Wizards, el universo post-apocalíptico de Ralph Bakshi

La adaptación a la gran pantalla de «El gato caliente» (Fritz the cat, 1972) –el conocido personaje de Robert Crumb– reportó al animador y director estadounidense Ralph Bakshi una gran fama y una jugosa recaudación en la taquilla. Bakshi abrió de este modo las puertas hacia la animación para adultos y demostró, a la par, que este nicho de mercado gozaba de un gran potencial. Sus siguientes largometrajes, «Heavy traffic» (íd., 1973) y «Coonskin» (Street Fight)» (íd., 1975), siguen la estela de «El gato caliente». Cuentan historias de marcado carácter urbano, línea que Bakshi abandonaría en su cuarta película: «Los hechiceros de la guerra» (Wizards, 1977). Con este film, Bakshi dio un giro a su carrera y decidió iniciarse en la temática fantástica y épica. Éste sería el paso previo antes de embarcarse en la dirección de «El Señor de los Anillos» (The Lord of the Rings, 1978).

«Los hechiceros de la guerra» se ambienta en un mundo post-apocalíptico. La Tierra ha sido devastada por una guerra nuclear instigada por cinco terroristas y ha permanecido duranteWizards millones de años cubierta por nubes radiactivas. Tan sólo un puñado de seres humanos ha logrado sobrevivir a la catástrofe. El resto ha sufrido horribles mutaciones y habita en un área contaminada conocida con el nombre de Scortch. Mientras, seres primigenios como los duendes, las hadas y los elfos han resurgido en la idílica tierra de Montagar. Delia, la reina de las hadas, engendra a dos hijos –Avatar y Blackwolf– que acabarán enfrentándose por el futuro del mundo. El primero representa a la magia pura y a la fuerza de la naturaleza. Por su parte, el segundo se alía con el mal y hace uso de la tecnología para alcanzar sus pretensiones. Blackwolf recurrirá a armas del pasado y a la propaganda para hacerse con el poder de Montagar. Avatar, el duende Weehawk, la princesa Elinore y el robot asesino arrepentido Necron 99 harán todo lo posible por evitar una nueva debacle.

Bakshi comenzó a coquetear con el género fantástico a mediados de los años cincuenta, durante su época como estudiante de instituto. En 1967, desarrolló para la CBS el concepto de una serie de corte fantástico titulada «Tee-Witt» que nunca llegó a ser producida. Un año después fundó su propio estudio, Bakshi Productions, con el apoyo del productor Steve Krantz. Hastiado por su trabajo para Terrytoons y para la división de animación de Paramount, Bakshi pretendía de este modo poder desarrollar sus planes, entre los que se encontraba llevar los cómics underground al cine. «El gato caliente» le abrió las puertas de par en par. Sin embargo, en 1976 decidió volver su vista atrás y retomar los dibujos de su adolescencia. Propuso a la 20th Century Fox la realización de un largometraje cuyo título sería «War wizards». Detrás de esta propuesta subyacía su deseo de demostrar que era capaz de dirigir un film familiar que tuviese el mismo impacto que sus títulos para adultos.

El proyecto de Bakshi contó con un ajustadísimo presupuesto de casi dos millones dólares. El director neoyorkino se rodeó de animadores presentes en sus anteriores producciones, como John Sparey, Irven Spence, Art Vitello, Ira Turek o John Vita. Los motivos eran obvios. Y es que, este grupo de profesionales se había habituado al caótico modo de trabajo de Bakshi, quien solía tomar como punto de partida un espartano guión y que, por sistema, obviaba los dibujos de prueba para evitar sobrecostes. Del mismo modo, Bakshi contrató al ilustrador británico Ian Miller y al historietista estadounidense Mike Ploog. Ambos serían los encargados de aportar su particular visión a los fondos y a los diseños.  Ambos volverían a trabajar bajo la batuta de Bakshi en posteriores largometrajes. El filipino Alex Niño también fue contratado pero unos problemas con su visado le impidieron participar en el desarrollo del film.

