La escalera de Jacob, experiencias próximas a la muerte

«Tuvo un sueño. Veía una escalera que, apoyándose en la tierra, tocaba con su cima en el cielo, y por la que subían y bajaban los ángeles de Yavé». El libro del Génesis describe así en el versículo 12 del capítulo 28 la ensoñación experimentada por Jacob de Berseba durante su viaje a Jarán. Este episodio del Antiguo Testamento sirve como referencia para la compleja trama del film de terror psicológico «La escalera de Jacob» (Jacob’s ladder, 1990), de Adrian Lyne, una obra de culto en la que también están presentes elementos del credo budista y teorías de la conspiración vinculadas al empleo de drogas sintéticas como arma de guerra.

El difuso mundo de las ensoñaciones está muy presente en esta película. Sin ir más lejos, el escritor Bruce Joel Rubin redactó su guión a principios de la década de los ochenta justo de después de soñar que se quedaba atrapado en el metro. «La escalera de Jacob» narra el viaje al infierno deLa escalera de Jacob un veterano de la guerra de Vietnam, Jacob Singer (Tim Robbins), que es asaltado por los fantasmas del pasado. A la par que trata de esclarecer una acción de combate en la que varios de sus compañeros fallecen y él sufre graves heridas, se interna en un mundo salpicado por alucinaciones en el que confluyen el dolor por la muerte de su hijo Gabe (Macaulay Culkin) y las sospechas de que se ha sido utilizado como cobaya en unos experimentos con drogas por parte del ejército.

La vida más allá de la muerte así como los temas de corte metafísico están muy presentes en los guiones de Bruce Joel Rubin, quien vivió durante dos años en un templo budista de Nepal. Su trabajo más reconocido es el guión original de «Ghost: más allá del amor» (Ghost, 1990), estrenada el mismo año que «La escalera de Jacob». Rubin también trata esta temática en los guiones de «Proyecto Brainstorm» (Brainstorm, 1983) –último largometraje protagonizado por la malograda Natalie Wood– y «Amiga mortal» (Deadly friend, 1986), un título de interés nulo.

A lo largo de toda la década de los ochenta, Rubin trató sin éxito de vender el guión de «La escalera de Jacob». A pesar de que varios directores –entre ellos Sydney Lumet y Ridley Scott– manifestaron su interés, ninguno fue capaz de dar el paso adelante para llevar su historia a la gran pantalla. Y es que, en aquellos momentos Hollywood era reticente a las historias de alto contenido metafísico. Sin embargo, está tendencia cambiaría poco después con el éxito en las taquillas de la lacrimógena «Ghost». En 1986, la Paramount se hizo con el guión. Dos años más tarde, llegó a manos del director Adrian Lyne, quien decidió darle una oportunidad en lugar de dirigir «La hoguera de las vanidades» (The bonfire of the vanities, 1990), proyecto que sería finalmente entregado a Brian de Palma. Por su parte, Paramount abandonaría el proyecto que, al final, sería producido por Carolco, compañía que otorgaría una gran libertad creativa a Lyne y que pondría veinticinco millones de dólares sobre la mesa.

Joel Rubin afronta el guión de «La escalera de Jacob» como una interpretación de «El libro tibetano de los muertos» o «Bardo thodol». «El horror de la película sería la revelación de que la esperanza es el último tormento del infierno, que la vida es un sueño que termina una y otra vez con la verdad final: que nunca fue real, que todos somos criaturas atrapadas en el sufrimiento eterno», explicó el guionista. Asimismo, el guión original de Rubin estaba salpicado de referencias al Antiguo Testamento. En concreto, Rubin empleó un concepto del infierno tradicionalmente bíblico habitado por demonios con cuernos, rabo y alas. Lyne desestimó a las primeras de cambio esta concepción al considerar que podría se incluso catalogada de cómica.

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A este respecto, Lyne optó por una interpretación más terrenal, e incluso más aterradora, de los demonios que aparecen a lo largo del metraje. Entre las referencias visuales empleadas por el director se encuentran la obra fotográfica de Joel-PeterWitkin y Diane Arbus así como las pinturas de Francis Bacon. Del mismo modo, también se inspiró en las malformaciones congénitas producidas por el consumo de la talidomida, un sedante comercializado a finales de los cincuenta y principios de los sesenta cuyo objetivo era calmar las nauseas de las embarazadas durante los primeros meses de la gestación.

