París, bajos fondos: crónica negra de la Belle Époque

El nombre de la prostituta Amélie Élie, alias Casque d’Or, sonó con fuerza en la Belle Époque parisina. Protagonista de uno de los retratos más conocidos de Toulouse Lautrec, fue el principal vértice de un triángulo amoroso que acabó con un famoso enfrentamiento entre los líderes de dos bandas rivales de apaches –delincuentes juveniles- del distrito de Belleville. En 1952, el director francés Jacques Becker llevó a la gran pantalla «París, bajos fondos» (Casque d’Or, 1952), su obra más conocida. La película se inspira en esta disputa.

Amélie Élie, vida en el inframundo parisino

Amélie Élie nació en Orleáns en 1878. A los trece años de edad abandonó su domicilio familiar junto a un joven, dos años mayor que ella, del que poco después sería separada tras ser descubiertos en un hotel de París. Poco después, fue acogida por la madame Hélène de Courtille, quien acabaría siendo su amiga y amante. Bajo su tutela, se inició en el mundo de la prostitución, convirtiéndose en una habitual de los bajos fondos parisinos. En 1897, tras huir de los maltratos de su chulo, Bouchon, conoció a un joven pulidor de veinte años llamado Joseph Pleigneur y conocido popularmente como Manda. Tras su encuentro, Manda abandonó su trabajo para convertirse en su compañero sentimental y en su proxeneta. Sin embargo, la relación comenzó a hacer aguas como fruto de las constantes infidelidades y ausencias de Manda, quien se había convertido en el líder de la banda apache de Courtille gracias a sus actividades como chantajista y chulo.

Mada, Leca y Marie

Despechada por el trato recibido, Amélie Élie comenzó a flirtear con François Leca, El Corso, líder de la banda de Popincourt y rival de Manda. El 5 de enero de 1902, Manda –quien sostenía que su honor había sido ultrajado por Amélie Élie ante sus hombres- se enfrentó a Leca desatando una guerra de bandas que se saldó con una batalla campal en la calle Planchat y en la que Leca fue herido de bala. El proxeneta, que logró salvar su vida, sufrió un nuevo ataque a la salida del hospital del que también sobrevivió. A pesar de todo, y atendiendo al código de silencio que imperaba en los ambientes delictivos, Leca se negó a delatar a su enemigo. No obstante, los sucesos habían llenado páginas de periódicos y los ánimos de los ciudadanos estaban crispados por la inseguridad de las calles. Finalmente, ambos hampones fueron detenidos y enviados a la prisión de la Isla del Diablo, en la Guyana Francesa. Leca, que nunca abandonó la delincuencia, murió tras una trifulca con buscadores de oro en la colonia francesa. Por su parte, Manda logró reconducir sus pasos y falleció en 1922 en Cayenne.

Mejor suerte corrió Amélie Élie. Los sucesos le aportaron una gran fama, convirtiéndose en una suerte de celebridad de la Belle Époque. Incluso llegó a publicar sus memorias, que posteriormente serían empleadas por Jacques Becker como punto de partida para el guión de «París, bajos fondos». En 1917, ya alejada del mundanal ruido, contrajo matrimonio con un obrero con el que compartió su vida hasta el 16 de abril de 1933, fecha de su fallecimiento.

La adaptación a la gran pantalla

Jacques Becker, junto a Jacques Companéez, adaptaron la historia hasta el punto de utilizar nombres ficticios y de contar con un argumento que apenas conserva puntos en común con los hechos reales. «París, bajos fondos» se ambienta en los albores del siglo XX. Su personaje central es Marie, Casque d’Or (Simone Signoret), una prostituta que mantiene una relación sentimental con Roland Dupuis (William Sabatier), un matón a las órdenes del jefe Félix Leca (Claude Dauphin). Durante un baile, Marie conoce a Georges Manda (Serge Reggiani), un ex delincuente que ha dejado atrás su pasado y que se gana la vida como carpiCasque_d_or-464286360-largentero junto a un anciano. El amor surge entre ambos y Roland trata por todos los medios de evitarlo. Sin embargo, a la par, Félix Leca –que también disputa el amor de Marie– hace todo lo que está de su mano para que ninguno de los dos logren a Casque d’Or.

«París, bajos fondos» es un drama romántico aderezado por la traición y narrado con un magistral sentido del tiempo. Con anterioridad, Julien Duvivier intentó sin éxito llevar a la gran pantalla esta película producida por los hermanos Robert y Raymond Hakim, junto con André Paulvé. La Segunda Guerra Mundial se interpuso en los planes de Duvivier y, finalmente, la tarea recayó en Becker, quien había iniciado sus pasos en el cine como asistente de Jean Renoir, con quien colaboró en «La gran ilusión» (La grande illusion, 1937) y en «Las reglas del juego» (La règle du jeu, 1939).

