Luna de papel, timadores del Medio Oeste

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Hollywood. Finales de los años sesenta. La industria del cine atraviesa una crisis sin parangón. Los grandes estudios pasan apuros y, mientras, las cadenas de televisión comienzan a emitir telefilmes. Durante la segunda mitad de la década, ha cobrado forma una compañía cinematográfica independiente, American International Pictures (AIP), llamada a convertirse en una suerte de escuela para los que años más tarde serán los creadores más importantes del cine estadounidense. Roger Corman, el Rey Midas del cine de explotación, es más que un director capaz de hacer rentable cualquier producción. Es también un descubridor de talentos entre los que se cuentan figuras como Coppola, Scorsese, Hopper, De Niro, Nicholson o Peter Bogdanovich.

Con el cambio de década, estos jóvenes actores y directores quebrantarán las normas establecidas posicionándose en diferentes corrientes. Por un lado, ejercerán como disidentes. Por otro, tratarán de recuperar el espíritu del cine de entretenimiento de los años treinta y cuarenta. Finalmente, buscarán la conciliación aplicando nuevos métodos a los géneros tradicionales. Dentro de esta última propuesta se encuentra Peter Bogdanovich. Crítico, cinéfilo empedernido, director, pupilo de Corman y amigo de John FordLuna1 así como de Orson Welles, disfrutará de un éxito pasajero, en concreto hasta su cuarto largometraje, la genial road movie «Luna de papel» (Moon paper, 1973), interpretada por Ryan O’Neal junto a su hija Tatum O’Neal.

En 1968 dirigió su primer gran trabajo, «El héroe anda suelto» (Targets, 1968), a petición de Roger Corman. Éste le encargó preparar una película en la que pudiese rodar con Boris Karloff para completar un contrato al que sólo le faltaban dos días para expirar. El resultado fue un film sobre la violencia y el cine en el que Bogdanovich deja constancia de todos los cambios que se están experimentando. Tras dirigir un documental dedicado a John Ford, Bogdanovich llevó a la gran pantalla «La última película» (The last picture show, 1971) y «¿Qué me pasa, doctor?» (What’s up doc?, 1972), dos nuevas muestras de su genialidad en clave de drama rural y de comedia romántica, respectivamente.

Su cuarto largometraje, «Luna de papel», prosigue con esa racha de títulos indispensables dentro del cine norteamericano de los setenta. Se trata de una comedia que no sólo evoca a los años treinta, sino que también transporta al espectador a los desolados paisajes del Medio Oeste americano, cuyos dramas durante la Gran Depresión fueron fotografiados, entre otros, por Walker Evans así como por Dorothea Lange y llevados al cine en films imperecederos, como es el caso de «Las uvas de la ira» (The grapes of wrath, 1940), de John Ford.

Ambientada en Kansas y Missouri, «Luna de papel» narra las andanzas de Moses Pray (Ryan O’Neal), un timador de tres al cuarto que se gana la vida vendiendo Biblias a viudas y que se hace cargo -contra su voluntad- de Addie (Tatum O’Neal), la hija de una antigua amante que acaba de fallecer. La pequeña aprende con rapidez las malas artes de su tutor ocasional e incluso contribuye a sacarle las castañas del fuego en más de una ocasión. Ambos establecen una estrecha relación mientras se dirigen de camino a St. Louis. Durante su periplo se cruzarán con artistas de feria, policías corruptos, hillbillies y contrabandistas.

El guión, escrito por Alvin Sargent, es una adaptación de la novela «Addie pray», de Joe David Brown, publicada en 1971. Narrado en primera persona por Addie, el libro está ambientado en Alabama y en Nueva Orleans. Al igual que sucede en la película, nunca se llega a afirmar que Addie sea la hija ilegítima de Moses e incluso, el autor plantea la posibilidad de que el vendedor de Biblias sea uno de los tres posibles padres de la pequeña.

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La producción de «Luna de papel» fue objeto de varios cambios. El principal y más destacado fue que John Huston había sido seleccionado, en un primer momento, para dirigir la película. El propio Huston había elegido como actores principales a Paul Newman y a su hija, Nell Potts. Sin embargo, su proyecto no llegó a cuajar. Bogdanovich, que se encontraba en busca de nuevos trabajos tras dirigir «¿Qué me pasa, doctor?», decidió tomar las riendas animado por su pasión por las películas de los años treinta. Los Newman -que también habían desestimado sus papeles tras el abandono de Huston– fueron sustituidos por Tatum O’Neal y su padre, Ryan, con quien Bogdanovich ya había trabajado en su último largometraje. Como reconocería tiempo después el director, dirigir a la pequeña O’Neal –de apenas nueve años de edad y que no había actuado previamente- supuso todo un reto. No obstante, su impecable y entrañable interpretación de Addie le permitiría ser premiada con el Oscar a la mejor actriz secundaria, convirtiéndose en la intérprete más joven de la historia en ser galardonada por la academia, condición que aún ostenta hoy día.

