El salario del miedo, un vals con la muerte

El miedo adopta formas muy variadas. Quizá uno de los temores más extendidos y que atenaza a la mayoría de los mortales es el pánico a quedarse descolgado de un sistema que mide el éxito del individuo en función de su estatus social y de su poder adquisitivo. Este pavor –tan en boga- da pie a situaciones como la descrita por Henri-Georges Clouzot en su angustiosa y a la par magnífica película «El salario del miedo» (Le salaire de la peur, 1953). En este film, considerado una de las obras maestras del cine de los cincuenta, Clouzot mete el dedo en la llaga del capitalismo más soez y aberrante. Ese capitalismo carente de moralidad para el cual todo tiene un precio, hasta la vida de un semejante.

«El salario del miedo» se ambienta en la aldea de Las Piedras, un rincón perdido en medio de la extensa geografía sudamericana. Allí han ido a parar toda una suerte de apátridas europeos en busca del porvenir. En su lugar, se han encontrado con un callejón sin salida donde escasea el trabajo y el poco existente es mal pagado. Los días transcurren con más pena que gloria hasta que, una aciaga jornada, la suerte de un puñado de ellos da un giro de ciento ochenta grados. Se ha desatado un incendio en un pozo petrolífero que una compañía estadounidense posee a centenares de millas de la aldea. El tiempo corre en contra de la empresa, que debe retomar el control de la situación lo antes posible. En esa tesitura ofrece empleo a cuatro hombres que estén dispuestos a conducir dos camiones cargados con varias toneladas de nitroglicerina necesarias para apagar las llamas. Los franceses Mario (Yves Montand) y Jo (Charles Vanel), el holandés Bimba (Peter van Eyck) y el italiano Luigi (Folco Lulli) son seleccionados para llevar a buen término la peligrosa tarea. El camino se convertirá en un calvario.

Durante la ocupación nazi, Clouzot trabajó como guionista y director para la compañía alemana Continental Films. Es en esa época cuando dirige la controvertida película «El cuervo» (Le corbeau, 1943), que narra la historia de una ciudad de provincias donde han comenzado a circular unos truculentos anónimos. El film desató las críticas del gobierno de Vichy, de la iglesia católica y de la resistencia. Una vez liberado el país, Clouzot fue acusado de colaboracionismo y se le prohibió rodar durante dos años. En 1947, tras finalizar su castigo, retomó su trabajo con «En legítima defensa» (Quai des orfevres, 1947), a la que seguirían «Manon» (íd., 1949) y «Miquette et sa mère» (íd., 1950). «El salario del miedo» es el cuarto film dirigido por el director galo después de ser rehabilitada su figura.

Clouzot comenzó a trabajar en esta película a su regreso a Francia tras un viaje a Brasil, donde contrajo matrimonio con su esposa, la actriz Vera Clouzot. Georges Arnaud, un expatriado que residió durante varios años en Venezuela, publicó en 1950 la novela «El salario del miedo», basada en sus experiencias. El director se enamoró de la historia, en cuya adaptación comenzó a trabajar junto a su hermano, Jean Clouzot, también conocido como Jérôme Geronimi.

El guión de Clouzot y Geronimi se divide en dos partes claramente diferenciadas. En la primera, se describe la vida en la aldea de Las Piedras así como las relaciones entre sus habitantes y se profundiza en el perfil psicológico de los protagonistas. Se trata de una introducción que, si bien, ocupa alrededor de cincuenta minutos del metraje, sienta las bases de la narración de un modo pulcro y distendido. Acto seguido, la historia se centra en el penoso viaje de los cuatro elegidos. Haciendo gala de un cuidado manejo de los tiempos así como de los recursos técnicos, el film se impregna por la angustia y, por qué no decirlo, por el terror a la muerte. La tensión se mantiene hasta los últimos segundos de la película, cuyo desenlace –sincero donde los haya- deja claro que la vida dista mucho de ser uno de los relatos de final feliz a los que el cine comercial actual recurre con tanta frecuencia.

Cartel 2

La producción de la película se prolongó durante 1951 y 1952. Con el objeto de gozar de una mayor libertad creativa, Clouzot creo su propia productora, bautizada como Vera Films en honor de su esposa, para quien también creó el único papel femenino del reparto: Linda. El director tenía previsto rodar en España. Sin embargo, sus planes chocaron con la militancia del actor principal, Yves Montand, quién se negó de raíz a trabajar en tierras españolas mientras Franco estuviese en el poder. En su lugar, se optó por realizar el rodaje en La Camarga francesa, en los alrededores de Saint-Gilles. Allí fue erigida la aldea de Las Piedras.

El rodaje arrancó a finales de agosto de 1951. Estaba previsto que se prolongase a lo largo de nueve semanas pero las caprichosas condiciones meteorológicas impidieron que esto fuera posible. Sin ir más lejos, las lluvias y fuertes vientos registrados durante esos días arruinaron en repetidas ocasiones el set e impidieron que los vehículos pudieran circular por los farragosos caminos. A todo esto cabría sumar un accidente en el que perecieron dos miembros del equipo y por el cual Vera Clouzot cayó enferma. Asimismo, Henri-Georges Clouzot también se fracturó un tobillo. El resultado fue un paro obligatorio de seis meses que disparó el presupuesto de la película cincuenta millones de francos por encima de lo previsto. Finalmente, el rodaje sería completado en el verano de 1952.

