Tu voz entre otras mil: una vida tras las sombras

Antonio Vega llegó al mundo dos meses antes de lo previsto para, apenas cincuenta y un años después, abandonarlo tras una vida dedicada a la música. Siendo un niño, su madre, Mariluz Tallés, le obsequió con una guitarra, instrumento del que nunca más se separaría. Inquieto, superdotado, tímido y embustero –como asegura su progenitora- ofreció su primer recital con catorce años ante sus compañeros del Liceo Francés. Éste sería el prolegómeno de una carrera musical de indudable influencia en el pop español. Coincidiendo con el quinto aniversario de su fallecimiento, la periodista Paloma Concejero estrenó el documental «Antonio Vega. Tu voz entre otras mil» (íd., 2014), en el que, a lo largo de dos horas de metraje, analiza las facetas más ocultas del artista y ofrece el retrato de un artista al que, quizá, este planeta se le había quedado pequeño.

El talento de Antonio Vega fue más que suficiente para que su música haya logrado conservar toda su frescura. A estas alturas, y ajenos a esas encuestas que tanto gustan a algunas revistas, está claro que varias de sus canciones pasan por ser candidatas firmes a formar parte de cualquier antología pop española que aspire a un mínimo de objetividad. Su obra ha sido elogiada y ha sido capaz de llegar a diferentes generaciones de fans. SiCaratulan embargo, su figura ha estado siempre envuelta por un halo de misterio y fragilidad acentuado por su drogadicción. Durante cuatro años, Paloma Concejero realizó una vasta labor de documentación que ha permitido indagar en la intimidad del Antonio Vega más desconocido cómo nunca antes se había hecho gracias a las aportaciones de su familia y a las conversaciones grabadas durante varios encuentros entre el músico y el escritor Bosco Ussía.

Además de sus testimonios, la familia contribuyó desempolvando su valioso archivo gráfico. En él destacan decenas de rollos de Super-8 en los que se plasma la vida en el entorno doméstico de los Vega Tallés y que deben su existencia al padre del cantante, un médico apasionado por el cine. Los films muestran sus juegos infantiles o sus celebraciones familiares así como sus vacaciones estivales y descubren a un inquieto Antonio Vega que, antes de iniciar su carrera sobre los escenarios, dedicaba gran parte de su tiempo libre al alpinismo, a escaquearse de sus clases en la universidad para tocar su guitarra o a viajar por Europa con lo puesto en busca de experiencias al estilo más puro estilo beat antes de hacer la mili.

Precisamente durante su servicio militar obligatorio escribió su primera canción, «La chica de ayer». Popularizada por su conjunto, Nacha Pop, con el paso de los años se convirtió en una suerte de lastre para su autor, obligado por público y medios a repetirla hasta la saciedad en sus directos y entrevistas.

Su oportunidad definitiva llegó una noche de abril de 1979 en el Teatro Barceló, como teloneros de Siouxsie & The Banshes cuando el grupo apenas tenía una maqueta en su haber. Su actuación, frente a un público enfervorizado, les valdría la firma de un contrato con Hispavox. El documental pasa de puntillas por aspectos tales como la formación de Nacha Pop, limitándose tan sólo a describir ese concierto y en el que aún ocupaba la batería Jaime Conde, que poco después sería sustituido por Ñete. Si bien, recoge declaraciones en las que se describe la gran compenetración de la banda en directo, las divergencias creativas entre Antonio Vega y su primo, Nacho García Vega, o cómo el fin de la banda comenzó a precipitarse tras la publicación de su cuarto álbum de estudio, «Dibujos animados» (Polydor-Universal, 1985), en el que la banda abandonó su frescura para adoptar una estética más pop en respuesta a las exigencias del mercado.

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Concejero hace especial énfasis en tratar de determinar cuál y con quién fue el primer contacto de Antonio Vega con la heroína. A este respecto entran en escena la que fuera su novia, Carmen Alonso-Colmenares, junto a su hermano, Will More –pseudónimo de Joaquín Alonso-Colmenares-, actor fetiche del director Iván Zulueta. Ambos discuten sobre los primeros escarceos del cantante con las drogas duras durante una conversación farragosa en la que también sale a colación el nombre de Tesa Arranz, musa de la Movida Madrileña, habitual del piso de Las Costus en Malasaña y gogó del grupo musical Zombies.

La adicción a las drogas es uno de los principales ejes del documental. Este hecho ha propiciado la desaprobación de la familia de Antonio Vega dando lugar a un enfrentamiento entre estos y la directora, quien ha asegurado que sería imposible analizar la figura del músico sin hacer mención a su drogodependencia. Su consumo de heroína contribuyó a forjar una imagen de ser frágil y nostálgico inmerso en una lucha de gigantes. Su música es fruto de ese mundo en el que Vega habitó, un entorno del que intentó salir en varias ocasiones y al que siempre regresaba por voluntad propia.

Pero «Antonio Vega. Tu voz entre otros mil» va más allá de ser tan sólo una crónica de una adicción. También es un retrato de todas las mujeres que pasaron por la vida del músico, desde su tata, Araceli Rubio, hasta su madre pasando por sus compañeras sentimentales, Teresa Lloret y Marga del Río. La presencia de Mariluz Tallés en el documental es capital. Sus testimonios aportan una tierna visión de la figura del artista y -a pesar de reconocer que nunca llegó a valorar en su justa medida todo el talento de su vástago- ofrece un análisis de sus canciones en las que sabe leer entrelíneas mejor que nadie al verdadero Antonio Vega. Por su parte, Teresa Lloret, con la que compartió casi dos décadas de su vida, habla de una cotidianeidad marcada por las drogas a la par que por una inconmensurable necesidad de crear y que le llevaba a recluirse en su casa.

Bajo ese mismo techo también convivió con los músicos que le acompañaron durante su carrera en solitario. Nacho Béjar y Basilio Martí, entre otros, nutren el documental con toda una suerte de anécdotas referentes a todo lo que se cocía entre bambalinas y todo lo que acontecía sobre las tablas. Relatos sobre un músico pulcro en sus creaciones así como capaz de dar un vuelco a una grabación casi finalizada, impulsivo y siempre debatiéndose entre las sombras que marcaron su devenir.

El primer montaje de «Antonio Vega. Tu voz entre otras mil» constó de tres horas de metraje que al final se quedaron en las dos que han llegado a las salas de cine. Ciento veinte minutos que permiten indagar o descubrir la figura del artista que jugaba con trenes, el músico que había perdido el miedo a caminar por el borde del precipicio, que aprendió a ser un eslabón en la oscuridad, que no concebía una existencia a medias, que había encontrado en el espacio el sitio de su recreo, que vivió esperando nada y que, a pesar de decir que no se iría mañana, tuvo que correr cuando la vida dijo vé. No hubo manera de pararlo.

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