American Pop, el legado de la música americana

El director Ralph Bakshi demostró en la década de los setenta que el cine de animación para adultos podía resultar rentable. Tras iniciar su carrera profesional en el estudio Terrytoons y un breve periodo en Paramount Pictures, Bakshi fundó en 1968 su propia productora, Bakshi Productions. Su primer largometraje fue la controvertida película «El gato caliente» (Fritz the cat, 1972), inspirada en el cómic homónimo de Robert Crumb. Este film –considerado la película independiente de animación más exitosa de la historia- no tardó en ser catalogado como cine X dado su alto contenido en escenas explícitas.

Sus tres primeros largometrajes -«El gato caliente», «Heavy traffic» (íd., 1973) y «Coonskin (Street Fight)» (íd., 1975)- se desarrollan en ambientes urbanos. Sin embargo, en 1976 Bakshi dio un giro a su carrera y se adentró en la fantasía épica de la mano de su película «Los hechiceros de la guerra» (Wizards, 1977). A finales de ese mismo año, se embarcó en el ambicioso proyecto de llevar a la gran pantalla «El Señor de los Anillos» (The Lord of the Rings, 1978), en el que la archiconocida obra de J. R. R. Tolkien debería ser condensada en un único film. A pesar de este handicap, el film gozó de una gran acogida entre el público. Sin embargo, la tortuosa producción –marcada por las fricciones entre Bakshi y United Artists– invitó al director a volcarse en un trabajo más personal.

«American Pop» (íd, 1981) es el resultado de esta vuelta hacia una mirada más introspectiva y a la temática urbana de sus primeras películas. En «American Pop» Bakshi recorre ocho décadas de la historia de los Estados Unidos a través de su música y de los diferentes Americanacontecimientos que han jalonado el devenir del país norteamericano. Se trata de una original propuesta en la que la animación convive con viejos fragmentos de noticiarios cinematográficos, fotografías así como bocetos y en la que Bakshi recurre a la hoy «desfasada» técnica del rotoscopio.

«American Pop» cuenta la historia de cuatro generaciones de judíos vinculados a la música popular. El punto de partida para la narración es la Rusia zarista de principios del siglo XX. Zalmie Belinsky es un niño que vive junto a su madre y a su padre, el rabino Jacob, en una comunidad judía situada en Ucrania. Su localidad es devastada por un pogromo en el que su progenitor es asesinado mientras protege la Torah. Zalmie y su madre se ven empujados a huir y emigran a Nueva York. Son los años del cabaret, de shows desenfrenados a ritmo de ragtime, un ambiente en el que Zalmie es introducido en una compañía de variedades gracias a su proverbial voz.

La Primera Guerra Mundial se interpone en su carrera profesional. A partir de ese momento, Zalmie canaliza sus aspiraciones a través de su esposa y de su hijo, Benny, un genio precoz del piano. Del mismo modo, coquetea con la mafia en busca de un mejor estatus social. Este vínculo con los gangsters trae serias consecuencias para su familia, que se verá inmersa en la guerra entre familias por el control del negocio del alcohol.

El desmedido talento de Benny le posiciona como una de las promesas del jazz. Independiente por naturaleza, desoye las súplicas de su padre y se alista como voluntario para combatir el fascismo en Europa durante la Segunda Guerra Mundial, justo después de contraer matrimonio con la hija de un prominente capo del espectáculo. Su hijo, Tony, nunca llegará a conocerle.

Tony representa al inconformismo de la generación inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Absorto por los postulados beat se lanza a la carretera y recala en la costa Oeste, donde se está cocinando una revolución cultural y social a la par que las injerencias estadounidenses en el Sudeste Asiático van en aumento. Inmerso en una espiral de autodestrucción –mientras que sus letras conducen al estrellato a una banda de Haight Ashbury– se suma al ingente número de bajas que la contracultura sacrificó durante unos años que ardieron con la intensidad cegadora de una cerilla.