A pesar de las restricciones en el modo de trabajar, el equipo de Bakshi se quedó sin el dinero suficiente para animar las escenas de la batalla final entre las hordas de Blackwolf y los habitantes de Montagar. La 20th Century Fox se negó a dotar con más dinero la producción. La distribuidora había adoptado esa misma decisión en respuesta a la petición de más fondos formulada por George Lucas, que en esos momentos se encontraba inmerso en el rodaje de «La guerra de las galaxias» (Star Wars, 1977). La única salida para Bakshi fue poner la pasta de su bolsillo y recurrir a la técnica del rotoscopio que usaría, con posterioridad, también en «El Señor de los Anillos» o en «American Pop» (íd., 1981). «No cabe duda de que era la manera más sencilla de conseguir esas escenas gigantescas que quería. Además, me mostró la manera de cómo hacer “El Señor de los Anillos”», señaló el director, quien empleó fragmentos de las películas «Alexander Nevsky» (Aleksandr Nevskiy, 1938), «El Cid» (íd., 1961), «Zulú» (íd., 1964), «La batalla de las Ardenas» (Battle of the Bulge, 1965) y «Patton» (íd., 1970) para obtener las siluetas de los guerreros y el armamento de las huestes de Scortch.

Necron 99

Tras las voces de los personajes se encuentran actores como Mark Hamill, Richard Romanus, David Proval, Susan Tyrrell o Steve Gravers y otros menos conocidos como Bob Holt, James Connell o Jesse Welles.

Mark Hamill -que ese mismo año conseguiría el papel como Luke Skywalker en «La guerra de las galaxias»- acudió al casting para dar su voz al duende Weehawk. No obstante, Bakshi le otorgó el papel de Sean. Por su parte, Richard Romanus y David Proval –ambos presentes en la magnífica «Malas calles» (Mean streets, 1973) de Scorsese– aportarían su voz a Weehawk y a Necron 99, respectivamente. Los dos interpretes volverían a trabajar con Bakshi en «Hey good lookin’» (íd., 1982). Por su parte, el actor de doblaje Bob Holt fue el seleccionado para doblar al bondadoso Avatar y Steve Gravers hizo lo propio con Blackwolf. La narración corrió a cargo de la actriz californiana Susan Tyrrell, que prefirió que su nombre no apareciese en los créditos por miedo a que ese trabajo perjudicase su carrera profesional. Años más tarde, Bakshi aseguró que Tyrrell le había manifestado su arrepentimiento puesto que su labor le ayudó a conseguir posteriores papeles.

La película fue estrenada en Francia, en enero de 1977, en el Festival de Cine Fantástico Avoriaz con el título de «Wizards», modificado a petición de George Lucas para evitar confusiones con su flamante primera entrega de la saga «Star Wars». «Los hechiceros de la guerra» logró recaudar nueve millones de dólares, un auténtico éxito teniendo en cuenta el escaso presupuesto con el que fue dotado el proyecto. A pesar de que gozó de poca distribución, la película contó con una gran acogida en los cines llegando a ser tildada de obra de culto. Bakshi había manifestado su intención de firmar un titulo familiar. No obstante, el film está más orientado al público adulto. El director salpicó la obra de numerosos guiños a la religión, el nazismo, la propaganda, la sociedad del consumo o el antibelicismo. Asimismo, en la película subyace una sutil carga erótica acentuada por algunos personajes y especialmente centrada en Elinore.

«Los hechiceros de la guerra» enfrenta dos concepciones diferentes respecto al progreso y al bienestar. Los escenarios post-apocalípticos tras una contienda nuclear eran frecuentes en el cine y la cultura pop entre las décadas de los cincuenta y de los ochenta. El miedo a una conflagración nuclear entre los Estados Unidos y la URSS había sido explotada con éxito por la industria en numerosos títulos como por ejemplo «¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú» (Dr. Strangelove or: How I learned to stop worrying and love the Bomb, 1964), de Stanley Kubrick; «Mad Max, salvajes de autopista» (Mad Max, 1979), de George Miller; «Juegos de guerra» (War games, 1983), de John Badham; o «Terminator» (íd., 1984), de James Cameron.

