La senda del perdedor: la forja de Charles Bukowski

El carácter del joven Charles Bukowski se forjó a golpe de correa de barbero en el pequeño baño de su casa familiar, situada en el 2122 de la Avenida Longwood de Los Angeles. Allí, su cruel padre le propinó severas palizas tres veces a la semana entre los seis y once años de edad. Esta experiencia marcaría el resto de su vida, jalonada por un alcoholismo crónico y por la marginalidad. Bukowski -autor maldito por antonomasia de la literatura norteamericana- señalaría décadas después en unas declaraciones recogidas en el magnífico documental «Bukowski: born into this» (íd., 2003) que aquellas tundas habían sido una auténtica lección de literatura: «comprendí el dolor inmerecido». En 1982, Black Sparrow Books publicó su novela autobiográfica, «La senda del perdedor» (Anagrama, 1990). En ella narra en primera persona, a través de la perspectiva de su alter ego, Henri Chinaski, este crudo episodio y otros pasajes de su infancia, su adolescencia y su juventud.

Bukowski se embarcó en la redacción de «La senda del perdedor» a petición de su editor, John Martin, tras cosechar un gran éxito con su novela «Mujeres» (Anagrama, 1994). «Es una historia de miedo y me ha resultado el más difícil de escribir de todos. Pero he intentaLa senda3do hacerlo algo agradable y con algo de humor, para apaciguar la pesadumbre que produce mi infancia», señaló el autor a principios de los ochenta cuando aún se encontraba inmerso en la creación de esta obra.

El significado del título original de la novela, «Ham on rye», ha sido objeto de varias interpretaciones. Por una parte, se apunta a que se trata de un guiño a la obra de Salinger, «El guardián entre el centeno» (The catcher on the rye). Del mismo modo, también se ha señalado a una expresión –livewurst on rye– contenida en la obra autobiográfica «Pregúntale al polvo», de John Fante, como posible fuente de inspiración. Quizá la más plausible de todas las versiones responda a un carácter más mundano. Y es que Bukowski recibió durante su carrera duras críticas provenientes de los círculos literarios neoyorkinos en los que, por norma general, se le equiparaba con un actor sobreactuado –ham actor, en la lengua inglesa-. Acostumbrado a esquivar los puñetazos como fruto de su ruda formación en los barrios bajos de Los Angeles, Bukowski salió airoso advirtiendo de que en realidad era «un escritor sobreactuado cargado de whiskey de centeno» (ham writer fueled by rye whiskey).

«La senda del perdedor» es una obra contundente en su conjunto, construida en base a un lenguaje directo y articulada en cincuenta y ocho episodios breves en los que Bukowski deja entrever su dominio del lenguaje como autor de relatos cortos. Este libro abre una puerta hacia el lado más oscuro del siempre cacareado sueño americano, tornado en una pesadilla para millones de individuos que, como fruto del crack de 1929, tratan de sobrevivir mientras son pisoteados por un sistema enfermo sumido en los años de la Depresión.

Su protagonista, Henri Chinaski, se cría en el seno de una familia de inmigrantes alemanes regida por la mano dura de su padre, un veterano de la Primera Guerra Mundial que, tras perder su trabajo como repartidor de leche, se empeña en fingir que aún sigue acudiendo a su puesto laboral con el objeto de evitar que sus vecinos sospechen que está al paro. A su sombra, permanece su esposa, una mujer sumisa que no duda en justificar las brutales palizas de las que es objeto su hijo, a quién incluso se le prohíbe jugar con el resto de niños de su barrio.

En medio de este clima, se crea en torno a Henri un aura de ser marginado, de bicho raro que sólo logra congeniar con otros excluidos y que, a temprana edad, descubre en la literatura una válvula de escape. Rechazado por las chicas y sin apenas talento para las prácticas deportivas se refugia en la redacción de relatos sobre un as alemán de la Primera Guerra Mundial al que imprime todas las cualidades que anhela. Asimismo, admira a John Dillinger, asaltante dLa senda2e bancos encumbrado a la categoría de héroe por una sociedad desencantada que sobrevive a duras penas en medio de un entorno hostil donde los más duros imponen sus normas mientras que los débiles se limitan a encajar un directo tras otro.

