¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!: supermujeres de Russ Meyer

«¡Damas y caballeros, bienvenidos a la violencia!», proclama una voz en off masculina al principio de la quintaesencia del cine de explotación, «¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!» (Faster, pussycat! Kill! Kill!, 1965), de Russ Meyer. El narrador advierte al público de una nueva amenaza escondida tras el «disfraz del sexo» y «de la suave piel femenina». A su juicio, el peligro puede acechar tras una secretaria, una doctora o tras un bailarina de un club go-go, como es el caso de las protagonistas de este film de culto donde los roles sexuales tradicionalmente concebidos por la industriaFaster1 cinematográfica se invierten. Denostado y amado a partes iguales, éste título es sin lugar a dudas el mejor trabajo de Meyer, un director que a lo largo de toda su carrera conservó escrupulosamente su independencia y se convirtió en el rey del subgénero sexploitation.

Para entender el origen de la película que nos ocupa es preciso comentar cuáles fueron los pasos previos de este director de ascendencia germana. Siendo apenas un adolescente, su madre –una mujer divorciada- empeñó su anillo de bodas para adquirir una cámara de 8 mm con la que su pequeño hizo sus primeros pinitos. Sin embargo, su salto «profesional» tendría lugar como consecuencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial, contienda en la que sirvió como camarógrafo del ejercito estadounidense. Resulta curioso pero su estilo ya se dejaba entrever en sus filmaciones de los soldados, donde incluso se atrevía a incluir escenas de hombres desnudos aseándose durante el avance sobre Alemania en 1945. Su llegada a Hollywood no fue moco de pavo, si bien, entre otros trabajos, fue el encargado de la fotografía fija de la película «Gigante» (Giant, 1956), de George Stevens.

Durante su servicio militar había sido lo suficientemente despierto como para trabar buenas amistades con otros compañeros camarógrafos. Este hecho le serviría como una interesante cartera a la que recurrir a la hora de contratar profesionales para sus proyectos personales. Fotógrafo del glamour hollywoodiense y de la revista Playboy, dirigió su primera película a finales de los cincuenta, «El inmoral Sr. Teas» (The inmoral Mr. Teas, 1959), una comedia –generosa en desnudos femeninos para su época- que le reportó suculentos beneficios y que supuso el pistoletazo de salida a una filmografía que tocó a su fin, por decisión propia, dos décadas y veintidós films después.

«¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!» es el décimo largometraje de Meyer. Su peculiar título condensa todos los elementos presentes en él: velocidad, sexo y violencia a partes proporcionales, que no desproporcionadas. Estos eran básicamente los ingredientes de su cine. Una fórmula redonda que le permitió obtener jugosas recaudaciones en taquilla a cambio de unos presupuestos irrisorios. Como fruto de sus saneadas cuentas, Meyer hizo lo que le vino en gana, disfrutando siempre de una exquisita independencia tanto en el terreno de lo eminentemente creativo como en el contenido de sus historias. A mediados de los sesenta, estrenó «Motor psycho» (íd., 1965), donde narra las truculentas andanzas de una banda de moteros que invierten su tiempo entre violaciones y asesinatos hasta que le hacen la puñeta a un veterano de la Guerra de Vietnam, quién aliado con otra víctima de sus andanzas les prometerá venganza.

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Si en «Motor psycho» la violencia es encarnada por tres moteros, en su siguiente película, «¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!», se cambiarán las tornas. En esta ocasión la historia –cuyo guión fue escrito por Jack Moran a partir de un relato del propio Meyer– es protagonizada por tres exuberantes bailarinas go-go: Varla (Tura Satana), Rosie (Haji) y Billie (Lori Williams). Tras sus actuaciones ante una caterva de hombres, se lanzan al desierto al volante de sus coches deportivos en busca de emociones fuertes. Allí se encuentran con una joven pareja compuesta por la modosita Linda (Sue Bernard) y el amante de los bólidos Tommy (Ray Barlow). Tras una discusión sin pies ni cabeza, Varla acaba con la vida del chico y secuestra a su indefensa novia iniciando así una fuga hacia ninguna parte. Sin embargo, su viaje cobra un sentido después de conocer en una gasolinera a un anciano impedido (Stuart Lancaster) que vive junto a su dos hijos en un rancho de mala muerte y en el que supuestamente esconde una jugosa suma de dinero además de otros oscuros secretos. Valiéndose de sus atributos físicos y de su intrincada maldad Varla tratará de hacerse con el botín a cualquier precio.