El enigmático Little Pete, un niño rubio de ojos azules que comienza a seguir a Tony durante un concierto en Kansas City, cierra el ciclo iniciado por Zalmie ochenta años atrás. A través de su mirada, Ralph Bakshi escruta los decadentes escenarios del Nueva York de la segunda mitad de los setenta, donde un nuevo género musical –el punk– se convierte en la voz de una generación hastiada y para la cual el futuro es cuando menos una simple quimera.

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Gran parte del interés que despierta «American Pop» reside en su magnífico guión, redactado por Ronni Kern. Es capaz de condensar las peripecias de los Belinsky –y los sobresaltos de la sociedad estadounidense- a lo largo de ocho décadas en apenas noventa y seis minutos. Ni duda cabe de que el espectador se encuentra ante una narración que, aunque a simple vista pueda parecer abigarrada, se desarrolla con una gran coherencia, en parte fortalecida por la madura técnica de Ralph Bakshi.

El guión de Kern es rico en toda una suerte de detalles. Contempla los acontecimientos más destacados del siglo XX en la historia de los Estados Unidos y otros pasajes no tan conocidos. Tal es el caso, por ejemplo, del devastador incendio en la fábrica textil «Triangle Shirtwaist» de Manhattan, acaecido el 25 de marzo de 1911 y en el que perecieron 146 personas, en su mayoría mujeres procedentes de Europa del Este. Las dos guerras mundiales, Korea o Vietnam se van sucediendo mientras que se retratan de un modo sutil otros hechos como la comparecencia del mafioso Joe Valachi ante el Departamento de Justicia, la publicación del poema «Aullido» de Allen Ginsberg, la ofensiva del Tet o la masacre de la universidad estatal de Kent.

Bakshi, al igual que Zalmie, se vio obligado a abandonar su tierra como fruto de la sinrazón. Nacido en Haifa (Israel) en 1938, huyó de la Segunda Guerra Mundial junto a su familia y se estableció en Nueva York cuando apenas tenía un año de edad. Bakshi creció en el vecindario de Brownsville, en Brooklyn. A pesar de que obvia en «American Pop» cualquier referencia a sus experiencias personales, muchos de los temas a los que recurre están inspirados en individuos que conoció en su entorno.

Si algo hace especial a «American Pop» es la técnica de animación empleada por Bakshi: la rotoscopia. Patentada en 1917 por el animador Max Fleischer, se utiliza para reemplazar los fotogramas de una filmación por dibujos calcados, lo que permite obtener una gran naturalidad en los movimientos y en las expresiones de los personajes. La rotoscopia fue utilizada en series de dibujos animados como Betty Boop. Asimismo, Disney recurrió a su uso en la película «Blancanieves y los siete enanitos» (Snow White and the Seven Dwarfs, 1937), de David Hand. Ralph Bakshi utilizó por primera vez el rotoscopio en su film «Los hechiceros de la guerra». Posteriormente, también recurriría a él en «El Señor de los Anillos».

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En «American Pop» Bakshi ofrece un cuidado manejo de la técnica. Si bien, el propio director llegó a mencionar las dificultades que el uso del rotoscopio supone a la hora de reflejar pequeñas sutilezas en los rasgos de los personajes. La totalidad del metraje fue realizada mediante la rotoscopia, excepto varios fragmentos de noticiarios y las ilustraciones que aparecen en los créditos iniciales así como intercalados durante la acción.

Las filmaciones empleadas como base para el trabajo de los animadores fueron rodadas con el mínimo de medios en un escenario y en ellas participaron varios actores. El reparto estuvo encabezado por Ron Thompson (Tony y Pete). El intérprete aseguró que se había inspirado en Marlon Brando y James Dean para caracterizar a sus personajes. Del mismo modo, el propio Bakshi le dotó de cierta libertad para que se sintiera cómodo a la hora de improvisar. Su interpretación, sumado al trabajo del equipo de animación, alcanza cotas de gran intensidad en el personaje de Tony. Lisa Jane Persky (Bella), Jeffrey Lippa (Zalmie), Richard Singer (Benny) y Marya Small (Frankie Hart) son otros de los intérpretes que se esconden tras sus alter ego animados en «American Pop».

