Carretera asfaltada en dos direcciones: viaje sin principio ni fin

A finales de la década de los sesenta, las grandes compañías fílmicas atravesaban una crisis sin parangón. Los valores del viejo Hollywood hacían aguas mientras una corriente de jóvenes directores adoptaba un nuevo modo de hacer cine, alejado de las superproducciones y rebosante de independencia. Dennis Hopper es el máximo exponente de esta tendencia. Su película «Easy rider. Buscando mi destino» (Easy rider, 1969) caló hondo entre los jóvenes, para quienes lo tradicional era sinónimo de estatismo. El film abrió las puertas a una serie de road movies marcadas por el existencialismo, entre las que destaca «Carretera asfaltada en dos direcciones» (Two-lane blacktop, 1971), de Monte Hellman.

La carretera siempre ha sido entendida como un símbolo de libertad por la cultura popular norteamericana. En plena época de la Gran Depresión, los polvorientos caminos de los EEUU se llenaron de hobos que saltaban de ciudad en ciudad en busca de todo tipo de experiencias. Tras la Segunda Guerra Mundial, las calzadas no sólo de poblaron de bandas de moteros sino que también concentraron la atención de la Generación Beat y, en concreto, de Jack Kerouac, quien narraría en su gran obra «En el camino» las andanzas de Dean Moriarty, pseudónimo del alocado Neal Cassady. Los profundos cambios de los sesenta tambCarretera1ién tendrían su repercusión sobre este modo de vida alejado de los convencionalismos. Los hippies –a semejanza de los hobos– echarían el macuto a sus espaldas con el afán de conocer el mundo que les rodeaba.

Como no podría ser de otro modo, el cine ha dejado constancia de este fenómeno. Las road movies existencialistas son el mejor ejemplo. Partiendo de «Easy rider. Buscando mi destino», surgen otros títulos que en si mismos dan lugar a este peculiar subgénero. Cabe destacar a este respecto títulos como el que nos ocupa, «Carretera asfaltada en dos direcciones»; «Zabriskie Point» (íd., 1970), la aventura estadounidense de Michelangelo Antonioni; «Mi vida es mi vida» (Five easy pieces, 1970), de Bob Rafelson; «Punto límite: cero» (Vanishing point, 1971), de Richard C. Sarafian; o «La piel en el asfalto» (Electra glide in blue, 1973), de James William Guercio.

«Carretera asfaltada en dos direcciones» es un enigma en si misma. Narra las peripecias de dos jóvenes cuyo nombre ni siquiera es mencionado: Conductor (James Taylor) y Mecánico (Dennis Wilson). Ambos recorren los EEUU a bordo de un Chevrolet de 1955 modificado con el que compiten para ganar el dinero suficiente para seguir viajando sin un destino concreto. Durante su viaje se encuentran con una autostopista (Laurie Bird) y con G.T.O (Warren Oates), un hombre de media edad que decide jugarse con ellos su coche en una apuesta cuyo vencedor será quién primero llegue a Washington. Sin embargo, su competición se irá diluyendo poco a poco en medio de los desolados paisajes de la Ruta 66.

La película se basa en un relato del actor y escritor Will Corry, quien en 1968 llevó a cabo un viaje similar al de los protagonistas. El productor de la CBS Michael Laughlin propuso a Hellman llevar esta historia a la gran pantalla, quien aceptó a cambió de que Rudolph Wurlitzer rescribiese el guión, en cuya redacción también participó sin ser acreditado Floyd Mutrux. Finalmente, la CBS abandonaría el proyecto, que pasaría a manos de Universal, quien establecería un tope de 950.000 dólares para hacerlo realidad. Hellman nunca alcanzaría esta cifra. Siguiendo la estela de su mentor, Roger Corman, ajustaría sus cuentas al máximo haciéndolo posible con tan sólo 875.000 dólares.

A pesar de contar con un bajo presupuesto, Hellman decidió grabar toda la película en secuencia en las localizaciones reales, algo que a día de hoy se antoja casi imposible dadas las apretadas agendas de la mayoría de los intérpretes. Su idea iba más allá de captar la esencia del viaje en la carretera. También quería que ese periplo influyera en la vida de sus actores, que llegaran a ser partícipes de esa experiencia casi iniciática. Tal y como señaló en 2008 a la revista «High Performance Pontiac», Hellman halló su inspiración en el libro «Teoría del cine: la redención de la realidad física», de Sigfield Kracauer. «Si careces de una ventana hacia el mundo real, se trata de una obra de teatro, no de una película. Eso es el movimiento, eso es la vida, eso es vital. Esto influyó en que esté más interesado en hacer películas en localizaciones que en un estudio», señala el cineasta.

