El muelle de las brumas: la lírica del pesimismo

El cine francés de la década de los años treinta está marcado por el pesimismo. Francia es un país sumido en una crisis marcada por el paro, las consecuencias de la depresión, la inestabilidad política y la incipiente amenaza de una nueva Alemania con ánimos de revancha tras el Tratado de Versalles. A pesar de tratarse de un periodo en el que el cine se alza como una de las válvulas de escape para una sociedad apesadumbrada, las grandes productoras quiebran dando lugar a un cine independiente cuyo máximoQuai exponente será el movimiento conocido como realismo poético. Directores como Jean Renoir, Jacques Fedeyer, Julien Duvivier y Marcel Carné son los encargados de materializar esta tendencia que hunde sus raíces en la literatura francesa decimonónica, en las novelas negras de los años veinte y treinta, la música popular de cantantes como Edith Piaf, así como en el cine negro estadounidense y el expresionismo alemán.

El realismo poético gozó de su mayor esplendor durante la segunda mitad de los años treinta. A pesar de permanecer a la sombra de Jean Renoir y de ser denostado por los cineastas de la Nouvelle Vague, Marcel Carné fue el director que mejor ejemplificó está corriente junto con su guionista, el poeta Jacques Prévert. En 1938, Carné estrena dos de sus obras cumbres: «Hotel del Norte» (Hôtel du Nord, 1938) y «El muelle de las brumas» (Le quai des brumes, 1938). Ambas películas están impregnadas de un sentimiento de resignación que en su día fue calificado como derrotista y que, en el fondo, es el reflejo de una generación carente de esperanza cuyos peores temores se harán realidad poco después con la ocupación nazi de Francia y con el establecimiento del gobierno colaboracionista de Vichy.

«El muelle de las brumas» es, sin lugar a dudas, una de las películas referentes de ese periodo. Condensa todos los elementos propios del realismo poético. Prévert fue el encargado de escribir el guión a partir de una adaptación de la novela homónima de Pierre Mac Orlan. La historia está protagonizada por Jean (Jean Gabin), un desertor de la infantería colonial francesa que llega a la ciudad portuaria de Le Havre dispuesto a embarcarse con destino a Latinoamérica. En la Casa Panamá, un garito de mala muerte a donde van a parar las almas errantes, conoce a Nelly (Michèle Morgan), una huérfana de diecisiete años de edad que trata de desprenderse de su inquietante tutor, Zabel (Michele Simon), a la par que intenta huir de una pandilla de hampones de poca monta que la acosan. Ambos caen enamorados y se ven inmersos sin remedio en una trama marcada por los celos y el crimen.

Cabe señalar que el pesimismo romántico de «El muelle de las brumas» sería ampliamente perseguido por las autoridades galas, incluso antes del inicio de su rodaje. Sin ir más lejos, el guión de Prévert fue vetado por el ejército galo. Del mismo modo, el productor, Grégor Rabinovitch obligó a que fuese suprimido del primer montaje todo aquello que estuviese dotado de connotaciones «sucias». Apenas un año más tarde, en septiembre de 1939 –tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial– el film fue prohibido tras ser tildado de inmoral y deprimente para los jóvenes. Sería necesario esperar a enero de 1941 para que el Comité de Organización de la Industria Fílmica permitiese que la película fue re-estrenada. No obstante, el daño ya había sido hecho, llegando a nuestros días una versión restaurada a partir de una copia de 1938 y en la que faltan varias escenas del negativo original.

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París es el escenario en el que transcurren, por norma general, las historias retratadas por el realismo poético. La propia novela de Mac Orlan transcurre en la urbe parisina. Por su parte, Carné prefiere ambientar la desdichada historia de amor entre Jean y Nelly en la ciudad normanda de Le Havre, que se convierte en el escenario de una realidad siniestra marcada por el trasfondo social de todo lo que se cuenta y por una poesía visual que encuentra en la niebla una metáfora de todos los pesares así como de las desgracias que envuelven a los personajes de la película. El director muestra -casi en tono documental- la actividad frenética que se desarrolla durante el día en la zona portuaria y en los cafés. Sin embargo, y en contraposición, Carné ofrece una visión de la noche desesperanzadora. Las calles de Le Havre se convierten en un lugar lúgubre, desdibujado por la neblina y cubierto de sombras donde los maleantes de tres al cuarto hacen de las suyas y donde los seres solitarios pululan sin rumbo.

