El espíritu de la colmena, la mirada límpida

El azar quiso que el jurado del Festival de Cine de San Sebastián premiará en 1973 y 1974 la obra de dos cineastas cuya creación ha seguido, hasta cierto punto, caminos similares. Durante esas ediciones, la Concha de Oro a la Mejor Película recayó en «El espíritu de la colmena» (íd., 1973), de Víctor Erice, y en «Malas tierras» (Badlands, 1973), de Terrence Malick, respectivamente. Da la casualidad de que el film de Erice se convirtió de ese modo en la primera obra española en recibir el merecido galardón, instaurado como tal a partir de 1957. Después, se sumarían a la nómina de reEl espiritu de la colmenaconocimientos varios premios internacionales y nacionales que hablan del interés que suscitó en la crítica y en el público la ópera prima del director vizcaíno.

«El espíritu de la colmena» sitúa al espectador en el pueblo segoviano de Hoyuelos en 1940. Hasta allí llega un cine ambulante que proyecta la versión fílmica de Frankenstein estrenada por James Whale en 1931. Entre el público asistente a la sesión se encuentran las hermanas Isabel (Isabel Tellería) y Ana (Ana Torrent). La película provoca un gran impacto en la menor de las dos, Ana, quien a partir de ese momento se internará en un mundo de fantasía creado como fruto de su propia imaginación. La pequeña recorrerá con su mirada inocente los paisajes de una España hermética y lacerada por la reciente Guerra Civil. Este hermetismo se pondrá de manifiesto a través de la figura de sus padres, Teresa (Teresa Gimpera) y Fernando (Fernando Fernán Gómez), ambos ensimismados en sus propias realidades.

Víctor Erice se formó como cineasta a lo largo de la década de los sesenta tras estudiar Ciencias Políticas y Derecho. Durante esos años trabajó como guionista, dirigió varios cortometrajes y codirigió junto a Claudio Guerín y José Luis Egea la película «Los desafíos» (íd., 1969). «El espíritu de la colmena» fue su primer largometraje en solitario, una prueba de fuego que solventó con la audacia y la cátedra de un director maduro.

En un principio, «El espíritu de la colmena» fue planteada como una película de terror. Sin embargo, Erice y el guionista Ángel Fernández Santos se vieron empujados –como fruto de la escasez de medios- a darle una vuelta de tuerca. Optaron por un guión de una obra más personal y con unos someros tintes de fantasía. El proyecto contó con el apoyo del productor Elías Querejeta, quien se interesó de inmediato por la propuesta.

La película toma su título de la obra «La vida de las abejas», publicada en 1901 por el ensayista y dramaturgo belga Maurice Maeterlinck. «El título, en realidad, no me pertenece. Está extraído de un libro, en mi opinión, el más hermoso que se ha escrito nunca sobre la vida de las abejas, y del que es autor el gran poeta y dramaturgo Maurice Maeterlinck. En esa obra, Maeterlinck utiliza la expresión “El espíritu de la colmena” para describir ese espíritu todopoderoso, enigmático y paradójico al que las abejas parecen obedecer, y que la razón de los hombres jamás ha llegado a comprender», explicó el propio director.

«El espíritu de la colmena» posee una fuerte carga simbólica manifestada a través de numerosos aspectos. La proyección de Frankenstein en un desvencijado inmueble del pueblo responde a dos cuestiones. En primer lugar, dada su evidencia, se trata de un homenaje al cine como medio para dar a conocer otras realidades. Al igual que haría Giuseppe Tornatore años después en su nostálgica «Cinema Paradiso» (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), Erice retrata a un pueblo cuya máxima atracción es acudir al cine de cuando en cuando. En plena era de la información –o de la desinformación, según desde qué prisma se vean las cosas- se antojan lejanas las sensaciones que el cine debía causar en el imaginario de aquellas personas ajenas por completo al atiborramiento de imágenes de hoy día.

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Pero, más allá de cualquier componente romántico, Erice emplea la historia de Frankenstein con otro fin. En concreto, la historia de la desdichada criatura se presenta ante los asistentes a la sesión mostrada en el film ensalzando su componente moralizante. Frankenstein, un monstruo creado a espaldas de la voluntad divina debe ser suprimido por la sociedad, hermética a cualquier cambio propuesto al margen de lo estipulado como correcto. Cabe tener en cuenta que Erice ambienta su historia en plena posguerra cuando, a pesar de haber sido anunciado a bombo y platillo el fin de la Guerra Civil, España estaba inmersa en la virulenta represión y casi aislada en plena Segunda Guerra Mundial. En 1973, cuando «El espíritu de la colmena» llegó a los cines, el régimen –aunque renqueante- seguía en sus trece. Es por eso que el director vizcaíno tuvo que esquivar la censura para poder ofrecer una crítica velada de aquellos tiempos y canalizada a través de la figura de Frankenstein y de la jerarquizada sociedad de las abejas.