Del mismo modo, Bakshi empleó también varias escenas pertenecientes a películas clásicas. Tal es el caso de «El enemigo público» (The public enemy, 1931), de William A. Wellman, de donde extrajo varios de los pasajes referentes a la guerra entre clanes mafiosos, o de «Stormy weather» (íd., 1943), de Andrew L. Stone, de donde procede la apasionado baile de «Sing, sing, sing (With a swing)», escrita en 1936 por Louis Prima.

En la actualidad, la rotoscopia ha sido desbancada por la captura de movimiento. El cambio tecnológico incluso ha traído consigo un mayor reconocimiento del trabajo de los actores que se ocultan tras los personajes creados digitalmente, como es el caso de Andy Serkis, el conocido Gollum de la saga Tolkien de Peter Jackson.

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El legado musical americano

Técnicas de animación aparte, la música popular es el eje en torno al cual gira la película de Bakshi. Determinado a ofrecer a los espectadores una cuidada selección musical, el director se las ingenió para obtener todos los derechos de las canciones incluidas en el film por menos de un millón de dólares. Por su parte, la música original fue compuesta por Lee Holdridge.

Bakshi se sumerge en el legado musical americano a través de títulos legendarios como «Maple leaf rag», del malogrado Scott Joplin, o «Smiles», de Lee S. Roberts. Prosigue su particular peregrinación a través de la música de Broadway compuesta por el genial George Gerswhin y se recrea en los ritmos de las orquestas latinas como «La Lecuona Cuban Boys», de Ernesto Lecuona, o en el charleston, que desataba las pasiones más bajas en los tugurios del Lower East Side neoyorkino.

Benny Belinsky actúa como médium para introducir al espectador en la música de los años treinta y cuarenta, marcadas por la consolidación del jazz y por los ritmos del las «big band». Interpreta en repetidas ocasiones «As time goes by», obra maestra de Herman Hupfeld, mundialmente conocida gracias a la magnífica «Casablanca» (íd., 1942), de Michael Curtiz. «No hay sitio para un piano en las trincheras», señala Benny, cuya vida, paradigma de una generación perdida, se le escapa entre los dedos mientras suena «Lili Marleen» en las ruinas de la vieja Europa.

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«Take five», de Dave Brubeck, introduce al espectador en una época repleta de convulsiones en la sociedad norteamericana. Son los años de los beatnick, época en la que un buen día Tony Belinsky decide abandonar su confortable hogar de Long Island mientras en la radio suena «Turn me loose», interpretada por Fabian y compuesta por el genuino Doc Pomus. Peter, Paul & Mary, The Mamas & The Papas y Bob Dylan anticipan con su sonido folk la eclosión de un nuevo movimiento juvenil, los hippies, que en «American Pop» aparece retratado con más sombras que luces. El personaje de Frankie, cantante de un pintoresco conjunto de Haight Ashbury, está inspirado en Grace Slick (cantante de Jefferson Airplane) y en Janis Joplin, cuya versión de «Summertime» pone música al que quizá represente el pico de dramatismo más alto de la película. No sólo la joven mártir de Port Arthur aparece retratada en «American Pop», también Jim Morrison -al frente de The Doors– y Jimi Hendrix recuerdan al espectador aquellos años preñados de talento y de excesos a partes iguales.

Los ideales hippies se diluyen a medida que los setenta avanzan. Tony apenas es un reflejo distorsionado de una época en la que los jóvenes creyeron en la posibilidad de cambiar el mundo. Lou Reed es el poeta de la urbe, cuyas calles, repletas de miseria, se han convertido en el caldo de cultivo idóneo para el nacimiento de los punks, representados en «American Pop» tan sólo a través de la canción «Pretty vacant» de los británicos Sex Pistols, algo paradójico si se tiene en cuenta a la nutrida familia de punks estadounidenses que por aquel entonces pululaban por lugares como el CBGB’s.

«Night moves», de Bob Seger, representa, en cierto modo, la cúspide de la saga de los Belinsky. Años después del estreno de la película, Ralph Bakshi reconoció que incluir esta canción en la banda sonora fue fruto de una decisión de la productora. En concreto, su propósito inicial era el de utilizar la desgarradora «Freebird» de Lynyrd Skynyrd, composición que suena de fondo en los créditos finales de «American Pop».

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