El viento: vidas azotadas por la pasión

El esplendor del cine silente coincide, paradójicamente, con la irrupción del cine sonoro. En octubre de 1927 se estrenó «El cantor de jazz» (The jazz singer, 1927), de Alan Crosland, la primera película sonora de la historia. Si bien es cierto que, con anterioridad, ya se habían dado varios intentos para dotar a los films de sonido, la obra de Crosland fue la primera en gozar de una amplia distribución y de una gran acogida entre el público. Su llegada a las salas de los Estados Unidos fue el detonante de una revolución técnica en la industria. Asimismo, también se produjo un profundo cambio en las preferencias de los espectadores, que comenzaron a demandar más títulos provistos de esta tecnología.

Muchos realizadores consideraron que la llegada del sonido atentaba contra la esencia misma del cine. Ante tal tesitura, fueron muchos los que se negaron a adoptar en sus producciones eEl vientosta novedad tecnológica alargando de este modo la agonía del cine silente. Además, a todo esto cabe sumar el hecho de las grandes dificultades técnicas que implicaba el sonido durante los rodajes hasta que, durante la primera mitad de los años treinta, aparecieron los micrófonos direccionales. Este tipo de limitaciones suponían un gran problema para los directores más refinados, que prefirieron seguir rodando como habían venido haciendo hasta ese momento. Tal es el caso del director sueco Victor Sjöström quien, un año después del estreno de «El cantor de jazz», llevó a los cines su obra maestra «El viento» (The wind, 1928).

Sjöström -rebautizado durante su etapa en Hollywood como Seastrom– se consagró tras su llegada a los Estados Unidos en 1923 con dos obras clave en su filmografía: «El que recibe el bofetón» (He who gets slapped, 1924) y «La mujer marcada» (The scarlet letter, 1926). A lo largo de la década de los veinte, se confirmó como uno de los principales directores de la recién creada Metro-Goldwyn-Mayer (MGM), alcanzando su plenitud con «El viento», una película que entronca con los principios de su obra rodada en Europa.

Lillian Gish, quien era apodada «La primera dama del cine americano», se encontraba en el punto dulce de su carrera cuando propuso a Irving Thalberg, jefe de producción de la MGM, que se produjese una película basada en la novela «El viento», publicada por Dorothy Scarborough en 1925. En su obra, Scarborough retrata la soledad de un pequeño pueblo de Texas a finales del siglo XIX y las duras condiciones de vida en los ranchos de ganado en los alrededores de Sweetwater. La compañía cinematográfica dio luz verde a la propuesta de Gish, a quien atribuyó el privilegio de seleccionar a los actores, al equipo técnico y al director. Gish, que apenas dos años atrás había trabajado a las órdenes de Sjöström en «La mujer marcada», seleccionó al realizador sueco para dirigir este proyecto.

La novela de Dorothy Scarborough fue adaptada por la escritora y guionista Frances Marion, quien ha pasado a la historia como la primera persona en ganar dos Oscar. Marion escribió a lo largo de su dilatada carrera unos trescientos guiones. Entre ellos se encuentra también el guión de «La mujer marcada» y numerosos trabajos para la pionera cineasta Lois Weber así como para la actriz y también directora Mary Pickford.

El viento 2

La adaptación de Marion cuenta la historia de Letty (Lillian Gish), una humilde joven que decide abandonar su vida en Virginia para instalarse junto a su primo, Beverly (Edward Earle), en un desolado rancho de Sweetwater, en Texas. Durante su viaje en tren a través del desierto conoce a Wirt Roddy (Montagu Love), un viajante que fija su atención en la bella joven. Roddy le promete regresar para comprobar cómo le van las cosas en su nueva vida. Una vez en Sweetwater, Letty es mal recibida por la celosa esposa de su primo, Cora (Dorothy Cumming), quien hace todo lo posible para alejarla de su casa. En medio de este clima de rechazo, dos hombres se disputan el amor de Letty, Lige (Lars Hanson) y su amigo, Sourdough (William Orlamond). Su situación se complica aún más tras su rencuentro con Roddy. Rechazada por Cora, indiferente ante las manifestaciones de amor de Lige y Sourdough así como engañada por Roddy, Letty es conducida poco a poco hacia la locura en medio de unas condiciones de vida austeras y marcadas por el violento viento que azota sin tregua las tierras de Sweetwater. Al final, tras sobreponerse a las dificultades, Letty hallará el amor y su lugar en el mundo.

Cabe señalar que el final de la historia adaptada por Frances Marion es diferente al de la novela de Dorothy Scarborough, mucho más trágico. En concreto, la escritora texana concluye su libro con el fallecimiento de Letty quien, tras quitar la vida a Roddy, se pierde en medio de una tormenta de arena mientras trata de encontrar a Lige. Los directivos de laThe wind 3 MGM prefirieron no contemplar este desenlace. En su lugar, optaron por un fin feliz en el que la protagonista logra esquivar la locura y encontrar el amor en brazos de Lige. El guión original del rodaje prueba que la compañía ya barajaba esta posibilidad desde un primer momento a pesar de que Lillian Gish llegó a señalar que se había llegado a rodar la primera opción.

