Vanishing point, el culto al muscle car

La corta pero intensa historia de los Estados Unidos –un país con ni siquiera dos siglos y medio de antigüedad- está apuntalada por toda una suerte de mitos surgidos al calor de la cultura popular. El cine y la televisión han contribuido a forjar este universo configurado por toda una suerte de héroes y villanos así como productos insignes de la potente industria norteamericana. El automóvil, cuya cuna fue en su día la hoy desvanecida Detroit, es uno de esos fetiches erigidos como símbolo del progreso. Son muchos los ejemplos de vehículos elevados a la categoría de objeto de culto. La industria cinematográfica está salpicada por numerosos casos, desde el Ford Mustang GT Fastback 390 pilotado por Steve McQueen en la legendaria «Bullit» (íd., 1968) hasta las flamantesVanishing point Harley Davidson de «Easy rider (Buscando mi destino)» (Easy rider, 1969), pasando por el Dodge Charger bautizado como General Lee en la alocada serie de televisión «The Dukes of Hazzard».

A finales de la década de los sesenta, en plena era de la contracultura, el género road movie centró su atención en la figura del muscle car, automóviles de precios asequibles, carrocerías deportivas y potencia endiablada. Estos vehículos suponían una ruptura en la industria automovilística y se alzaban como un signo de identidad de una juventud dispuesta a diferenciarse de las generaciones precedentes. Entre las road movies de este periodo destaca una en concreto: «Vanishing point» (íd., 1971), de Richard C. Sarafian y conocida en España como «Punto límite: cero».

«Vanishing point» narra el viaje iniciático emprendido por Kowalski (Barry Newman), el conductor de una agencia de vehículos con base en Denver (Colorado). Kowalski, cuyo pasado está salpicado por numerosos fracasos, apuesta que es capaz de conducir al volante de un flamante Dodge Challenger R/T 440 Magnum entre Denver y San Francisco en apenas quince horas. Su desafío lo convertirá en objeto de una persecución sin cuartel a través de las polvorientas carreteras del Suroeste estadounidense, donde cruzará su camino con toda una suerte de personajes estereotipados de la contracultura. Ayudado por un disc jockey invidente, Super Soul (Cleavon Little), Kowalski pisará el acelerador en su búsqueda de la libertad.

Tras el guión de «Vanishing point» se esconde el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, quien firma el texto con el pseudonimo Guillermo Caín. El novelista antillano adapta un relato escrito por Michael Hart. Cabrera Infante acude a elementos propios de la contracultura como el consumo de drogas, la libertad sexual, la música y la ruptura con el orden establecido. Describe el paisaje inmediatamente posterior al cenit del movimiento hippie, marcado por el desamparo propiciado por la guerra de Vietnam. Por su historia circulan motoristas, comunidades cristianas que han elegido al desierto como su lugar de retiro espiritual, habitantes de las desangeladas poblaciones del Suroeste, cazadores de serpientes, jóvenes en busca de la libertad, autostopistas y ejecutores de la ley.

Durante los primeros compases de la narración, Cabrera sitúa al espectador en los estertores de la enigmática carrera contra el tiempo emprendida por Kowalski y narrada a través de un flash-back prolongado hasta los últimos segundos del metraje. A lo largo de la película, se desgranan numerosos aspectos del pasado del protagonista que contribuyen a verter luz sobre sus motivaciones si bien, nunca llegan a evidenciarlas de un modo coherente. En concreto, el trasfondo de Kowalski está marcado por sus fracasos como piloto de carreras, por su participación como soldado en la guerra de Vietnam, su compromiso frente a los abusos de poder y la muerte de su pareja sentimental, Vera (Victoria Medlin).

Es posible que tenga que decir mucho al respecto el propio título de la película. «Vanishing point» -cuya traducción literal al castellano significa punto de fuga– hace hincapié en ese horizonte lejano hacia el que Kowalski dirige su Dodge a modo de catarsis y materializado por el resquicio existente entre las cuchillas de los dos bulldozers empleados por la policía para frenar en seco su fuga en la localidad de Cisco. Es indispensable tener en cuenta el contexto histórico en que fue rodado el film. En plena era Nixon, Estados Unidos arrastraba varios años de intervención en el Sudeste Asiático. Mientras, cualquier conato de rebeldía era aplastado con puño de acero. Si en «Easy rider» sus dos protagonistas buscaban su ideal de libertad a lomos de dos motos, en «Vanishing point» esa búsqueda se cataliza a través del desafío a la autoridad, que no va más allá de infringir el límite de velocidad permitido. Al igual que las desproporcionadas respuestas del sistema a las manifestaciones estudiantiles de la época, las fuerzas del orden responden con una caza que en ocasiones roza lo histriónico y ante la que Kowalski, puesto hasta los tuétanos de anfetaminas –speed para ser más concretos-, no se rendirá.

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Sarafian se embarcó en el rodaje de «Vanishing point» justo después de rechazar la dirección de «El descenso de la muerte» (Downhill racer, 1969), dirigida finalmente por Michael Ritchie e interpretada por Robert Redford y Gene Hackman. Precisamente, Hackman fue su primer candidato para interpretar a Kowalski. No obstante, la productora 20th Century Fox le invitó a optar por Barry Newman, cuyo rostro era mucho menos conocido y podría ser identificado por el público con el ciudadano norteamericano de a pie.