El domicilio familiar de la principal protagonista, Ana, puede ser interpretado como una metáfora de la España de posguerra y como una colmena en si mismo. Meticuloso con los detalles, Erice emplea ventanas con paneles de nido de abeja para abrir/ cerrar el inmueble al exterior. El interior de la vivienda está bañado por una luz de tono ámbar que recuerda al color de la miel. Sus habitantes adultos, Teresa y Fernando, viven absortos en la melancolía, alejados el uno del otro y empujados a la pesadumbre por los tiempos difíciles que les ha tocado vivir. Erice evita en todo el film que la familia aparezca al completo en alguna de las escenas. Resalta de este modo la división del seno familiar tras la guerra que les ha convertido en una suerte de almas en pena que tratan de reconducir sus pasos. Mientras, el exterior es austero, de tonos plomizos, semicubierto por la neblina. Se alza como paradigma del aislamiento. A título informativo, resulta interesante señalar que la película está compuesta por mil planos repartidos a partes iguales entre los interiores y los exteriores.

Ana, la inocente niña de seis años de edad y ojos abiertos como platos, descubre la muerte a través de la obra de película de Whale. La experiencia es el detonante que le lleva a emprender un viaje iniciático en busca de respuestas que, en primera instancia, halla en su hermana, quien afronta estas cuestiones desde un punto de vista más acomodado e incluso macabro. Ana escruta el árido paisaje de la meseta con su mirada condicionada por el film que ha presenciado así como por las historias de espíritus narradas por su hermana y halla en un cortijo abandonado los indicios de la supuesta presencia de su propio Frankenstein. Se trata de un republicano que huye de las garras del régimen y que –en su desesperación- establece con la pequeña una relación antes de perecer a manos del sistema como el personaje de Mary Shelley.

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Ana es la protagonista indiscutible de la película. Este fue el papel de debut en el cine de Ana Torrent, quien después se convertiría en un rostro habitual del cine español. Erice tuvo que cambiar el guión para adaptarlo a las necesidades de la actriz. Dada su tierna edad, apenas siete años, Torrent estaba confusa por el constante cambio entre los nombres reales de los actores y los adoptados en el rodaje. En vistas de la confusión, Erice optó por utilizar el nombre de pila de los intérpretes, lo que dota al film de un aura de realismo. Ana Torrent interpreta a una niña con inquietudes y decidida a internarse en la oscuridad.

Por el contrario, Isabel, interpretada por Isabel Tellería, ejerce en el papel de hermana mayor. No sólo le cuenta mentiras forjadas al calor de su imaginación sino que también se toma la licencia de chivarle respuestas en la escuela haciendo prevalecer su estatus sobre la pequeña. Isabel interpreta la muerte de un modo diferente a Ana. Manifiesta ciertos comportamientos sádicos y es capaz de simular su fallecimiento de un modo calculador.

Mientras que ambas hermanas representan a la nueva generación surgida de un país en ruinas, sus padres se enmarcan dentro de aquellos que han vivido la contienda. Fernando, papel interpretado por Fernando Fernán Gómez, es un hombre distanciado de su mujer. Perteneciente a una familia acomodada vive ajeno a la cotidianeidad de su pueblo mientras realiza sus labores de apicultura, escribe un libro sobre las abejas o descubre a sus hijas los secretos de la micología. Su pasado está marcado por una vida cultural compartida con personajes tan ilustres como el mismísimo Unamuno. Tras la guerra, se ha convertido en un individuo taciturno enfrascado en su burbuja.

Por su parte, Teresa es una mujer melancólica que sueña con la vida anterior a la guerra. Por una lado, mantiene una fría relación sentimental con su marido. Por otro, comparte correspondencia con un personaje cuya identidad no es dada a conocer si bien, se deja entrever que se trata de un hombre que se ha visto abocado al exilio en Francia, lugar desde el que Teresa recibe una misiva enviada por la Cruz Roja Internacional.

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El silencio cobra cuerpo en «El espíritu de la colmena». Es un protagonista más. Apenas hay diálogos, tan sólo entre las niñas. Mientras, los adultos hablan en off, incrementando esa sensación de desazón y de vivir anclados en el pasado. Erice postula su personal modo de hacer cine. La narración es pausada y las transiciones se efectúan de un modo delicado. Se trata de una poesía visual reforzada por la magnífica fotografía de Luis Cuadrado quien, en aquella época, estaba quedando ciego. El director opta por los planos fijos y por encuadres abiertos donde compone con absoluta meticulosidad los elementos. A todo esto se suma la delicada y evocadora banda sonora, de Luis de Pablo.

Amén de la Concha de Oro ya mencionada, «El espíritu de la colmena» fue también galardonada con el Hugo de Plata del Festival de Chicago. Asimismo, Ana Torrent fue premiada con el Fotogramas de Plata y con un premio de la Asociación de Críticos de Entretenimiento Latinos. Por su parte, Fernando Fernán Gómez ganó el premio al Mejor Actor otorgado por el Círculo de Guionistas de Cine.

«El espíritu de la colmena» es una obra de una exquisita delicadeza visual y poética. Su inmersión en el mundo de la infancia destila sinceridad. Su retrato de la Castilla de posguerra está repleto de matices cuyo sentido se refuerza una vez que se profundiza en la película y todo su contenido. El papel de Ana Torrent, sin desmerecer al resto de actores, se cuela con pasmosa facilidad a través de la retina y adquiere connotaciones evocadoras. Y es que, resulta complicado no sentirse identificado con su inocencia y con su afán por descubrir los intrincados vericuetos de un mundo que, visto a través de los ojos de un niño parece más afable pero no menos hostil.

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