Una vez más, Sjöström enfrenta a sus protagonistas a unas complicadas condiciones de vida. En «El viento», el entorno natural y sus condiciones juegan un papel primordial a lo largo de todo el metraje, desde las primeras escenas del viaje en tren a través del desierto hasta el final, con la dramática secuencia en la que las constantes embestidas del viento desentierran parcialmente el cadáver de Roddy, inhumado en el porche de la granja de Lige y Letty. Los personajes luchan contra la incesante y violenta tempestad que sacude sus tierras y sus viviendas. Su presencia es constante y opresiva. Inunda sus domicilios de arena -empleada incluso para lavar los cubiertos-, echa por tierra sus celebraciones y complica sus labores ganaderas. Más allá del carácter meramente meteorológico, el viento adquiere también connotaciones mágicas y casi demoníacas a través de una leyenda india que señala que los vendavales son provocados por un caballo salvaje que galopa en el cielo. A este respecto, Sjöström recurre al empleo de la sobreimpresión para crear unas imágenes de potente contenido visual en las que se muestra a un equino blanco corriendo a través de las nubes.

De todos modos, y aunque el viento contribuye a crear una atmósfera perturbadora capaz de influir en la psicología de los personajes, estos se enfrentan en mayor medida a sus demonios interiores. Sjöström, magnífico en la dirección, condensa en el film los grandes males de la humanidad, representada a través de una pequeña comunidad de ganaderos. Los celos, el engaño, el desamor, la locura, el aislamiento y la violencia confluyen en la película dando lugar a un retrato bastante pesimista de la especie, incapaz de ni siquiera permanecer unida en medio de unas duras condiciones de vida. Sjöström crea una continua sensación de desazón y de desesperanza manifestada, por ejemplo, a través de la compleja relación afectiva entre Letty y Lige o mediante su complicada aproximación a Cora, una mujer curtida por el entorno quien ve a la joven como una amenaza a su estatus. Quizá el final adoptado por la MGM desentone con el resto de la narración, si bien, en medio de este clima desolador contribuye a aportar una pincelada de luz que deja abierto un atisbo para la esperanza.

Tanto desde el punto de vista temático como desde el técnico, «El viento» está fuertemente influido por la etapa europea de Sjöström. Si bien el western es un género eminentemente norteamericano, en esta ocasión sólo sirve como contexto. La película fue rodada en las inmediaciones de Bakersfield y en el desierto de Mojave, en California. Las condiciones del rodaje fueron extremas como fruto de las altas temperaturas registradas y del empleo de ocho motores de avión empleados para generar el viento. Incluso el calor obligó a refrigerar la película para evitar que los rollos se dañasen. Asimismo, el equipo se vio obligado a protegerse con gafas de ventisca y ropa adecuada mientras que los enormes ventiladores estaban en funcionamiento. Sin ir más lejos, incluso Lillian Gish sufrió quemaduras en una mano tras coger una manilla de una puerta que había estado expuesta al inclemente sol.El viento 4

La cuidada fotografía de la película fue dirigida por John Arnold, quién finalizó su carrera como cineasta apenas un año después del estreno de «El viento». En su haber se encuentran otros trabajos como «El gran desfile» (The big parade, 1925) y «Espejismos» (Show people, 1928), ambas junto a King Vidor; o «El palacio de las maravillas» (The show, 1927), de Tod Browning. Por su parte, el montaje corrió a cargo de Conrad A. Nerving, el primer editor galardonado con un Oscar por su trabajo en «Eskimo» (íd., 1933), de W. S. Van Dyke.

Como no podría ser de otro modo, Lillian Gish fue la encargada de encabezar el reparto de actores, completado por Lars Hanson, Montagu Love, Dorothy Cumming, Edward Earle, William Orlamond, Carmencita Johnson, Leon Janney y Billy Kent Schaefer.

El 23 de noviembre de 1928 la película fue estrenada en los cines estadounidenses. Dos meses antes había hecho lo propio en las salas danesas. A pesar de que «El viento» es considerada una de las obras maestras del cine silente fue un fracaso en la taquilla. Ni siquiera el estado de gracia de Lillian Gish en su papel o la pulcritud de Sjöström en la dirección fueron suficientes para hacer frente a la tónica general de aquel entonces que optaba por títulos sonoros frente a las películas mudas. Este varapalo puso en peligro las carreras de la actriz y del realizador. «El viento» fue la última película de Gish para la MGM. Por su parte, Sjöström dirigiría dos títulos más para la compañía antes de regresar a Suecia: «La máscara del mal» (The mask of the devil, 1928) y «La mujer que amamos» (A lady to love, 1930). Este contratiempo animó a los jefes de MGM a producir títulos más comerciales.

El paso del tiempo ha puesto a «El viento» en el lugar que se merece. Se trata de un título imprescindible donde el estilo poético de Sjöström alcanza su máxima plenitud reforzado por la potente fotografía de John Arnold y por la sublime interpretación de Lillian Gish, quizá una de las mejores de toda su carrera. Sjöström, que atiende con acierto a la psicología de sus personajes, demuestra una vez más por qué es considerado uno de los grandes directores de la historia del cine.

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