Viaje al fin de la noche: el pesimismo de Céline

Louis-Ferdinand Céline es el escritor francés más traducido del siglo XX tras Marcel Proust. Sin embargo, su deriva hacia el fascismo durante la segunda mitad de los años treinta y su posterior apoyo al gobierno colaboracionista de Vichy le condenó al más absoluto de los ostracismos así como a la animadversión de sus conciudadanos. Su debut literario fue más bien tardío. Ya contaba con treinta y ocho primaveras a sus espaldas cuando se publicó su ópera prima, «Viaje al fin de la noche» (Voyage au bout de la nuit, 1932), una novela pesimista de tintes autobiográficos con la que revolucionó las letras galas y que, a pesar de su trascendencia,02Celine tan sólo fue finalista del Premio Goncourt en beneficio de «Los lobos», de Guy Mazeline. La compasión por una execrable condición humana impregna esta obra que narra la sombría existencia de su protagonista, Ferdinand Bardamu, álter ego del autor.

Francia pagó un alto precio en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Las consecuencias del conflicto, agravadas por la crisis de 1929, crearon el caldo de cultivo idóneo para un desenlace de funestas consecuencias cuando, en mayo de 1940, dos tercios del país cayeron en manos de los nazis con el beneplácito del mariscal Pétain, héroe de Verdún reconvertido en el jefe de estado del gobierno colaboracionista de Vichy. A lo largo de los años treinta, el pesimismo se apoderó de la sociedad francesa. Este sentimiento se manifestó a través de las artes, desde el cine hasta la música o la literatura.

Céline fue uno de los miles de franceses que sufrieron en sus carnes la Gran Guerra. Hijo único de un corredor de seguros y de una encajera gozó de una modesta educación que le permitió viajar al extranjero antes de que Europa estallará, en 1914, en una orgía de sangre. Sería precisamente durante el conflicto –en el que sirvió como voluntario del arma de caballería y donde sufrió graves heridas- cuando comenzó a fraguar su misantropía así como su lacerante y lúcido pesimismo. Tras su experiencia bélica, y un breve periodo en Londres, ejerció como encargado de una explotación forestal en las colonias africanas antes de regresar a París, donde estudió medicina. Su formación le abrió las puertas de la inútil Sociedad de Naciones. Sería precisamente durante esta época cuando conoció a la estadounidense Elizabeth Craig, a quien dedicó su primera novela. «Viaje al fin de la noche» fue publicado en una época en la que Céline trabajaba en un dispensario tras haber fracasado con su propio consultorio médico.

Existen numerosos paralelismos entre Céline y el protagonista de su novela, un médico anarquista seducido por los cantos de sirena del patriotismo en un momento de manifiesta ingenuidad. A pesar de que la Gran Guerra es el punto de partida del relato, el conflicto propiamente dicho apenas goza de una presencia testimonial en la novela. La descripción de la vida en las trincheras y de los combates presente en los libros de otros autores como Erich Maria Remarke o Ernst Jünger carece de un parangón en «Viaje al fin de la noche». Céline describe la contienda de un modo casi alucinado. Crítica con ira el papel de los encargados de dirigir esa carnicería sin razón. Para Bardamu la guerra es una gran mentira, una manera estúpida de morir. «La gran derrota, en todo, es olvidar, y sobre todo lo que te ha matado, y diñarla sin comprender nunca hasta que punto son hijoputas los hombres», subraya. Por sus paisajes bélicos, cubiertos por el manto de la oscuridad y el miedo discurren personajes que amparados por el desconcierto buscan un modo de salvar su pellejo y desertar. Tal es el caso del propio protagonista que, tras ser herido en Flandes, se ampara en una supuesta locura para evitar su servicio en el frente.

Aquellos que optan por esa vía se enfrentan a la implacable justicia militar que, en su afán por mantener a raya a los díscolos, no duda en fusilarles ante la mínima duda respecto a la veracidad de su estado mental. Céline vierte una crítica punzante de marcado carácter antibelicista. Sitúa a Bardamu en un hospital donde conoce a Princhard, un elocuente docente que trata de eludir el retorno a las armas. Éste protagoniza uno de los pasajes más brillantes de la obra. Pronuncia un discurso en el que analiza cómo el poder ha abrazado al pueblo conduciéndolo a la matanza del campo de batalla. «Os lo aseguro, buenas y pobres gentes, gilipollas, infelices, baqueteados por la vida, desollados, siempre empapados en sudor, os aviso, cuando a los grandes de este mundo les da por amaros, es que van a convertiros en carne de cañón…», manifiesta. No sólo el estado duda de sus hombres, también los civiles que viven en la retaguardia son incapaces de aprobar la actitud de aquellos que –en un pleno uso de sus facultades- dirimen que el conflicto es un sin sentido. El propio Bardamu es abandonado por Lola, su amante norteamericana, quien le tilda de cobarde.

03Celine

El protagonista logra esquivar a la maquinaria bélica y frecuenta los bajos fondos parisinos antes de embarcarse con destino a las colonias africanas. Allí se reencuentra de nuevo con el horror. Con un sistema autoritario que esquilma a los nativos y los degrada a lo más bajo de la escala. Mientras, las autoridades llenan sus bolsillos –incluso a costa de la metrópoli- y sacian sus más bajos instintos. El relato de Céline recuerda a «El corazón de las tinieblas», de Joseph Conrad. Bardamu al igual que Marlow protagonizan un viaje donde se ponen de manifiesto todas las bajezas de la empresa colonizadora. Enfermo de malaria e incapaz de cumplir con el cometido para el que había sido contratado, el personaje de Céline es enrolado –bajo los influjos de la fiebre- en una galera cuyo destino es Nueva York.