Durante el proceso de documentación, el director profundizó en los documentales existentes sobre la guerra de Vietnam y analizó numerosos testimonios sobre experiencias próximas a la muerte. Cabe señalar que tanto Rubin como Lyne también se inspiraron en el cortometraje «La riviére du hibou» (íd., 1962), de Robert Enrico, quien a su vez se basaba en el relato «Incidente en el puente de Owl Creek» (1891), de Ambrose Bierce. Esta narración, incluida en el libro «Cuentos de soldados y civiles», describe los últimos momentos de un sureño que va a morir ahorcado en un puente de Alabama.

Otro de los temas introducidos por Lyne está relacionado con el empleo de drogas sintéticas como arma en tiempos de guerra. En los créditos finales, el director añadió un mensaje en el que hace referencia al rumor según el cual, durante la guerra de Vietnam, fue empleado el agente químico BZ, una sustancia incapacitante que causa confusión, parálisis y alucinaciones. Lyne se ilustró sobre el uso militar de sustancias psicotrópicas con la obra «Sueños ácidos. La historia social completa del LSD: la CIA, los sesenta y más», de Martin A. Lee y Bruce Shlain.

Por otra parte, Lyne suprimió varias escenas del guión original y modificó otras. Uno de los pasajes modificados por el director es la escena en la que se juega con la idea de la escalera de Jacob propiamente dicha. Rubin había previsto que estuviese marcada por la monumentalidad y la solemnidad. Por el contrario, Lyne optó por aportarle un carácter más mundano y doméstico. Cabe señalar que, tras las primeras proyecciones de la película, Lyne decidió suprimir más fragmentos del metraje al considerar que este era excesivo. En concreto, se decidió prescindir de veinte minutos.

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Tim Robbins, quien hasta ese momento había sido encasillado en papeles cómicos, encabeza el reparto de la película poniéndose en la piel del atormentado veterano Jacob Singer. Previamente, el papel había sido ofertado a Don Johnson y Mickey Rourke. Ambos los rechazaron. Asimismo, otros intérpretes como Richard Gere, Dustin Hoffman o Al Pacino habían manifestado su interés en el trabajo. Por su parte, unas trescientas actrices acudieron al casting para interpretar a Jezzie, la novia de Jacob Singer. Entre ellas se encontraban conocidos rostros como Madonna, Demi Moore, Julia Roberts o Jennifer López. Finalmente, Elizabeth Peña fue la seleccionada.

Robbins es el único de todo el elenco de actores que desprende ciertos destellos. Aunque su interpretación alcanza altas cotas de dramatismo en algunas de las escenas de más tensión psicológica, falla a la hora de convencer en el conjunto final. A pesar de todo, su trabajo se encuentra a años luz del de Elizabeth Peña o del de Danny Aillo, que encarna al inquietante quiropráctico de Jacob Singer.

La película fue rodada a caballo de Nueva York y Puerto Rico. Los actores que aparecen en las escenas de Vietnam fueron sometidos a un entrenamiento militar de cinco días bajo la tutela del veterano Dale Dye, quien ya había ejercido como asesor en el rodaje de «Platoon» (íd., 1986) de Oliver Stone.

Jeffrey L. Kimbal y Tom Rolf fueron los encargados de la dirección de fotografía y del montaje, respectivamente. Todos los efectos especiales fueron rodados en vivo por lo que no hubo trabajo de post-producción. A modo de curiosidad, cabe señalar que las escenas en las que los personajes sacuden violentamente su cabeza mientras el resto de cuerpo permanece inmóvil fuerEscalera de Jacob 2on rodadas a cuatro fotogramas por segundo y posteriormente fueron proyectadas a la velocidad habitual de veinticuatro fotogramas por segundo.

«La escalera de Jacob» es considerada una de las mejores películas de terror de las últimas décadas. Sin embargo, Lyne falla a la hora de exprimir todo el potencial que ofrece la ambiciosa historia escrita por Rubin. La trama se torna farragosa por momentos. No obstante, al final, el director logra encajar todas las piezas de un complicado puzzle construido a base de flashbacks así como de sueños y donde nada es lo que parece. El misticismo y la espiritualidad del guión original se ven empañados por escenas resultonas como la del hospital sembrado de miembros cercenados o el baile cargado de erotismo entre Jezzie y un demonio. Con todas sus virtudes y sus errores, «La escalera de Jacob» es un film que –divagaciones del director aparte- logra secuestrar la atención del espectador desde el principio hasta el final. Y es que, al igual que le sucede al protagonista, la necesidad de una respuesta se acrecienta con cada minuto que transcurre como ustedes mismos pueden comprobar.

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