Pero Bukowski huye de la clemencia. Su alter ego ha aprendido a soportar el dolor, motivo que le empuja a abrazar causas perdidas, a plantar cara a matones de tres al cuarto, a atléticos deportistas estudiantiles o a sus profesores. Se alza como un antihéroe carente de expectativas e ilusiones cuya aspiración no va más allá de acabar siendo, con un poco de suerte, un friegaplatos en cualquier tugurio. «Podía ver el camino que se abría frente a mí. Yo era pobre e iba a continuar siéndolo. Pero tampoco deseaba especialmente tener dinero. No sabía qué es lo que quería. Sí, lo sabía. Deseaba algún lugar donde esconderme, algún sitio donde no tuviera que hacer nada. El pensamiento de llegar a ser alguien no sólo no me atraía sino que me enfermaba», comenta.

Con la llegada a la adolescencia, tras labrarse una fama de tipo duro, un serio problema de acné que le obliga a abandonar temporalmente sus estudios liquida cualquier atisbo de esperanza por llegar a ser admitido por las mujeres o de convertirse en un hombre de éxito. Paralelamente, descubre el alcohol de la mano de su amigo Baldy, el hijo de un cirujano alcoholizado que guarda en su sótano decenas de barricas de vino. La bebida permanecerá para siempre a su lado.

La Segunda Guerra Mundial estalla en Europa. El ambiente prebélico que se respira en todos los EEUU le es ajeno al joven Chinaski, incapaz de conservar sus primeros trabajos así como entregado en cuerpo y alma a vagabundear por la ciudad mientras se bebe literalmente el dinero que le ha sido asignado para estudiar en la universidad. La contienda le importa un carajo, prefiere deambular por los bajos fondos y las pensiones de mala muerte, a donde recae tras ser expulsado del hogar familiar. «Morir en una guerra no evitaba que surgieran otras», recalca.

La urbe -entendida como un inmenso retrete donde la humanidad se ahoga en su propia basura- es el coto de caza para un Chinaski ávido de emborracharse de la faceta más salvaje de la civilización. «No es posible vivir en ningún lado, ni en esta ciudad, ni en este sitio, ni en esta jodida existencia es posible la vida», sostiene. Se rodea de vagabundos y se aprovecha de susLa senda1 viejos compañeros de estudios, a los que despluma en el juego haciendo gala de su capacidad para salir adelante. Las mujeres son cuando menos una quimera, un objeto de deseo inalcanzable para él.

Existe en «La senda del perdedor» algo que recuerda a la obra de Henry Miller. A pesar de las diferencias palpables entre sus respectivos alter ego, ambos comparten el mismo pesimismo así como un desapego por la moralidad imperante, de la que se alejan. A este respecto, Bukowski también ha sido comparado con el escritor francés Ferdinand Céline, si bien, las causas que condujeron a ambos a la marginalidad son bien distintas. Mientras que Bukowski opta por ese camino como fruto de su ausencia de expectativas, Céline llega a él a consecuencia de sus principios políticos tras apoyar abiertamente al gobierno de Vichy durante la ocupación de Francia.

«La senda del perdedor» es un libro que rebosa ira. Es el relato de un hombre que, a pesar de sentirse derrotado, se niega a tirar la toalla. Chinaski sigue adelante mientras planta cara a la autoridad, al conformismo, a las falsas apariencias, al tedio y a todo tipo de condicionamiento. «Parecía no haber alternativa posible. Y la educación también era una trampa. La poca educación a la que me había permitido acceder me había hecho más suspicaz. ¿Qué es lo que eran los doctores, abogados y científicos? Tan sólo eran hombres que habían permitido que los privaran de su libertad de pensar y actuar como individuos», indica. El peculiar humor de Bukowski así como la condición de su protagonista permite al lector tender puentes de entendimiento con un hombre que, a pesar de todos sus errores, permanece fiel a sus principios y a un desmedido intento por conservar su bien más preciado: su capacidad de dirigir las riendas de su destino.

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2 Respuestas a “La senda del perdedor: la forja de Charles Bukowski

  1. Llevo un montón de tiempo queriendo acercarme a Bukowski, pero me he encontrado con tantos imitadores baratos que creo que su figura y su estilo han quedado para mí un poco degradados. Imagino que será empezar con él y que me convenza a base de la honestidad que le falta a los que le copian la pose. De momento, esta senda del perdedor renueva las ganas.

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