran pantalla. Carente de cualquier experiencia previa, fue seleccionada durante un dilatado casting en el que participaron unas cuatrocientas aspirantes y en el cual fueron invertidos varios meses. Desesperado por no encontrar a una actriz que cumpliese con sus expectativas, Pawlikowski inició una búsqueda sin cuartel por todo Varsovia. Trzebuchowska fue «descubierta» mientras disfrutaba de un café y leía un libro. La joven accedió a interpretar el papel después de una primera audición. A pesar de que carecía de cualquier interés en el mundo del cine, aceptó la oferta del director puesto que «Mi verano de amor» es una de sus películas favoritas. A modo anecdótico, y aunque resulte paradójico, amén de su belleza enigmática, el director ha señalado que Trzebuchowska fue elegida gracias a su coherencia así como sinceridad. Y es que, a pesar de que debería dar vida a una monja, reconoció sin tapujos que era atea.

Frente al torbellino interpretativo de Kulesza, Trzebuchowska adopta un registro más sosegado, acorde no sólo con su inexperiencia, sino que también con la compleja psicología de Ida. Firma una soberbia interpretación en la que sus gestos y su mirada cobran otra dimensión. El lenguaje corporal se torna natural y los silencios invitan a escrutar cada uno de los detalles de su rostro, sus reacciones así como a interiorizar cuanto acontece.

A la sobria narración y cuidada interpretación se suma una sublime fotografía dirigida por Ryszard Lenczewski y Lucas Zal. «Ida» supone una experiencia visual de gran magnetismo que cautiva desde el primer instante. Pawlikowski tuvo claro desde un primer momento cómo quería que fuese fotografiada su película. Recurrir al blanco y negro es fruto de su afán por adoptar el aspecto de las películas polacas de los años sesenta. Asimismo, el director también optó por emplear un formato 4:3, propio de esa época. De todos modos, esa no fue su única motivación sino que también buscaba dotar al film de un carácter atemporal. «Ida» se sitúa en un espacio y un tiempo reales pero su fotografía da lugar a una especie de ensoñación que adquiere tintes de cuento o fábula.

01Ida

«Ida» fue rodada en color con una cámara digital y pasada al blanco y negro durante el postprocesado. Su fotografía destaca por una iluminación suave y un foco afilado. Destaca por su gran riqueza tonal, debido sobremanera a los avances experimentados en las nuevas tecnologías de captura. Este hecho se hace especialmente palpable durante las escenas nocturnas o en interiores poco iluminados, donde el nivel de detalle alcanzado sería impensable hace unos años. Su aspecto se debe en gran parte al trabajo de campo previo al rodaje realizado por Lenczewski. Durante varias jornadas recorrió numerosas localizaciones rurales captando centenares de tomas de paisajes envueltos por una atmósfera vaporosa. Asimismo, se inspiró en la obra del fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson. Sin embargo, el veterano director de fotografía abandonó su puesto después de diez días de rodaje aduciendo motivos de salud. Fue reemplazado por Zal.

La cámara apenas se mueve. Permanece estática gran parte del tiempo. La mayoría de las escenas fueron captadas desde un único ángulo. Cada fotograma está dotado de una exquisita composición en la que los elementos se distribuyen de un modo que en ocasiones roza lo minimalista. Resultan muy interesantes los planos en los que los rostros de los personajes se comprimen contra la parte inferior del encuadre dejando un gran vacío sobre sus cabezas y generando una gran sensación de verticalidad. Hasta cierto punto, «Ida» recuerda a la plasticidad de las películas del húngaro Béla Tarr. Amén de sus demás puntos fuertes, su fotografía –sumada a una no menos interesante dirección artística- supone un auténtico deleite para los sentidos.

«Ida» es, cuando menos, un contrapunto al cine contemporáneo. La arriesgada apuesta de Pawlikowski por adoptar las formas del pasado es mucho más que un simple homenaje a la época dorada del celuloide polaco. Es un virtuoso ejercicio de poesía visual y una delicada mirada hacia una historia reciente en la que la memoria se desvanece. También invita a un viaje en el que el espectador acompaña a su protagonista a través de un mar de dudas y cuyo último destino es el descubrimiento de su verdadera identidad o, al menos, de aquella con la que realmente se siente identificada. En la película, se parte de lo íntimo para trascender hasta los males que han acuciado al viejo continente y, en concreto, a Polonia.

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