Carné se afana por retratar esa Francia carente de ilusión y oscura. No obstante, aunque resulte contradictorio, «El muelle de las brumas» fue rodado en un decorado creado por Alexandre Trauner. Ésta es una de las constantes del realismo poético. Sus directores optan por reconstruir la realidad, en lugar de filmar in situ, atendiendo a sus propias inquietudes. Esta práctica contribuye a acentuar el lirismo visual de este movimiento, reforzado también por el magnífico trabajo de alguno de los directores de fotografía más destacados de la época. En este caso, Carné contó con el trabajo del alemán Eugen Schüfftan, quién había sido el encargado de los majestuosos decorados de «Metrópolis» (íd., 1927), de Fritz Lang. A pesar de ser heredera –en cierto modo- de las técnica de iluminación expresionistas, «El muelle de las brumas» está dotada de unas luces y unas sombras que más allá de crear ambientes irreales buscan representar la propia realidad. A todo ello se suma la fabulosa conjunción de la música original, compuesta por el malogrado Maurice Jaubert –quien falleció en junio de 1940 en el frente luchando contra las tropas nazis-, con el sonido ambiental.

Carné y Prévert establecen una simbiosis perfecta y gracias a la cual las obras en las que ambos colaboraron gozan de un aura especial. No en vano, amén del resto de aspectos antes señalados, los diálogos escritos por el poeta son los auténticos responsables del dramatismo lírico que impregna todo el metraje, llegando incluso a eclipsar el realismo perseguido. Merecen especial mención escenas tales como la conversación que el pintor Michel Kraus (Robert Le Vigan) establece con el resto de parroquianos de la Casa Panamá. En ella, el artista asegura «pintar las cosas que hay detrás de las cosas» y que, dicho sea de paso, para él siempre tienen una connotación negativa. «El muelle de las brumas» bien podría ser uno de los lienzos del personaje interpretado por Le Vigan, quién no encuentra más salida a su vida que el suicidio no sin antes, en un acto de generosidad inusitada, ofrecer su identidad al desertor Jean. Este pesimismo contrasta con el fulgurante enamoramiento entre Jean y Nelly. La mirada cristalina de la joven lleva a pensar que aún se conserva un atisbo de esperanza, también manifestado a través de ese viaje en barco al otro lado del charco que permitirá a Jean dejar atrás un pasado repleto de sinsabores. Sin embargo, las brumas oscurecen cualquier tipo de ensoñación referente a un futuro mejor.

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Los personajes de «El muelle de las brumas» están inmersos en un mundo decadente. Borrachos, viejos soñadores, niños de papá que juegan a ser los gangsters encumbrados durante la época Pre-Code o seres desprovistos de valores contribuyen a subrayar el carácter trágico de la película. Jean Gabin encarna al antihéroe solitario tan recurrente a lo largo de su carrera. Se trata de un hombre esquivo y duro incapaz de hallar la felicidad. Por su parte, el personaje de Michèle Morgan vive sumido bajo el yugo de su despiadado tutor, un hombre astuto que flirtea con el crimen y que ama de un modo enfermizo a la joven. Las circunstancias harán que pague por sus acciones. No ocurre lo mismo con el líder de los hampones, Lucien (Pierre Brasseur), un ser deleznable así como cobarde y que, en definitiva, será el único responsable de que Jean y Nelly no logren hacer realidad sus deseos de una vida mejor.

El pesimismo de «El muelle de las brumas» no sólo fue estigmatizado por las autoridades galas. Jean Renoir también se encargo de criticar el descarnado argumento de la película. Por su parte, miembros del gobierno colaboracionista de Vichy tuvieron la osadía de hacer responsable al largometraje de la vergonzosa caída de Francia durante la guerra relámpago de los nazis. A pesar de todo, la obra de Carné no sólo gozó de la aprobación del público, sino que también ha logrado convertirse con el paso del tiempo en una obra cumbre del cine galo así como en un referente del realismo poético.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. La verdad es que viendo la película comprendes porque se llama realismo poético. Tanto “El muelle de las brumas” como la obra maestra del tandem Carné Prévert Les Enfants du Paraise son pura poesía. Gracias por recordarla.

    1. Gracias a ti por dejarte caer por este rincón. Saludos! 😉

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