Fuego en la llanura: el lado más oscuro de la condición humana

Octubre de 1944. El Sexto Ejército de los Estados Unidos desembarca en la isla filipina de Leyte diezmando a la Armada Imperial Japonesa y precipitando el fin del dominio nipón en este archipiélago del Sudeste Asiático. Los soldados japoneses se internan en la selva, donde presentarán batalla durante varios meses más y donde –tras ver cortadas sus vías de suministro- padecerán los estragos del hambre y las enfermedades. Tras un periodo de censura impuesto por las autoridades de ocupación Nobi1estadounidenses, el director japonés Kon Ichikawa estrena a finales de los cincuenta una lóbrega película, «Fuego en la llanura» (Nobi, 1959), en la que retrata de un modo descarnado estos cruentos acontecimientos.

Ichikawa era testigo de excepción de las devastadoras consecuencias de la Segunda Guerra Mundial. Tras iniciar en los años treinta su carrera como caricaturista en unos estudios de animación, presenció los estragos de los bombardeos en las ciudades japonesas. Esta experiencia despertó en él el convencimiento de que era preciso llevar a la gran pantalla tanto dolor. Sin embargo, esto fue imposible durante varios años como consecuencia de la férrea censura a la que fue sometido el cine japonés en el periodo inmediatamente posterior a la contienda.

En 1956, Ichikawa estrenó «El arpa birmana» (Biruma no tategoto, 1956), película que abriría las puertas a occidente tras hacerse con dos premios en el Festival de Cine de Venecia de ese mismo año y tras obtener una nominación a los Oscar. Este film, al igual que «Fuego en la llanura», se ambienta en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de una adaptación de la novela homónima de Michio Takeyama, que narra las peripecias de un soldado japonés destacado en Birmania que, con el objeto de salvar su pellejo, adopta la identidad de un monje budista.

El director japonés -recordado por sus adaptaciones de la obra de autores tales como Yukio Mishima, Soseki Natsume o Junichiro Tanizaki– retomó dos años después el tema de la Segunda Guerra Mundial, en esta ocasión, de un modo si cabe más angustioso y pesimista. «Fuego en la llanura» fue posible gracias a la aprobación de los estudios Daiei, que buscaban una película de acción. No obstante, sus pretensiones chocaron de frente con las intenciones del director, entre cuyos planes se encontraba rodar un film absolutamente diferente. En primer lugar, Ichikawa exigió que se emplease el blanco y negro. Asimismo, entre sus condiciones se encontraba el contratar al actor Eiji Funakoshi, que se encargaría de interpretar el papel principal.

Al igual que la mayoría de sus antecesoras, «Fuego en la llanura» se inspira en una novela. En este caso, la obra homónima de Shōhei Ōoka. El escritor sufrió en sus propias carnes las miserias de la campaña de Filipinas, donde combatió y padeció cautiverio tras ser movilizado en 1944. El guión adaptado fue escrito por Natto Wada, esposa de Ichikawa.

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La película describe el devenir de Tamura (Eiji Funakoshi), un soldado enfermo de tuberculosis que tras ser expulsado de su compañía y de un hospital de campaña se ve abocado a vagar por la jungla y las montañas en compañía de otros compañeros de armas que tratan de salvar su vida mientras los estadounidenses y la guerrilla local les pisan los talones. Durante su particular viaje a los infiernos, se cruza con Nagamatsu (Mickey Curtis) y Yasuda (Osamu Takizawa), dos buscavidas que subsisten cambiando tabaco por alimentos. Las crecientes necesidades harán brotar los recelos y, ante la desesperación del sálvese quién pueda, los nipones cometerán crímenes atroces llegando a practicar el canibalismo.

«Fuego en la llanura» se distancia del cine bélico al uso. Las escenas de violencia se limitan casi en exclusiva a una carga de carros de combate estadounidenses contra un harapiento grupo de soldados japoneses que tratan de alcanzar Palompon, desde donde supuestamente serán evacuados. Pese a lo sórdido del relato, Ichikawa evita recrearse en lo explícito. Su postura frente a la guerra es aséptica y hasta cierto punto fría. El director emplea planos abiertos para retratar las consecuencias de la contienda. Muestra encuadres donde la agreste naturaleza se ve salpicada por decenas de cuerpos que, a pesar de ser mostrados desde la distancia, dejan constancia de la sin razón del ser humano mediante composiciones que rayan lo minimalista. Este posicionamiento es extensible a todo el metraje, en el que en ningún momento es preciso recurrir a lo soez para que el espectador, de todos modos, se sienta incómodo ante lo que sus ojos están presenciando.