El film contó con un presupuesto de un millón y medio de dólares. Fue rodado durante veintidós días en varias localizaciones de Nevada, Utah y Colorado. «Vanishing point», considerada película de culto, basa su punto fuerte en la cuidada fotografía dirigida por John A. Alonzo, conocido, entre otros, por su trabajo en «Chinatown» (íd., 1974), de Roman Pollanski. Alonzo retrata el desierto con un exquisito equilibrio entre las luces y las sombras. Su tratamiento recuerda a la obra de los fotógrafos estadounidenses de los años setenta inspirados por la Farm Security Administration de la época de la Gran Depresión así como por el color de William Eggleston. Alonzo introduce la cámara dentro del vehículo de Kowalski y opera con ella a media velocidad para después, durante el trabajo de edición, simular que los vehículos circulan más rápido. Asimismo, recurre al uso del teleobjetivo y el zoom, tan extendidos en aquel momento.

El reparto de actores cuenta con la presencia de intérpretes como Cleavon Little, el apasionado disc jockey que a través de las ondas tiende su mano a Kowalski y que será objeto de una brutal paliza con tintes racistas; Dean Jagger, que encarna a un cazador de serpientes; John Amos, que da vida a un ingeniero de sonido; o Karl Swenson, el jefe de la agencia para la que trabaja Kowalski. Del mismo modo, en la versión proyectada en el Reino Unido aparece Charlotte Rampling, que interpreta el papel de una joven autostopista. La productora decidió suprimir en los Estados Unidos las escenas en las que aparecía la actriz británica y en las que se presentaba a Kowalski como una metáfora de la muerte.

La cultura rock está muy presente a lo largo de todo el metraje de la película. Sin embargo, su banda sonora carece de composiciones de músicos de primer orden como si sucedía, por ejemplo, en «Easy rider». Sarafian pretendía utilizar la mayor parte de los cortes del disco «Motel shot» (Atco, 1971), de Delaney & Bonnie and Friends. Sus deseos se estrellaron contra la barrera interpuesta por la productora, que se negaba a gastar cuantiosas sumas de dinero en la adquisición de los derechos de las canciones. De este modo, la presencia de Delaney & Bonnie and Friends se limitó tan sólo a su composición «You got to believe», interpretada durante la escena de la comunidad cristiana. La banda sonora incluye también otros cortes como «Mississippi Queen», de Mountain; «Sing out for Jesus», interpretada por Big Mama Thornton; o «Nobody knows», de Kim & Dave. Por su parte, la música original fue compuesta por Jimmy Bowen.

Vanishing

La crítica fue implacable con «Vanishing point». Se llegó a señalar que tan sólo era interesante para los amantes de los automóviles y que era aburrida. Roger Greenspun, crítico del New York Times, comentó textualmente que «la cosa más bonita de la película son las mujeres» y que «no representa la libertad del alma, sino una punzada por estar atrapado en Nueva York perdiéndose a todas esas grandes chicas de Colorado, Utah, Nevada y California». Sería descabellado considerar al film de Sarafian una obra de arte. Sin embargo, «Vanishing point» ha envejecido con cierta dignidad, al contrario que muchas otras de las road movies pertenecientes a ese periodo y situadas –en la mayoría de los casos- a años luz de basura como la saga «A todo gas» (Fast & Furious, 2001-2013). En 1997 Charles Robert Carner estrenó un remake interpretado por Viggo Mortensen y carente del más mínimo interés.

Película estrella durante años de los autocines de la extensa geografía norteamericana, «Vanishing point» ha sido fuente de inspiración para numerosos artistas. Steven Spielberg, quien la considera uno de sus films favoritos, estrenaría ese mismo año «El diablo sobre ruedas» (Duel, 1971), una de las obras cumbre del cine de carretera. Del mismo modo, Quentin Tarantino le rendiría homenaje en su film «Death proof» (íd., 2007). Por su parte, la influencia de la obra de Sarafian ha sido reconocida por grupos musicales como Primal Scream, Guns N’ Roses o Audioslave.

Dodge Challenger, el diablo blanco

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La presencia del Dodge Challenger R/T 440 Magnum en «Vanishing point» convirtió al automóvil de Chrysler en un icono. Su elección fue fruto de un convenio entre la empresa automovilística y 20th Century Fox mediante el cual la productora podía hacer uso de sus coches en sus películas por tan sólo un dólar al día.

En concreto, fueron empleados cuatro Dodge Challenger R/T 440 de cuatro marchas y un 383 de cambio automático, utilizado en muchos de los planos exteriores. Los vehículos fueron puestos a punto por Max Balchowsky, encargado también del Ford Mustang de Steve McQueen en «Bullitt». Asimismo, fueron pilotados por el especialista Carey Loftin, que también se encargó de coordinar las acrobacias del resto de vehículos.

A pesar de que los Dodge Challenger prestados por Chrysler estaban pintados de diferentes colores, todos fueron repintados en blanco para que destacasen en las escenas del desierto. Del mismo modo, cabe señalar que también fue empleado un Chevrolet Camaro de 1967 desprovisto de motor y transmisión en la escena final.

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6 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Una década que nació cansada los setenta, con la carretera como el último espacio libre. La verdad es que le tengo mucha simpatía a las road movies existencialistas de esta época, como la presente o ‘Carretera asfaltada en dos direcciones’. Me resultan muy atractivas.

    1. Apunto en la lista de pendientes “Carretera asfaltada eb dos direcciones”. Gracias por la aportación.

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