Bogdanovich optó por realizar varios cambios en la adaptación del libro a la gran pantalla. El más notorio de todos fue cambiar el título, que pasó de ser «Addie pray» a convertirse en «Luna de papel». El director tomó este título de la canción «It’s only a paper moon», escrita por Harold Arlen y publicada en 1933. Indeciso, optó por consultar esta modificación a Orson Welles, el cual le dio su aprobación. Asimismo, la edad de la protagonista de la novela –doce años- fue reducida a nueve para hacerla acorde a la de Tatum O’Neil. Por otra parte, como antes ya se señaló, en el film se optó por los paisajes del Medio Oeste frente al escenario sureño de la obra de Joe David Brown.

El criterio de Orson Welles también fue determinante en uno de los aspectos más destacados de la película: su fotografía. Welles recomendó a Bogdanovich que fuese rodada en blanco y negro con el empleo de un filtro rojo, lo que dota de un mayor contraste a las imágenes. Bogdanovich siguió sus indicaciones y contó para tal empresa con la colaboración del cineasta László Kovács. Las características visuales de «Luna de papel» son determinantes a la hora de definir su aspecto clásico, austero y sincero. Kovács emplea una gran profundidad de campo. Recurre a esmerados encuadres y a planos generales compuestos con un gran sentido del espacio.

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Amén de la acertada fotografía de Kovács, «Luna de papel» cuenta con otra serie de atributos que contribuyen a intensificar un regusto retro a la par que –aunque suene contradictorio- contribuyen a establecer una sutil barrera entre el film de Bogdanovich y las películas de los treinta. El director tiende su mirada al pasado desde la cercanía del presente y para ello se sirve de su profundo conocimiento del séptimo arte además de incidir en todo lujo de detalles como, por ejemplo, incluir fragmentos de programas radiofónicos de Jack Benny, incorporar música de la época, recrearse en los modelos de los automóviles clásicos o ser escrupuloso a la hora de incorporar en el atrezzo productos propios de ese periodo, como el whisky Three Feathers, cuya producción finalizó en los años ochenta del pasado siglo. El cine producido durante los años de la Gran Depresión carece de este tipo de autenticidad u objetividad, siendo este uno de los aspectos que permiten diferenciarle de este clásico-actual.

Peter Bogdanovich dosifica comedia y drama a partes iguales. «Luna de papel» tiene un carácter agridulce. Se remonta a una época cruda y retrata a sus protagonistas, en su mayoría gente desheredada que trata de buscarse la vida como mejor puede. Ese relato sobre unos tiempos grises acentúa su dramatismo gracias a la elección de paisajes desolados en medio de la América más profunda y polvorienta. La primera escena, en la que se oficia el entierro de la madre de Addie, es una declaración de intenciones. Los Estados Unidos presencian como los felices años veinte se han corrompido y asisten a su sepelio. El New Deal se presenta como una nueva esperanza de la que se desconfía. Sin embargo, Bogdanovich, más allá de incidir en la soledad o la desdicha de los protagonistas, se refugia en la ironía así como en el humor y huye de los sentimentalismos. Las ingeniosas ocurrencias de Addie, el sarcasmo de Imogene (P. J. Johnson), la determinación de Moses o la insoportable Trixie (Madeline Kahn) logran arrancar alguna que otra sonrisa que para nada llega a banalizar el discurso de la película. Y es que, a pesar de todo, Bogdanovich siempre reserva pinceladas que permiten que el desarraigo de sus personajes acabe saliendo a flote, como por ejemplo, la escena en el pasillo de un hotel en que Addie e Imogene se despiden para siempre.

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«Luna de papel» es, en definitiva una película sencilla, que no simple. Carece de artificios, tanto visuales como narrativos. Se trata de una road movie que engancha desde sus primeros compases, tanto por su fotografía como por la historia que se cuenta. Después de dirigir este proyecto, la brillantez de Bogdanovich se iría apagando poco a poco salvo contadas excepciones como su comedia «!Qué ruina de función!» (Noises off!, 1992) o su documental «Runnin’ down a dream» (íd., 2007), sobre el músico Tom Petty.

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