Pasaporte a la locura: desvaríos en Haight-Ashbury

La explosión hippie de 1967 es casi paralela al despertar del interés de Hollywood por todo lo referente a este movimiento contracultural. Desde los primeros compases, pequeñas compañías fílmicas se aprovecharon de la novedad para llevar a la gran pantalla películas de explotación en las que se resaltaban –en la mayoría de los casos de un modo pueril- estereotipos tales como el consumo de drogas o el amor libre. Son varios los títulos que se pueden enmarcar dentro de esta corriente, que ha sido dada en llamar como hippiexploitation. Apenas un año después del verano del amor, Richard Rush estrenó «Pasaporte a la locura» (Psych-Out, 1968), un film de bajo presupuesto que condensa todos estos aspectos. Lejos de poder ser considerada una obra a la altura de posteriores largometrajes de Rush, destaca, al menos, por su valor documental gracias a sus localizaciones en el San Francisco de los hippies y por su cuidada banda sonora.

La temática hippie llegó hasta Hollywood por dos motivos. El primero de ellos fue, evidentemente, el móvil económico. Ciudades como San Francisco, Los Angeles o Londres se encontraban inmersas en plena explosión contracultural. El movimiento se había venido cociendo al calor de los beatnicks y la respuesta a la guerra de Vietnam así como otra serie de factores habían acabado por desatarlo. Este era el caldo de cultivo adecuado para ofrecer a un público curioso películas en las que se trataran temas de rabiosa actualidad. Del mismo modo, la otra razón era, hasta Pasaporte3cierto punto, ofrecer en muchas ocasiones una visión sesgada y completamente ajena a la realidad con un fin moralizante, práctica que acabó por afianzarse después de los crímenes de Tate-LaBianca con obras como la excesiva «Perros rabiosos» (I drink your blood, 1970), de David E. Durston.

En 1967 Roger Corman dirigió para la compañía American International Pictures (AIP) «El viaje» (The trip. A lovely sort of death, 1967), quizá el título más conocido dentro de este subgénero. Jack Nicholson, que por aquel entonces era un habitual de la serie B, fue el encargado de escribir su guión tomando como punto de partida sus experiencias con el consumo de LSD. Peter Fonda, Dennis Hopper y Bruce Dern –actores fetiches de la contracultura hippie– también estuvieron presentes en este proyecto que despertó el interés de Richard Rush por dirigir una película de similar factura.

Durante la segunda mitad de los sesenta, Rush dirigió bajó el paraguas de AIP tres títulos de claro carácter contracultural. El primero de ellos, «Ángeles del Infierno sobre ruedas» (Hells Angels on wheels, 1967) fijaba su atención en el conocido club de moteros, contando incluso con la aparición de miembros legendarios como su presidente, Sonny Barger, y con Jack Nicholson en el papel protagonista. Un año después, el cineasta haría lo propio con «Pasaporte a la locura» y con la menos conocida «Los siete salvajes» (The savage seven, 1968), en la que retoma el tema de los moteros fuera de la ley.

En «Pasaporte a la locura», Rush cuenta con dos de los protagonistas de «El viaje»: Bruce Dern y Susan Strasberg. El reparto está encabezado por Jack Nicholson, quien a su vez había sido el encargado de escribir el primer borrador del guión, cuyo título original era «Los hijos del amor». Sin embargo, el texto del actor fue desestimado por Rush, el cual consideraba que se trataba de una interpretación demasiado experimental del ambiente hippie de San Francisco. Nicholson tuvo que conformarse con el papel protagonista, que había sido confeccionado a su medida. Mientras, el guión fue escrito finalmente por E. Hunter Willett, Betty Ulius y Betty Tusher. Por su parte, el elenco de actores fue completado por Dean Stockwell, Adam Roarke y Max Julien.

La película nos presenta a Jennie (Susan Strasberg), una joven sorda que llega a San Francisco en busca de su hermano desaparecido tiempo atrás y que se ha forjado una fama de místico conocido como «El Iluminado» (Bruce Dern). En un coffee shop de la ciudad traba amistad con Stoney (Jack Nicholson), Ben (Adam Roarke) y Elwood (Max Julien), quienes la acogen en su comuna. Allí se inicia en el modo de vida de los hippies mientras que continúa con su búsqueda.

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«Pasaporte a la locura» es una obra mediocre. Su principal atractivo estriba en su valor documental. No en vano, ofrece una valiosa plasmación de cuanto acontecía en el distrito Haight-Ashbury de San Francisco, no sólo a pie de calle, sino que también en los coffee shops o en los auditorios convertidos -con motivo de las circunstancias- en auténticos templos de la psicodelia. Rush intenta plasmar ese bullicioso ambiente callejero deteniéndose en los escaparates donde se anuncia la venta de hierba, en las portadas de los fanzines, las creaciones artísticas manifestadas a través de personajes como «El Iluminado», los freaks pululando por las calles o en la vida despreocupada e incluso asceta de sus personajes, y en especial de Dave (Dean Stockwell).

Rush falla a la hora de captar la ruptura social mediante simples pinceladas que se materializan en un encontronazo entre la protagonista y un matrimonio de media edad, la presencia autoritaria de la policía o la pelea con un grupo de rednecks en la que se ven envueltos los protagonistas y que, dicho sea de paso, es un clásico de toda película hippiexploitation que se precie.

Por otra parte, la película adolece de unas interpretaciones lejanas a lo que sería deseable tratándose de interpretes de la talla de Jack Nicholson, Bruce Dern o Susan Strasberg. Sobreactuados por momentos y poco convincentes, todo lleva a pensar que sea debido a exigencias del guión, el cual está más marcado por las sombras que por las luces. Y es que, determinados pasajes como el flashback en el que se ahonda en la infancia de Jennie o todo lo concerniente al personaje de Bruce Dern dan lugar a más preguntas que respuestas y que confluyen en un final tanto precipitado como previsible.

A través de los paisajes psicodélicos de San Francisco

Con todo esto, cabe señalar que lo más interesante de «Pasaporte a la locura» es, sin lugar a dudas, su banda sonora así como su inmersión en los paisajes psicodélicos de San Francisco gracias a la colaboración de grupos de varios grupos en boga por aquel entonces y al empleo de todo un muestrario de efectos especiales muy al estilo de Roger Corman, respectivamente.

Pasaporte2Sin ir más lejos, los protagonistas de la película interpretan a una banda garage ficticia llamada «Mumblin’ Jim». La banda sonora del film, editada por Sidewalk en 1968, incluye diez canciones interpretadas en su mayoría por los poco conocidos Storybook, por Strawberry Alarm Clock, Boenzee Cryque y los magníficos The Seeds. Tanto Storybook como Strawberry Alarm Clock aportan a la película un rock psicodélico barroco, oscuro y trufado por reminiscencias orientales que se concreta en títulos como «Incense and pippermint», «The love children», «Psych-Out», «Rainy day mushroom pillow» o una versión de ocho minutos de «World’s on fire». Por su parte, The Seeds contribuye con la canción «Two fingers pointing on you», tema que interpretan durante un alucinado funeral oficiado en el Golden Gate Park y que recuerda a los primeros tiempos de la banda así como a sus grandes éxitos, «Pushin’ too hard» y «Can’t seem to make you mine». El corte de Boenzee Cryque, una particular versión de «Purple haze», pasa por ser el más flojo de todos los presentes en el film.

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