Mutantes

Bakshi presenta un planeta devastado, casi en su totalidad, por un holocausto nuclear y dividido entre partidarios y detractores del progreso tecnológico. La tecnología es señalada como el origen de todas las desgracias que han afectado a la Tierra. Mientras que los seres mágicos viven en un entorno idílico restaurado tras siglos de invierno nuclear los mutantes habitan en un área oscura e industrial bajo las ordenes de Blackwolf, quien apuesta por la industria bélica como vía de escape para abandonar las zonas baldías. Pero el malvado mago cuenta con un problema: sus tropas carecen de motivaciones o de razones por las que luchar. Blackwolf recurre entonces a una práctica que ha demostrado su efectividad en el pasado y en el presente: la propaganda.

A este respecto, Bakshi vierte una dura crítica contra la propaganda como arma de guerra. Para ello recurre al metraje de documentales propagandísticos de la Alemania nazi y al empleo de la simbología del Tercer Reich. El director adopta en su película conceptos como la Blitzkrieg o la Guerra Relámpago estableciendo paralelismos entre la guerra fantástica que muestra a los espectadores y la Segunda Guerra Mundial. La propaganda es el arma secreta que se debe suprimir y, aunque Avatar y sus partidarios reniegan de los avances tecnológicos, las armas serán decisivas para mantener su estatus.

El director también lanza sus dardos contra la religión. Este aspecto se pone de manifiesto en la escena en que dos sacerdotes optan por orar en lugar de decidir qué hacer con los centenares de prisioneros de Scortch. Su indecisión propicia su propia eliminación y la de los cautivos en una suerte de recuerdo al genocidio. Bakshi también analiza, aunque someramente, las motivaciones de las religiones y el culto al consumo. En concreto, sitúa en el templo objetos sagrados y reliquias entre las que se encuentran una parrilla de un automóvil Rolls Royce, una rockola, un logotipo de Pepsi o una estatuilla de los Oscar. Asimismo, también coloca el símbolo de la CBS en las cortinas que decoran el interior del inmueble.

También recurre una vez más a sus raíces judías, como ya había hecho, por ejemplo, en algunas escenas de «El gato caliente». El director llegó a señalar que «Los hechiceros de la guerra» era un guiño a la creación del estado de Israel, el Holocausto, la diáspora judía y el auge del fascismo.

Scortch

Ralph Bakshi también aprovechó la ocasión para verter una velada crítica a Robert Crumb, con quien había experimentado una relación tortuosa durante la producción de «El gato caliente». El director nombró Fritz a uno de los soldados de Scortch, cuyo compañero de armas lamenta en repetidas ocasiones su supuesto fallecimiento –mientras grita «!Han matado a Fritz!»- antes ser él mismo quien lo mata por error. Es preciso señalar que Crumb se mostró profundamente desilusionado con el resultado final de la película «El gato caliente», tanto que, en 1972, decidió matar a su personaje en la historieta «Fritz the cat superstar».

«Los hechiceros de la guerra» se queda a medio camino de alcanzar la calidad de trabajos posteriores de Bakshi como «El Señor de los Anillos» o «American Pop». Al igual que sus primeras obras, un guión poco desarrollado y salpicado por algún que otro vacío actúa en su contra. Si bien, cabe reconocer que resulta más solvente que la fragmentada narración de «El gato caliente». El director incluso se permite algún giro que dota de dinamismo a la acción. Asimismo, los personajes apenas están desarrollados y Bakshi se limita a adoptar una confrontación maniqueísta en la que se echa de menos una mayor introspección psicológica. A su favor, «Los hechiceros de la guerra» se presenta como una historia que destila originalidad, en la que destaca el trabajo realizado por Ian Miller.

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