El elogio de la sombra, la belleza de la penumbra

La era Meiji, comprendida entre 1868 y 1912, supuso una profunda remodelación de la sociedad japonesa. Durante ese periodo, los nipones dejaron atrás el sistema feudal en el que estaban inmersos desde 1600, año en el que se había establecido el shogunato Tokugawa. Bajo la tutela del emperador Meiji, Japón se industrializó, fueron abolidos los privilegios de los samuráis, se estrecharon lazos con Occidente y el país se convirtió en una potencia mundial tras sus victorias en la Primera Guerra Sino-Japonesa y en la Guerra Ruso-Japonesa. «Las transformaciones acaecidas después de la Restauración Meiji corresponden, como poco, a la evolución de tres o cinco siglos de los tiempos pasados», Cubiertaseñala el escritor Junichiro Tanizaki en su ensayo «El elogio de la sombra» (Siruela, 2013). En esta obra, publicada en 1933, Tanizaki analiza el concepto de belleza tradicional japonesa frente a la galopante influencia occidental a través de la arquitectura, las cualidades de los objetos y el teatro.

Tanizaki nació en 1886 en la recién estrenada capital Tokio. Allí se crió, realizó sus estudios y publicó sus primeras obras literarias. Durante su juventud, fue testigo de los abruptos cambios de su país y fue cautivado por el influjo occidental. Tras un periodo en Odawara, se trasladó a Yokohama, donde residía una importante colonia de extranjeros con la que pronto se entremezcló adoptando un estilo de vida bohemio y despreocupado. El 1 de septiembre de 1923 sobrevivió al gran terremoto de Kanto pero su vivienda fue devastada, motivo por el cual se trasladó a Kioto. El seísmo provocó graves daños en los edificios y vecindarios históricos del Tokio que le había visto crecer. Los acontecimientos le apartaron de su énfasis por la modernidad y fue seducido por los códigos estéticos y la cultura japonesa.

«El elogio de la sombra» es fruto de su nueva actitud. La idea central de su ensayo es la importancia capital que la cultura japonesa tradicional aporta a los efectos de la sombra, mientras que en Occidente la luz siempre ha estado asociada a lo bello. Partiendo de esta premisa, Tanizaki describe minuciosamente la arquitectura nipona, el color de las lacas, las veladuras de las tintas chinas, la pureza del vestuario del teatro nō frente a los excesos del kabuki o los enigmas del ideal de belleza femenino anterior a la restauración Meiji. Su ensayo sobre lo bello resalta la importancia que el Japón tradicional aporta al vacío, al paso del tiempo manifestado a través de la pátina que cubre los objetos metálicos o a la belleza indescriptible del candelabro que ilumina con su luz tintineante los shòji o tabiques móviles de madera y papel.

Consciente de los tiempos que corrían por aquel entonces -en los que era más sencillo dejarse llevar por la modernidad que aferrarse a un ideal estético en vías de desaparición-, Tanizaki advierte al lector de las complicaciones a las que tendrá que plantar cara si quiere edificar una casa al más puro estilo japonés. Aunque elogia los avances tecnológicos y su capacidad para facilitar la vida, el autor describe la incompatibilidad de las instalaciones y aparatos eléctricos con las construcciones tradicionales así como el empleo de materiales como el cristal en lugar de tabiques de papel. Tanizaki apela a la contemplación y a la búsqueda de las sensaciones enriquecidas por el culto a lo delicado o, si se prefiere, por lo minimalista.

Tanizaki halla en lo más mundano la máxima expresión del refinamiento japonés. Para ello se deleita en el profundo análisis de los retretes tradicionales nipones, construidos con madera en medio de la penumbra vertida por pequeños bosquecillos concebidos en los jardines. «Es el mejor lugar para gozar de la punzante melancolía de las cosas en cada una de las cuatro estaciones y los antiguos poetas de haiku han debido de encontrar en ellos innumerables temas», enfatiza.

