La vida y nada más: pesimismo de posguerra

El periodista y fotógrafo Gervasio Sánchez sostiene que las guerras nunca concluyen hasta que son superadas sus consecuencias. Un siglo después del inicio de la Primera Guerra Mundial, los escenarios de sus campos de batalla siguen escondiendo vestigios tales como enseres personales de los combatientes, trincheras, túneles ocultos o centenares de explosivos sin detonar. La contienda dejó tras de si un reguero de destrucción aderezado por unos nueve millones de fallecidos, veintiún millones de heridos y más de siete millones de desaparecidos, según cifras oficiales. Sin embargo, los datos exactos nunca lLa vida y nada mas1legaron a trascender, en parte, debido al interés de algunos gobiernos por ocultar a la opinión pública la gran debacle humana que había supuesto el conflicto. «La vida y nada más» (La vie et rien d’autre, 1989), de Bertrand Tavernier, se centra en la memoria de los ausentes de la Gran Guerra y en el calvario de aquellos que durante años peregrinaron por Francia en busca de sus seres queridos.

En las páginas de los libros de historia se ha escrito que Francia pagó un caro tributo por su victoria en la Primera Guerra Mundial. En concreto, 1.357.800 vidas redondeadas con 350.000 desaparecidos. Cifras estremecedoras que empujaron a los dirigentes políticos y a la cúpula militar a correr un tupido velo con el objeto de evitar que se empañase su cacareado triunfo tras cuatro años de miseria y horror que convirtieron a lugares como Verdun o el frente del Somme en cementerios de proporciones desmesuradas. Su actitud, más allá de suturar las heridas, pretendía evitar que las listas de fallecidos se engrosasen con el constante goteo de restos humanos que eran hallados en los campos de labranza un día convertidos en tierra de nadie. Mientras, se erigían por doquier memoriales a los caídos que competían en fastuosidad.

Tavernier vuelve su mirada a 1920 en «La vida y nada más», año en el que el gobierno de la república francesa aprobó una medida según la cual los familiares de los fallecidos tenían derecho a reclamar sus restos para enterrarlos en sus respectivas localidades. La película se centra en el comandante Delaplane (Philippe Noiret), un oficial encargado de investigar las desapariciones de millares de soldados y de dirigir los trabajos para encontrar el cadáver de un soldado desconocido al que se le dará sepultura bajo el Arco del Triunfo de París. Durante su trabajo al frente del desescombro de un túnel ferroviario volado por los alemanes sobre un tren de la Cruz Roja, se cruza con Irene de Courtil (Sabine Azéma) y Alice (Pascal Vignal), quienes buscan a su esposo y a su novio, respectivamente. Delaplane, crítico con la actitud de los políticos y de sus superiores y asqueado por tanta destrucción, hallará un refugio a su dolor en Irene, de quien se enamora.

«La vida y nada más», rodada en los alrededores de Verdun, es un retrato pesimista de los años posteriores a la Gran Guerra. La mirada poética de Tavernier aporta una pincelada lírica a una época marcada por la tragedia. El director muestra a un país que pretende sobreponerse a las consecuencias de la contienda. Sin embargo, la tarea se presenta complicada pues los campos están regados por la sangre derramada por millares de soldados a los que Delaplane pretende poner nombre y apellidos en un acto de justicia moral con sus allegados y que, al mismo tiempo, puede ser entendido como un brote de rebeldía contra una elite que prefiere hacer la vista gorda para evitar que su imagen se vea salpicada.

El film de Tavernier, un alegato antibelicista en toda regla, constituye una dura crítica a la hipocresía más contumaz. El director fija su atención en la labor de Delaplane, quien aporta un poco de cordura a tanto desorden. El comandante, quien experimentó en sus propias carnes los horrores de la guerra de trincheras, está de vuelta. Se empecina en realizar un trabajo metódico y científico –dentro de los rudimentarios medios de la época- con el objeto de identificar al máximo número posible de fallecidos. Su actitud choca frontalmente con la de sus superiores, obsesionados con exhumar los restos de un caído en combate que será homenajeado como soldado desconocido, figura ésta cuyo fin último es ser identificada como los millares de ausentes aún por hallar. Asimismo, el cineasta también alza su voz contra los intereses espurios que mueven los hilos de todas las guerras.

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La mirada de Tavernier discurre por un paisaje desolado y de tono plomizo que pretende salir al paso. Muestra a las pequeñas localidades de provincia que tratan de dejar atrás su pasado colocando piedra a piedra, a los campesinos que vuelven a arar las tierras infestadas de chatarra de guerra y a las escuelas que vuelven a la normalidad. Como contrapunto, habla de las familias, de las viudas y de las novias que se aferran a un hilo soñando con que retornen los suyos y que tan sólo les conduce a vivir sumidos en un espejismo. Del mismo modo, muestra a los hospitales de veteranos como una suerte de limbo donde el tiempo parece haberse detenido para centenares de hombres heridos tanto física como mentalmente. A modo de metáfora, Tavernier centra su atención en un oficial mutilado que pretende montar a caballo con grandes dificultades. En cierto modo, Francia, al igual que el resto de países beligerantes, era también un país mutilado y dividido que a duras penas lograba permanecer sobre su montura.