En esta película están presentes todos los fetiches de Russ Meyer. Sus protagonistas son mujeres de grandes pechos que dominan a todos los hombres presentes a su alrededor. Son una suerte de amazonas que han cambiado sus caballos por potentes coches –un Porsche 356 C, un MG A 1600 Mk I y un Triumph TR3A– con los que no sólo se desplazan sino que también ponen en peligro sus vidas con juegos suicidas. El director invierte los roles sexuales comúnmente presentes en el cine de Hollywood de la época. Son dueñas de su sexualidad y exigen la atención de los personajes masculinos antes de que estos tomen la iniciativa por su parte. En otras ocasiones, utilizan sus atributos como un elemento intimidatorio así como para conseguir sus metas seduciendo al sexo opuesto. Mientras, en el campo afectivo prescinden de los varones y mantienen una relación homosexual, como es el caso de Varla y su amante, Rosie.

Si bien las tres actrices protagonistas encarnan este prototipo de mujer dominante, Tura Satana se lleva la palma. Nacida en Okinawa y de raíces japonesas, filipinas, cheyennes y escocesas, Satana goza de la condición de mito. Comenzó a trabajar como bailarina y modelo de desnudos antes de dar el salto al cine con pequeñas apariciones tras ser descubierta por la estrella del cine silente Harold Lloyd. Su papel en «¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!» es su trabajo más conocido sin lugar a dudas y él que ha logrado elevarla a la categoría de icono de la cultura pop. Su físico contundente, enfundado en ropa muy ajustada, se alza en si mismo como una amenaza que se ve reforzada por un maquillaje que destaca sus exóticas facciones y que recuerda, en cierto modo, a los personajes del teatro japonés. Su personaje es aterrador, prendado de una maldad sin paliativos en la que ni siquiera se aprecia un atisbo de la más mínima candidez, ni siquiera con respecto a su sumisa amante.

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En el polo opuesto, aunque no por sus buenas acciones, se encuentra el anciano al que Stuart Lancaster da vida. Víctima de un accidente ferroviario tras intentar prestar ayuda a una joven, vierte todo su odio sobre el sexo femenino y sobre su hijo pequeño (Dennis Busch), un inocente discapacitado dotado de una gran fuerza física. «Mujeres! Les dejaron votar, fumar y conducir, ¡incluso ponerse pantalones! ¿Y qué sucedió? ¡Un demócrata como presidente!», señala el cascarrabias y poco fiable viejo que no duda en recurrir a la violencia sexual –canalizada a través de su hijo de menor edad- para hacer todo el daño posible a las chicas que se dejan caer por su hacienda. Sin embargo, en Varla encuentra la horma de su zapato. Las pretensiones perversas de ambos colisionan con la fuerza de dos trenes provocando un precipitado y macabro desenlace que, por momentos, se torna en hilarante, como la prolongada escena en la Varla trata sin éxito de aplastar con su coche al forzudo vástago del ranchero.

La «supermujer» de Meyer presenta una batalla sin cuartel de funestas consecuencias. No obstante, el mensaje moral recae del lado de la inocente joven secuestrada. Linda, que en cierto modo se identifica con la sumisión al sexo masculino acabará tomando las riendas gracias a la ayuda del Kirk (Paul Trinka), el hijo mayor del anciano que, tras sucumbir a las triquiñuelas de Varla, logra sobreponerse.

A pesar de toda la carga sexual inherente a la historia, en «¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!» los desnudos se limitan a unos planos en los que tan sólo son visibles los hombros desnudos de las protagonistas. Meyer rehuye de la desnudez gratuita para dotar de más empaque a su película, si bien, abundan los planos en los que se recrea en el cuerpo femenino.

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Uno de los aspectos más destacados de la película es su fotografía, dirigida por Walter Schenk. Su blanco y negro, fuertemente contrastado dota al film de una factura áspera y rotunda. Meyer despliega todo su arsenal de ángulos intrincados, con una especial predilección por los picados y los contrapicados. Su cámara resalta la rotundidad de las figuras de las bailarinas así como del joven musculoso, casi convertido en un grotesco Hulk. La acción es trepidante, en consonancia con la narración propia de un cómic, aunque salpicada por lagunas derivadas, en su mayoría, de un guión banal cuyos pilares son la violencia, los chascarrillos fáciles y el sexo descafeinado. A todo esto cabe sumar una banda sonora original compuesta dirigida por Igo Kantor y compuesta por Paul Sawtell y Bert Shefter así como la canción «Faster pussycat», de la banda garage californiana The Bostweeds.

El paso del tiempo ha convertido a la película de Meyer en una obra de culto marcada por su alta carga de imaginería pop y underground. Ha sido fuente de inspiración para otros autores como Quentin Tarantino o el controvertido John Waters, quien la considera el mejor film de la historia. Sin ser tan entusiastas como este último, hay algo claro y es que Meyers –con todos sus defectos y virtudes- logra su objetivo: una dosis de entretenimiento sin más pretensiones.

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2 Respuestas a “¡Más rápido, gatita!, ¡Mata!, ¡Mata!: supermujeres de Russ Meyer

  1. He ahí un tipo que supo disfrutar de lo lindo con su trabajo. No recuerdo a quién le preguntaban qué película le gustaría que fuera su vida. Quizás una de Russ Meyer no sería mala elección jeje.

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