Tanizaki

En «El elogio de la sombra», Tanizaki se plantea cuáles serían las consecuencias si Oriente y Occidente hubieran desarrollado civilizaciones científicas diferenciadas. «Occidente ha seguido su vía natural para negar su situación actual, pero nosotros, colocados ante una civilización más avanzada, no hemos tenido más remedio que introducirla en nuestras vidas y, de rechazo, nos hemos visto obligados a bifurcarnos en una dirección diferente a la que seguíamos desde hace milenios», sostiene. El escritor reconoce los escasos progresos tecnológicos del Japón del primer cuarto del siglo XX y defiende la postura según la cual, tarde o temprano, los japoneses habrían creado objetos adaptados a sus necesidades. Para ello destaca, por ejemplo, al cine nipón frente al extranjero. «Difiere del americano tanto como del francés o del alemán por los juegos de sombras, por el valor de los contrastes. […] La originalidad del genio nacional se revela ya en la fotografía», comenta y añade que el empleo de tecnología occidental ha desnaturalizado el arte japonés.

Para Tanizaki, lo bello reside en los reflejos profundos y algo velados frente a los brillos superficiales y gélidos. La pátina del tiempo y del uso aporta un plus de belleza a los objetos. «Es innegable que en el buen gusto del que alardeamos entran elementos de una limpieza algo dudosa», reconoce. El autor asegura que la belleza de las vajillas lacadas tan sólo puede ser apreciada gracias a la oscuridad, quizá debido a que esos útiles fueron creados en una época en la que los espacios iluminados con velas o lámparas de aceite daban lugar a un mundo donde la penumbra contribuía a crear espacios casi oníricos y a resaltar sus cualidades estéticas. «Si la cocina japonesa se sirve en un lugar demasiado iluminado, en una vajilla predominantemente blanca, pierde la mitad de su atractivo», recalca.

Ese gusto por lo crepuscular y lo sombrío se aprecia en el toko no ma, un espacio de la vivienda japonesa concebido para resaltar las propiedades de la sombra y reservado para colocar una pintura o dibujo así como un bonsái o un arreglo floral. Tanizaki señala que el misterio de Oriente reside precisamente en el universo de las sombras, también palpable en el teatro nō, la forma clásica más antigua de las artes escénicas japonesas. Los actores de emplean ropajes de tonos apagados que tan sólo permiten mostrar su cabeza y manos. «Se puede encontrar belleza en un rostro totalmente artificial, pero nunca se experimentará la impresión de autenticidad que produce la belleza sin maquillaje», explica en detrimento del kabuki, género teatral donde prevalecen los colores vivos.

A este respecto comenta que en el bunraku, o teatro de marionetas de Osaka, subyace el tradicional ideal de belleza femenino nipón. Las mujeres pertenecientes a las clases pudientes eran confinadas en habitaciones bañadas por la penumbra y ataviadas con ropas de tonos apagados que apenas suponían una trCubierta 2ansición entre las sombras y el tono de la piel. «Para los que celebran la triunfante belleza del desnudo de la mujer moderna, debe ser muy difícil imaginar la belleza fantasmal de aquellas mujeres», subraya. No en vano, con el afán de evitar contrastes indebidos y de que sus rostros permanecieran sumidos en ese mundo de sombras, incluso se afeitaban las cejas y se pintaban los dientes de color negro.

Tanizaki escribió «El elogio de la sombra» en una época en la Japón había abrazado el progreso de un modo, en ocasiones, irresponsable. En su ensayo recoge, por ejemplo, la sorpresa que le provocó a Albert Einstein comprobar que las farolas próximas al monasterio de Ishiyama estaban encendidas incluso de día. Asimismo, lamenta la incursión occidental en costumbres milenarias como la contemplación al aire libre de la luna de otoño. «Hechos como éste demuestran el grado de intoxicación al que hemos llegado, hasta el punto de que parece que nos hayamos hecho extrañamente conscientes de los inconvenientes del alumbrado abusivo», advierte.

En la actualidad, en medio de una sociedad donde la tecnología ha alterado profundamente incluso las relaciones sociales, resultan cuando menos premonitorias las palabras de Tanizaki quien, a pesar de no oponerse a los nuevos tiempos, sí invitaba al progreso responsable y a resucitar ese mundo de sombras que se estaba disipando con pasos de gigante. «Algunos pretenden que el progreso no puede detenerse y que el día en que todos los transportes se hagan por el aire o bajo tierra, las calles recuperarán su anterior tranquilidad, pero estemos seguros de que en ese día se habrá inventado algún nuevo instrumento para torturar a los viejos».

Anuncios

Una respuesta a “El elogio de la sombra, la belleza de la penumbra

  1. Pingback: In Memoriam: 50 años sin Junichiro Tanizaki. | Algún día en alguna parte·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s