Lejos de África, en la cosmopolita ciudad de los rascacielos, Bardamu pronto descubre que el capitalismo más voraz es otra jungla implacable en la que la densa vegetación ha sido sustituida por edificios poblados de seres alienados. El relato adquiere tintes kafkianos. Sin blanca, recala en Detroit, donde consigue un trabajo en una fábrica. Allí encuentra un nuevo amor, una joven prostituta llamada Molly y se reencuentra con su amigo Robinson, a quien ya había conocido durante la guerra. Este personaje aparece y desaparece a lo largo de toda la obra. Comparte con Bardamu una constante fuga hacia la nada, un inconformismo marcado por el desarraigo y la ausencia de expectativas.

La asfixiante atmósfera que se respira en la urbe norteamericana acaba por invitar a Bardamu a hacer de nuevo las maletas para regresar a París, donde completa sus estudios de medicina. Comienza a ejercer en Rancy pero ni siquiera es capaz de cobrar sus honorarios a sus clientes. El discurso de Céline se torna áspero, inmisericorde. La miseria impregna a sus personajes, gentes que malviven casi con lo puesto mientras el dinero y las ansias de poder siguen fraguando conspiraciones así como recelos. Ni siquiera la religión se salva de la quema. El autor la muestra dispuesta a participar en toda suerte de tretas que le reporte algún que otro pellizco. Mientras, bajo el paraguas de sus convicciones morales, las gentes humildes perecen avergonzadas de sus pecados. La miasma lo cubre todo con su pestilencia, la enfermedad campa a sus anchas cobrándose la vida de inocentes, como es el caso del pequeño Bébert, sobrino de la portera del edificio en el que reside Bardamu. Céline se sumerge en la intrahistoria. Recurre a la 04Celinefuentes donde se fraguan los grandes acontecimientos y adopta una escritura que roza lo social. «Todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres», apostilla.

El desazón y una serie de acontecimientos desagradables en los cuales se ve envuelto su amigo Robinson, invitan a Bardamu a retomar esa constante huída hacia el fin de la noche. Su rechazo al trato con los demás se haya tras ese afán por huir. El protagonista prefiere vagar por las noches para evitar ser encontrado por sus pacientes. De la noche a la mañana abandona su trabajo, frecuenta a proxenetas, cabareteras y estudiantes que queman sus asignaciones a base de alcohol y parranda. Viaja a Toulouse, donde Robinson comparte su vida con una joven provinciana, Madelon. En medio de la calma aparente, se comienza a mascar una tragedia marcada por los celos y por el amor no correspondido. La oscuridad continua cerniéndose sobre unos personajes cuya indiferencia y nihilismo despierta desaprobación a la par que compasión. Bardamu tan sólo alcanza una estabilidad aparente como facultativo de un manicomio de Vigny-sur-Seine. Sin embargo, ni siquiera allí, logra escapar de su pasado. «Los propios recuerdos tienen su juventud…Se convierten, cuando los dejas enmohecer, en fantasmas repulsivos, que no rezuman sino egoísmo, vanidades y mentiras…Se pudren como manzanas», recalca. Ni siquiera en la noche haya el consuelo del descanso. El autor advierte de que la felicidad de un hombre se mide por su capacidad para hallar la paz en el sueño.

«Viaje al fin de la noche» supuso un antes y un después en la narrativa gala. Su lenguaje vivo y directo fue foco de las críticas. Es soez, callejero y descarnado. El ritmo narrativo es trepidante. Las páginas están pobladas de aforismos. Céline pone voz a una época y la describe de un modo amargo. Su pesimismo empapa toda la novela, en la que la condición humana sale mal parada. De todos modos, lejos de la ira se atisba una cierta compasión. Si bien, ese sentimiento se centra en personajes como Bébert, quien representa a la límpida inocencia de la infancia. Por otra parte, presenta a la mujer no sólo como un foco del deseo carnal, sino que también como un remanso de belleza y paz en medio del hartazgo que abate a Bardamu. Éste halla esa suerte de oasis en la compañía y la admiración por Lola, Molly y, finalmente, Sophie. De todos modos, abandona voluntariamente cualquier atisbo de estabilidad sentimental. «Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir», advierte tras abandonar a su querida Molly. Como contrapunto, presenta a otras féminas como la mezquina Señora Henrouille o la posesiva Madelon, incapaz de comprender que el amor no es la única llave de la felicidad.

Céline critica a la religión, al militarismo, al capitalismo y al socialismo. Su postura anarquista derivaría hacia un discurso antisemita presente en sus últimos escritos de los años treinta que, sumados a su colaboracionismo, le valdrán ser considerado una persona non grata así como la prisión. «Viaje al fin de la noche» dista aún mucho de ese otro Céline hastiado por el odio y que es posible palpar en una de sus últimas novelas, «De un castillo a otro». En ella describe su exilio alemán durante los estertores del régimen nazi y su vida como médico mal pagado en las afueras de París. Bardamu, aunque se trata de un personaje ficticio, tiene mucho de Céline. A ambos los une esa constante fuga que también sirvió como fuente de inspiración a la Generación Beat. Esa consciente huída hacia el abismo cuya única escapatoria es la muerte. «De nada nos sirve decir ni pretender, el mundo nos abandona mucho antes de que nos vayamos para siempre», enfatiza.

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