Becker, que previamente no había dirigido ninguna película ambientada en una época distinta a la suya, apeló a su meticulosidad y a su buen hacer de artesano del cine para recrear la apasionante atmósfera del París del cambio de siglo. El film condensa a lo largo de su metraje el ambiente de los barrios bajos por los que pululaban a sus anchas las pintorescas bandas de apaches y de los tugurios donde bebedores de absenta compartían pista de baile con los burgueses que se aventuraban a conocer lo más sórdido de la noche parisina. Es el París de Toulouse Lautrec, la ciudad en vías de extinción que Eugéne Atget plasmó con su cámara fotográfica.

Becker toma todos estos elementos y los lleva a su redil. El director retrata a la Belle Époque desde la asepsia, sin ornatos. Su mirada huye de los ideales creados por la pintura o la literatura. Se aproxima a la crónica negra de la época. Otorga a sus personajes un aspecto acorde con su condición social. Mientras que Manda luce el atuendo propio de un obrero de la época, Leca hace ostentación de la posición que ha logrado alcanzar gracias a las prácticas delictivas de su banda. Por su parte, establece una barrera entre las clases más acomodadas y los protagonistas de la historia, cuyas historias personales están vinculadas siempre a la marginación.

El director manifiesta un gran sentido de la narración. Un simple e idílico paseo en lancha a través de las apacibles aguas de un río, con parada en un baile al aire libre, desemboca en una historia narrada con un ritmo sostenido y que permite mantener la tensión hasta al mismo instante en que la película toca a su fin de un modo desgarrador. Los diálogos son rotundos y punzantes. Para Becker menos es más, rechaza lo nimio y evita poner en boca de sus personajes monólogos que tan sólo interrumpirían el equilibrio de toda la obra.

Fotograma

En su lugar opta por prestar más atención a los gestos, a las miradas y a los detalles. Recurre al plano corto para describir escenas como la pelea entre Manda y Roland, donde la navaja adquiere todo el protagonismo y que, guardando las distancias, recuerda a uno de los pasajes más dramáticos de la olvidada película anarquista «Barrios bajos» (íd., 1937), de Pedro Puche. Robert Lefebvre se encarga de la fotografía. Por su parte, Marguerite Renoir, esposa de Jean Renoir, es la encargada del montaje.

Jacques Becker resuelve con soltura una historia de folletín donde es sencillo caer en los tópicos o clichés. Simone Signoret encabeza el reparto. Encarna a Marie, epicentro de toda la acción. Signoret sella una de las mejores interpretaciones de su carrera. Sin ir más lejos, su trabajo fue premiado con un premio de la Academia Británica de Cine. La actriz despliega todo su talento y belleza en la pantalla. El guión de Becker le otorga la categoría de ser deseada por los principales protagonistas de la historia. Ella resuelve las circunstancias con soltura apelando a la convicción de sus gestos y a la intensidad de su mirada, aspecto en el que incide el director en varias ocasiones.

El actor y cantante Serge Reggiani, que interpreta a Manda, es el otro peso pesado del reparto de «París, bajos fondos». Su personaje está repleto de luces y sombras. Becker lo presenta al inicio de la película como un antiguo delincuente que ahora prefiere ganarse la vida honradamente. Su encuentro con Marie le conducirá irremisiblemente de nuevo al mundo del hampa. A pesar de que sus fines son encomiables, las consecuencias serán caras.

Por su parte, Claude Dauphin, que se encarga del papel de Leca, completa el triángulo del duelo interpretativo de la película. El actor francés logra transmitir toda la mezquindad y la ausencia de escrúpulos de Leca, quien aplica el código del hampa pero al mismCubiertao tiempo posee la entereza suficiente como para infringirlo en busca de su beneficio.

«París, bajos fondos» fue incapaz de cautivar al público francés. Por el contrario, la película pasa por ser el mayor éxito en el extranjero de Jacques Becker. La crítica le echo en cara el haber hecho hincapié en la creación de una atmósfera concreta en detrimento de incidir en la psicología de los personajes. Bien es cierto que Becker obvia cualquier síntoma de patetismo en la obra y opta por la vía de lo aséptico. Sin embargo, «París, bajos fondos» es quizá su mejor película -en la que alcanzó su máximo grado de madurez- y su legado más influyente en las posteriores generaciones de cineastas, especialmente entre los integrantes de la Nouvelle vague.

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