El Señor de los Anillos: la obra inconclusa de Ralph Bakshi

El universo creado por Tolkien está intrínsecamente ligado a la obra de Peter Jackson. Sus faraónicas producciones sobre la Tierra Media han calado hondo no sólo en el imaginario de los seguidores de la literatura del escritor sudafricano, sino que también en el resto del público. Alrededor de dos décadas antes de que Jackson se embarcarse en tan magna empresa, el cineasta y animador Ralph Bakshi intentó hacer lo propio llevando a la gran pantalla «El Señor de los Anillos» (The Lord of the Rings, 1978). Su proyecto, inconcluso, se quedó a medio camino. A pesar deLord1 todo, su film sirvió como fuente inspiración para el director neozelandés y es uno de los largometrajes de animación más interesantes de la década de los setenta.

Bakshi lo tuvo claro desde el primer momento en que entró en contacto con la obra literaria de Tolkien, allá por los años cincuenta del pasado siglo. A su juicio, el complejo mundo creado por la desbordante imaginación del escritor podía ser animado. De todos modos, sus aseveraciones tan sólo comenzaron a ser escuchadas después de que United Artists se hiciesen con los derechos de explotación y de que otros directores como Stanley Kubrick y John Boorman manifestasen su interés en las historias descritas por el autor. Fue precisamente Boorman el primero en proponer un guión con el que se pretendía condensar toda la «Trilogía del Anillo» en apenas cien minutos de metraje. Algo absolutamente descabellado si se tiene en cuenta tanto la extensión como la compleja trama y el sinfín de personajes descritos en los tres volúmenes.

Por aquel entonces, Bakshi ya había dejado claro que se podía hacer cine de animación orientado a un público adulto, como demostró con creces con su controvertida película «El gato caliente» (Fritz the cat, 1972). Este film le había revertido pingües beneficios y el reconocimiento necesario para poder seguir adelante con otros proyectos como «Heavy traffic» (íd., 1973) y «Coonskin» (Street Fight)» (íd., 1975), todos ellos de temática urbana. Con su cuarto largometraje, «Los hechiceros de la guerra» (Wizards, 1977), Bakshi abandona los ambientes de ciudad en los que se había criado y opta por el género fantástico ambientado en un mundo post-apocalíptico en el que el futuro de la Tierra se dirime entre las hordas del mal y los defensores del bien, discurso bastante próximo a los relatos de Tolkien. Éste sería el paso previo antes de embarcarse en la producción de «El Señor de los Anillos».

El animador acordó con United Artists comprimir la «Trilogía del Anillo» en dos partes. Del mismo modo, entró en contacto con la hija de Tolkien, Priscilla, para manifestarle su intención de ser lo más fiel posible al estilo del escritor. Mientras que el guión de Boorman introducía numerosos cambios y suprimía diversos aspectos contenidos en los libros, Bakshi proponía una visión más prístina de la Tierra Media descrita por Tolkien. Priscilla, admiradora confesa de «Los hechiceros de la guerra» dio luz verde a la propuesta de Bakshi, cuyo guión fue escrito por Peter S. Beagle. Cabe señalar que, previamente, Chris Conkling redactó un borrador narrado en flashback desde la curiosa perspectiva del personaje secundario Merry Brandigamo, uno de los hobbits que acompañan a Frodo Bolsón en su aventura.

Cabe señalar que el guión de Beagle tampoco se libra de los cambios respecto a la historia original. La película de Bakshi se centra sobre manera en «La comunidad del anillo» y dedica poco más de media hora a la primera mitad de «Las dos torres», tocando a su fin con el pasaje conocido como «La batalla del abismo de Helm» así como al inquietante vínculo establecido entre Sméagol y Frodo Bolsón en su camino hacia Mordor. La necesidad de condensar parte de la historia y de los relatos contenidos en la misma hace que algunos personajes como el carismático Tom Bombadil o Arwen quedasen en el tintero. Del mismo modo, tampoco se profundiza en la descripción de personajes principales como es el caso de Gimli, Legolas o el propio Aragorn. A este respecto, y por razones obvias, es mucho más rica en detalles la trilogía de Peter Jackson.