La presencia de Yves Montand al frente del reparto fue una apuesta personal de Clouzot. Cabe recordar que, por aquellas fechas, Montand era conocido, sobremanera, por su faceta como cantante. Montand había debutado en la gran pantalla de la mano de Marcel Carné en el film «Las puertas de la noche» (Les portes de la nuit, 1946). Montand encarna a Mario, un buscavidas sin escrúpulos dado a cobijarse a la sombra del árbol más grande. Se trata de un machista empedernido movido por el interés y por las ansias de abandonar la mugrienta aldea a donde han ido a parar sus huesos. Tan sólo en los últimos compases de la película trascenderá su humanismo como fruto de las penosas condiciones del viaje con la muerte a sus espaldas. Su interpretación, digna de elogio, premia al espectador con un antihéroe de los que hacen escuela.

Charles Vanel interpreta a Jo, «El Terror», un trasunto de matón que llega a Las Piedras tras huir de Tegucigalpa con lo puesto. Su mal carácter, así como sus artimañas para hacerse respetar, le confieren un aura de intocable en el pueblo. Pronto se gana la amistad de Mario, a quien acompañará a bordo de uno de los dos camiones. Durante el viaje saldrá a la luz su verdadera personalidad, la de un ser cobarde y sumiso incapaz de soportar la tensión. Su papel fue previamente rechazado por Jean Gabin, quien consideró que sus seguidores no le perdonarían el interpretar a un miedoso.

Fotograma

Montand y Vanel son complementados a la perfección por Peter van Eyck, que da vida a Bimba –un sobreviviente del holocausto- y Folco Lulli, el vivaz calabrés cuya vida tiene los días contados tras años de trabajo en condiciones infrahumanas. Vera Clouzot completa el reparto con su debut en la gran pantalla. Se pone en la piel de Linda, una joven que trabaja en un hotel y que está perdidamente enamorada de Mario. La carrera de la actriz se vería truncada repentinamente el 15 de diciembre de 1960, cuando falleció a los cuarenta y seis años de edad como consecuencia de un infarto. Tan sólo llegó a participar en tres películas de su marido.

«El salario del miedo» se estrenó el 22 de abril de 1953 en Francia. La película sufrió la inclemencia de la censura en los Estados Unidos, donde no fue posible ver la versión sin cortes hasta principios de la década de los noventa. En concreto, fueron suprimidos unos cuarenta minutos del metraje original al considerar que contenían un marcado mensaje anti-americano. Nada más lejos de la realidad si, haciendo gala de una corta amplitud deCartel 3 miras, se entiende a la actitud crítica del director como un atentado contra los intereses y las prácticas norteamericanas. Y es que Clouzot deja clara su postura. En la película se retrata de un modo desgarrador el modo de actuar de las compañías petroleras en los países subdesarrollados. Clouzot va aún más allá y establece un discurso sobre las consecuencias directas del capitalismo más atroz. Resulta paradigmática la actitud del encargado de la explotación petrolífera quien, durante el proceso de selección de los conductores, invita a que los candidatos sean personas sin familia y desarraigadas para no tener que responder por sus vidas en caso de desgracia. También es cuando menos enigmática la escena en la que Mario y Jo se ven atrapados en una balsa de petróleo, entendido éste como fuente de riqueza y bienestar. A título anecdótico, señalar que durante el rodaje fue empleado crudo y tanto Montand como Vanel sufrieron conjuntivitis por estar expuestos a sus gases.

Frente a la censura norteamericana, el público galo respondió con una calurosa acogida llegando a rondar los siete millones de espectadores en todo Francia. «El salario del miedo» fue premiada en 1953 con la Palma de Oro en el Festival de Cine de Cannes y con el Oso de Oro en el Festival de Cine de Berlín, convirtiéndose de este modo en el primer film en conseguir ambos galardones.

En 1958, Howard W. Koch estrenó «Violent road» (íd., 1958), un remake de la película. Asimismo, en 1977, William Friedkin llevaría de nuevo la historia a los cines, en esta ocasión bajo el título «Carga maldita» (Sorcerer, 1977), un film que fue acortado hasta la saciedad y que supuso un gran varapalo económico.

«El salario del miedo» es una película que ha envejecido muy bien. No en vano, su mensaje sigue tan vigente como en la década de los cincuenta. Además, tanto sus diálogos como su esmerada fotografía, obra de Armand Tirad, le dotan, en cierto modo, de un aspecto atemporal.

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4 Respuestas a “El salario del miedo, un vals con la muerte

  1. Cierto, muy bien conservado y con mucha vigencia. Es desolador, abrasivo, cáustico. Como dices, un ataque frontal y despiadado contra el capitalismo. La vi por primera vez hace no mucho y el impacto que produce es brutal.

  2. La sensación de asfixiante desasosiego que se palpa en el itinerario de esos cuatro aventureros es impresionante. Sin duda, una película cumbre en la historia del cine europeo, que, tal y como comentáis, ha envejecido muy bien.
    Una entrada magnífica, Ignacio.

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