El devenir de Tamura se precipita a través de varios episodios que suponen un viaje a través de lo abyecto de la condición humana enfrentada contra si misma y contra las adversidades. En primer lugar, Ichikawa quiere dejar constancia de la indiferencia entre semejantes mediante la escena inicial en la que un oficial rechaza la presencia de Tamura entre sus hombres dada su condición de tuberculoso. Como alternativa le ofrece dos soluciones: regresar al hospital donde ya había sido rechazado previamente por ser capaz de caminar o el suicidio. Una vez empujado al abismo –sin más posesiones que su fusil, una granada y un puñado de batatas-, el soldado pasa a formar parte de los desheredados, un colectivo a caballo de la deserción y de la muerte. Es precisamente a partir de este punto cuando los sucesos comienzan a acelerarse alcanzando cada vez un nivel de degradación y crueldad más perverso que el anterior.

En medio de ese clima enfermizo valores como la camaradería, la confianza o el respeto por los semejantes de desvanecen dando lugar a una competición sin cuartel por salvar el propio pellejo. El hambre y el nihilismo del que se sabe perdedor dan pie a una serie de situaciones cuya consecuencia más oscura y deshumanizada es el canibalismo. Este polémico asunto no sólo es una muestra del caos y el horror, también es una arriesgada incursión en uno de los pasajes más oscuros de los crímenes de guerra cometidos por el ejército imperial japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Cabe señalar que, según las investigaciones llevadas acabo en la posguerra por los vencedores, esta práctica fijaba su objetivo contra los centenares de prisioneros aliados, que fueron en varios casos utilizados como ganado.

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El personaje de Tamura, más allá de ser objeto de un ejercicio revisionista de la historia, carga a sus espaldas todo el peso de los crímenes cometidos por Japón y de los que también ha sido partícipe. Ichikawa adopta un tono de marcado carácter antibelicista, pretende mover las conciencias. En esta línea, la película entronca con la trilogía «La condición humana» (Ningen no joken, 1959-1961), del gran Masaki Kobayashi. Asimismo, y aunque guardando las distancias, también podría vincularse a otras aproximaciones a la contienda desde el lado japonés como «Cartas desde Iwo Jima» (Letters from Iwo Jima, 2006), de Clint Eastwood, o la desgarradora película china «Ciudad de vida y muerte» (Nanjing! Nanjing!, 2009), de Lu Chuan.

«Fuego en la llanura» está desprovista de un lugar para la fe en el ser humano. Mientras que en la novela de Shōhei Ōoka el personaje principal abraza el cristianismo tras su desgarradora experiencia bélica, en la película de Ichikawa perece en medio de la nada bajo el fuego enemigo. Hastiado de su desdichado destino confía en la bondad de los campesinos. Sin embargo, su salvación tan sólo se materializa a través de la muerte. No obstante, Ichikawa –a pesar de adoptar otro final diferente al de la obra literaria- introduce en el metraje varios guiños a la conversión de Tamura, como por ejemplo, la luz reflejada por la cruz de una iglesia y hacia la que se dirige el soldado en busca de alimentos.

Obras como ésta permiten considerar a Ichikawa como uno de los grandes cineastas del Japón de posguerra, junto a Kurosawa o Kobayashi. «Fuego en las llanuras» es un relato casi alucinado de las sombras que planean sobre la condición humana y que llegan a materializarse en no pocas ocasiones. Se trata de un film de desgarradora sinceridad, desprovisto de maniqueísmos y dotado de una exquisita fotografía en la que cada fotograma es por si mismo una obra de arte. Ichikawa, en un arrebato de honradez, ofrece uno de los relatos más desconocidos sobre la contienda mundial y así mismo, uno de los descorazonadores.

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