En medio de tantos sueños rotos también hay un resquicio para el amor, ese que se inicia entre Alice y un joven aprendiz de artista o entre Delaplane e Irene de Courtil. Los tintes románticos de «La vida y nada más» relajan en cierto modo el discurso adoptado por Tavernier, quien co-escribió el guión con Jean Cosmos. El amor cauteriza las heridas pero el peso de la desdicha es tal que resulta complicado tender la mano a las cosas bellas de la vida.

En el film subyace también un tono irónico representado sobremanera por Mercadot (Maurice Barrier), un escultor que hace su particular agosto en medio de la fiebre por llenar Francia de monumentos a los caídos. La guerra ha traído la desgracia a una infinidad de hogares pero también ha llenado los bolsos de unos pocos. Otros, por su parte, pretenden sacar tajada de las compensaciones que el estado otorga a los municipios en función de su contribución en vidas al esfuerzo bélico. De todos modos, su sutil picaresca se empequeñece ante las artimañas de algunos políticos que, a pesar de aferrarse a la bandera del patriotismo, son capaces de hacer tratos con el enemigo para defender los intereses económicos de sus protegidos o de sus propias familias.

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Tavernier -heredero de la obra de directores como Jacques Becker o Jean Renoir y restaurador del prestigio de figuras previas a la Nouvelle Vague– traza una narración que se dilata a lo largo de poco más de dos horas. Los acontecimientos se suceden a modo de pequeñas pinceladas que, en su conjunto, conforman un cuadro que plasma con un sincero realismo las consecuencias de la guerra. «La vida y nada más» escapa de los discursos banales y carentes de contenido. El director se apoya en una fotografía de tonos apagados y que contribuye a crear una atmósfera en la que, en cierto modo, impera la pesadumbre. El cineasta Bruno de Keyzer, que había colaborado previamente con Tavernier en «Un domingo en el campo» (Un dimache à la champagne, 1984) y en «Alrededor de la medianoche» (Round midnight, 1986), fue el encargado de dirigir la fotografía.

«La vida y nada más» cuenta con una sublime banda sonora original compuesta por Oswald d’Andrea, quien también sería elegido por Tavernier para componer la música de «Capitán Conan» (Capitaine Conan, 1996), film en el que el director galo retomó el tema de la Primera Guerra Mundial, en esta ocasión, diseccionando la figura de un oficial de los Cazadores Alpinos interpretado por un Philippe Torreton en estado de gracia.

Philippe Noiret, el inolvidable Alfredo de «Cinema Paradiso» (Nuovo Cinema Paradiso, 1988), interpreta al comandante Delaplane, un hombre comprometido con su causa pero a la vez hastiado del ejército. La llegada de Irene de Courtil a su vida le produce reparos al principio como fruto de su odio hacia los privilegios de las clases pudientes. No obstante, luego hallará en ella una posible válvula de escape. Noiret convence en el papel de este hombre de fuertes convicciones y de sinceridad aplastante.

Sabine Azéma interpreta a Irene de Courtil, una mujer de mediana edad casada con el hijo de una familia burguesa, a quien trata de buscar por todos los medios en hospitales y antiguos campos de batalla. Tavernier cruza su camino cLa vida y nada mas2on el de Alice –interpretada por Pascal Vignal– dando lugar a una coincidencia que, aunque a simple vista resulte en cierto modo increíble, contribuye a poner de manifiesto la debilidad del ser humano.

La película fue galardonada con un BAFTA al Mejor Film de Lengua Extranjera y Philippe Noiret fue premiado con el segundo premio César de su carrera. «La vida y nada más» trae a colación las palabras que abren este artículo. Las guerras nunca concluyen el día de su armisticio, sus repercusiones siguen patentes durante generaciones. Tavernier deja constancia de ello, como también haría en «Capitán Conan», donde su protagonista, perseguido por los fantasmas del pasado y por la enfermedad cierra la película con uno de los monólogos antibelicistas más paradigmáticos de la historia del cine. Sin embargo, y a pesar de la incompetencia de los jerifaltes y mandamases, la vida se abre paso por nuevos vericuetos dejando atrás a los caídos. Y es que como dijo Bertolt Brecht : «No os dejéis consolar/ Vuestro tiempo no es mucho/ El lodo, a los podridos./ La vida es lo más grande: perderla es perder todo».

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