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La película fue rodada íntegramente durante ocho semanas en la Ruta 66. Por aquel entonces su importancia comenzada a decaer en beneficio de la autopista Interestatal 40. Además se su valor meramente estético o artístico, «Carretera asfaltada en dos direcciones» se alza como un importante documento histórico en el que se registra el aspecto de la conocida carretera en aquel momento, motivo que también le sirvió para ser incluida en 2012 en el registro fílmico de la Biblioteca Nacional del Congreso de los EEUU.

El realismo del film va incluso más allá de las localizaciones o del viaje propiamente dicho. Hellman estaba empeñado en que así fuera y recurrió a actores no profesionales para la mayoría de los papeles. Tras entrevistarse con intérpretes como Bruce Dern, Al Pacino, Robert de Niro o James Caan así como con músicos como Kris Kristofferson, el director optó por contratar al músico James Taylor y al batería de The Beach Boys, Dennis Wilson, para encarnar a Conductor y a Mecánico, respectivamente. Por su parte, seleccionó a la modelo Laurie Bird para interpretar a la joven autostopista. Como contrapunto, el experimentado Warren Oates se hizo cargo del personaje G.T.O y el también curtido Harry Dean Stanton se ocupó de dar vida a un autostopista de Oklahoma.

«Carretera asfaltada en dos direcciones» está envuelta por una atmósfera casi poética. Lenta por momentos, sus diálogos se limitan a un puñado de frases. Tanto Conductor como Mecánico son dos personajes taciturnos. En ningún momento llega a trascender de dónde vienen y a dónde se dirigen. Su única motivación es mantener su coche a punto para la próxima carrera. Se trata de una continua persecución hacia la excelencia, tanto de su máquina como de su conducción. El espectador es consciente de que tras ellos se esconde un trasfondo que los ha empujado a vivir de ese modo. Sin embargo, Hellman prefiere obviar detalles de ese tipo manteniendo hasta el final el misterio. Algo similar sucede con la chica, convertida también en una suerte de trofeo que pasa de mano en mano entre los protagonistas y G.T.O.

El personaje de Warren Oates, el más teatral de todos, tampoco se escapa a este halo de misterio. Su vida transcurre en la soledad de su Pontiac GTO Orbit Orange. Trata de aplacar este sentimiento de desazón lanzándose a la carretera con el objeto de encontrarse con autostopistas que le ayuden a hacer su existencia más amena. No obstante, esto nunca llega a suceder y por su coche desfilan toda una suerte de individuos que van desde una huérfana y su abuela, un par de soldados o un hippie hasta un hombre con oscuras pretensiones. Ante cada uno de ellos interpreta un papel que habla de un pasado como piloto en Bakersfield, como jugador de Las Vegas o como conductor de pruebas de Pontiac. Identidades todas ellas que se desvanecen para mostrar sin máscaras su verdadera condición: la de un hombre dispuesto a enamorarse y para quién la conducción es la última frontera posible de una hipotética libertad.

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El punto álgido de la película coincide con su escena final, una suerte de manifiesta genialidad y que, según el propio Hellman, fue fruto de un sueño y entronca con su pasión por el cine del cineasta sueco Ingmar Bergman y, en concreto, por su película «Persona» (íd., 1966). El film concluye del mismo modo que se inicia: con una carrera de coches. Sin embargo, el director opta en esta ocasión por cortar a mitad de secuencia. Mientras que Conductor pisa el acelerador y apura cada una de las cuatro marchas de su Chevy ’55 la bobina de la película comienza a arder para desvanecerse por completo sumiendo al espectador en un bucle de cuestiones cuya respuesta más afianzada abraza la idea del viaje carente tanto de un alfa como de un omega.

A diferencia de otras películas como «Easy rider», «Zabriskie point» o «Vanishing point», la película de Hellman carece de una banda sonora claramente definida. Si bien, entre las múltiples canciones que suenan a lo largo de todo el metraje es posible encontrarse con joyas como «Moonlight drive», de The Doors; «Me & Bobby McGee», de Kris Kristofferson; o «Stealin’», de Arlo Guthrie.

«Carretera asfaltada en dos direcciones» gozó de una buena acogida entre la crítica. La revista Esquire incluso llegó a considerarla la mejor película del año. Sin embargo, la recaudación en taquilla distó mucho de la esperada colgándose la etiqueta de obra maldita. El tiempo la ha puesto en el lugar que merece una apuesta tan arriesgada y un retrato tan envolvente sobre la existencia y su sentido.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Me pareció muy curiosa e hipnótica. En general, no sé que tienen las road movies de los setenta que me parecen fascinantes. Esa melancolía, esa decepción, ese existencialismo,…

    1. Me decidí a verla a raíz de tu comentario sobre Vanishing Point en un antiguo post de mi blog. La verdad es que me llevé una grata sorpresa.

      1. ¿Ah, sí? Me alegro, en ese caso.

      2. Una gran aportación, sí señor.

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