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Tampoco ayuda el hecho de que nunca llegó a ser rodada su secuela. Bakshi pretendía indicar al público que se trataba de la primera parte de un proyecto más ambicioso. Sin embargo, esta pretensión chocó con los planes que United Artists barajaba. Y es que la compañía prefirió obviar en el título cualquier referencia a una secuela dado que temían que el público no acudiese a los cines para ver, tan sólo, «la mitad» de una película. Esto generó reacciones encontradas entre los espectadores puesto que, como cabe esperar, «El Señor de los Anillos» de Bakshi concluye de un modo abrupto con un final abierto en el que se deja pendiente de resolución la trama principal. Los conocedores de la obra de Tolkien serán capaces de discernir este hecho amén de toda la confusión propia de las circunstancias. Por el contrario, todo aquel que no haya leído los libros ni visto los largometrajes de Jackson se encontrará ante un despropósito en toda regla tan sólo mitigado por una voz en off que anuncia el final de la primera entrega.

Dos años después del estreno de «El Señor de los Anillos», el estudio Rankin-Bass –conocido por series animadas como «Thundercats» (1985)- lanzó en la televisión una adaptación de «El retorno del rey» (The return of the king, 1980) que, aunque en otro estilo de animación, completaba la historia narrada por Bakshi. Rankin-Bass ya se había sumergido con anterioridad en el mundo creado por Tolkien con otro film de animación, «El hobbit» (The hobbit, 1977).

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A pesar de sus limitaciones, «El Señor de los Anillos» de Ralph Bakshi goza de una serie de atributos que lo convierten en un film al que merece la pena prestarle atención. En su intento por representar de un modo fiel las creaciones de Tolkien, el animador adopta un estilo que huye de lo caricaturesco para internarse en un universo más naturalista. Bakshi se inspira en la obra de dibujantes como los estadounidenses Howard Pyle y N. C. Wyeth, quienes desarrollaron sus carreras durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, respectivamente. Son conocidos sus trabajos como ilustradores de novelas de aventuras así como sobre el mundo artúrico, en el caso del segundo. Si bien presenta una unidad estética, «El señor de los Anillos» -al igual que los anteriores largometrajes de Bakshi– es el fruto de la amalgama de estilos presente en el equipo de animación, compuesto por decenas de profesionales.

Las limitaciones económicas experimentadas durante la animación de «Los hechiceros de la guerra» habían animado a Bakshi a emplear la técnica del rotoscopio, un modo rápido y rentable de animar escenas en las que aparecen muchos personajes. En «El Señor de los Anillos», el director recurrió por completo a esta tecnología dotando al film de un realismo inusitado que, posteriormente, también estará presente en su homenaje a la música popular, «American pop» (íd., 1981). Como ya ha sido señalado en anteriores ocasiones en este blog, la rotoscopía consiste en animar a partir de unos fotogramas previamente obtenidos de la realidad. En este caso, Bakshi rodó las escenas de la batalla del abismo de Helm en la provincia de Cuenca (España). Asimismo, otros fragmentos de lucha fueron incluidos utilizando el método conocido como posterizado, consistente en reducir el gradiente de los tonos de una imagen para dotarla de una menor riqueza tonal.

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El trabajo de animación fue monumental. Se prolongó durante casi dos años. No en vano, a la labor de editar la película original cabe sumar la de trasladar cada fotograma a un dibujo y su posterior coloreado.

Otro de los atractivos de «El Señor de los Anillos» que cabe mencionar es la banda sonora original, compuesta por Leonard Rosenman, conocido –entre otros trabajos- por poner música a las películas de James Dean «Al este del Edén» (East of Eden, 1955), de Elia Kazan; así como «Rebelde sin causa» (Rebel without a cause, 1955), de Nicholas Ray; así como a «Barry Lyndon» (íd., 1975), de Stanley Kubrick. Durante los primeros compases de la producción del film Bakshi había pretendido incorporar música de la banda británica Led Zeppelin. Sin embargo, el productor Saul Zaentz insistió encarecidamente en optar por un estilo de música clásico y orquestal.

«El Señor de los Anillos» de Bakshi tiene que ser entendido como una obra cercenada. Teniendo en cuenta las limitaciones presupuestarias –cuatro millones de dólares- además de las condiciones impuestas por la tecnología de la época, se trata de una valiente aproximación a la literatura de Tolkien. Asimismo, cabe destacar su perfeccionamiento de la técnica del rotoscopio, alejada en este caso por completo del uso más caricaturesco que Disney le había otorgado con anterioridad. De todos modos, y sin culpar de ello al director, sino a la desacertada decisión de United Artists, el precipitado final de la película deja un regusto amargo al espectador. Justo cuando la acción se encuentra en su paroxismo finaliza de un modo tajante que tira por tierra el ritmo narrativo. Si bien la trilogía de Jackson ha venido a cubrir ese vacío, es cierto que el aspecto visual de la obra de Bakshi –más artesano y, hasta cierto punto, más plástico- está dotado de un carácter propio de una época concreta de la historia de animación que ya nunca volverá.

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