Capitán Conan, miserias de la Gran Guerra

El 11 de noviembre de 1918 la Primera Guerra Mundial concluyó oficialmente tras más de cuatro años de combates. Sin embargo, el conflicto dejó una huella indeleble en miles de hombres que presenciaron y protagonizaron la mayor carnicería conocida por el ser humano hasta ese momento. El escritor francés Roger Vercel, veterano de la contienda, reflejó en su novela “Capitan Conan” cómo la violencia es capaz de ahormar la voluntad de los combatientes, de convertirlos en máquinas de matar. Autómatas que una vez alcanzados los objetivos estratégicos son desechados, convertidos en una suerte de almas errantes incapaces -en muchos casos- de adaptarse de nuevo a una vida anodina y desprovista de las emociones fuertes del fragor de la batalla.

El director francés Bertrand Tavernier llevó a la gran pantalla en 1996 una adaptación de la obra de Roger Vercel. Su película, “Capitan Conan” (Capitaine Conan, 1996), es un alegato antibelicista donde se retrata sin concesiones a la implacable maquinaria bélica. Tavernier Cubiertaretoma de este modo su peculiar análisis sobre la Gran Guerra, iniciado a finales de los ochenta con el drama “La vida y nada más” (La vie et rien d’autre, 1989), en la que se cuenta la historia de un comandante al que se le encomienda la tarea de recopilar información sobre los miles de soldados franceses desaparecidos en combate.

La Primera Guerra Mundial interrumpió los estudios de Roger Vercel, que sirvió como camillero en los campos de batalla del Norte y el Este de Francia antes de ser nombrado oficial y de tomar parte en los combates de Yser, Champagne y el Somme así como del Frente Oriental, donde sirvió como subteniente. Sus vivencias le inspiraron en la creación de varias novelas sobre la contienda, entre ellas “Capitán Conan”, premiada en 1934 con el premio Goncourt. Su protagonista, Conan, es un oficial bretón al mando de un grupo de Cazadores Alpinos que libran su propio conflicto de un modo poco ortodoxo: a cuchillo. Individuos impregnados por el olor de la muerte y para quienes el retorno a la vida civil se antoja complicado. Inmersos en una espiral de violencia son requeridos por la justicia militar que, en tiempos de paz aparente, se avergüenza de sus “hijos”. Su amigo, el teniente Norbert, es nombrado fiscal de la corte marcial en la que serán purgados sus pecados.

Tanto la novela de Vercel como la película de Tavernier destapan las vergüenzas de la guerra, en la que los inocentes y el soldado común son las víctimas habituales. “Capitán Conan” hace especial énfasis en este aspecto y remarca el particular modo con el que la justicia militar gala echaba pelotas fuera a la hora de imponer su orden con castigos ejemplarizantes. Al igual que “Senderos de gloria” (Paths of glory, 1957), de Stanley Kubrick, Tavernier retrata a una plana mayor deshumanizada y ajena por completo a las vicisitudes de las trincheras, que impone sus valores de orden y ley a golpe de condena a muerte con el objeto de infundar el terror en el resto de hombres que osen sobrepasar la línea marcada. Como fruto de esta política, son llevados ante el tribunal soldados como Jean Erlane, un joven de manifiesta incapacidad para la lucha y acusado injustamente de deserción.

Capitán Conan” describe la honda brecha abierta entre aquellos que vertieron su sangre y quiénes dirigieron la lucha desde la retaguardia. “¡Los cuchillos han ganado la guerra, y no los cañones! (…) No serán más de tres mil los que los hayan utilizado, contado todos los frentes. Son esos tres mil los verdaderos vencedores. ¡Los otros se limitaban a ir detrás, recogiendo los frutos!”, enfatiza Conan, ejemplo de un ciudadano cabal –dueño de una mercería en Vercelsu vida anterior a la guerra- convertido por los acontecimientos en una efectiva máquina de matar pero que, a pesar de verse envuelto en esas circunstancias, goza de un mayor humanismo que quienes deberían hacer gala de esta virtud. Conan, interpretado magistralmente por Philippe Torreton, emerge como una suerte de antihéroe condicionado por su carácter irascible, su arrogancia y su fidelidad a un código de guerrero que trasciende a la deslealtad de sus superiores y que le empuja a entregarse a una lucha sin cuartel. Una vez desmovilizado, su cuerpo, enfermo, se alza como monumento de aquellos caídos a quiénes el considera los auténticos vencedores de la Gran Guerra.

Ambientada en los estertores de la Primera Guerra Mundial en el Frente Oriental, “Capitan Conan” vierte luz sobre uno de los episodios más desconocidos del conflicto y que Tavernier supo describir con el patetismo propio de lo acontecido. Tras ser firmado el armisticio del 11 de noviembre de 1918, un contingente formado por varios centenares de soldados galos permaneció movilizado a caballo entre Bucarest y Sofía antes de ser enviado al combate en el delta del Danubio para poner freno a los bolcheviques.

La película incluye una paradigmática escena en la que se celebra el fin de las hostilidades. Mientras un general lee un comunicado bajo una lluvia inmisericorde, una banda de música toca una infame interpretación de La Marsellesa y los soldados abandonan sus formaciones aquejados por una epidemia de disentería. Este pasaje condensa el clima que, a lo largo de todo el metraje, pretende transmitir ese choque de actitudes entre dos modos diferentes de entender la guerra: el de aquellos que luchan por obligación y el propio de los que han hecho de la vida militar su carrera profesional.

Tavernier disecciona este cruce de puntos de vista a través de los dos personajes principales, Conan y el teniente Norbert (Samuel Le Bihan). Aunque ambos proceden de entornos profesionales ajenos al ejército y comparten una gran amistad, encaran la situación de diferente modo. Conan se entrega a los placeres carnales, las juergas y las peleas. Huye de la remilgada actitud de sus superiores. Por su parte, Norbert –maestro en la vida civil- acata con resignación las órdenes, respeta las leyes y se entrega en cuerpo y alma a su tarea como fiscal. Precisamente, este cometido –que les distanciará inicialmente- acabará conduciéndoles hacia una búsqueda de la inocencia, siempre empañada por la intransigencia y por la nula capacidad de algunos oficiales para dirigir a sus subordinados.

 Fotograma

Gran parte de la película fue rodada con luz natural. Resultan especialmente atrayentes las escenas de combate nocturnas, en las que Tavernier –apoyado en el trabajo del cineasta Alain Choquart– recrea el ambiente tenebroso de la tierra de nadie o de las trincheras habitadas por unos soldados alienados. El cuidado tratamiento de la iluminación da como resultado una fotografía que, en cierto modo, certifica la desesperanza que acucia a los protagonistas. Esta sensación se refuerza con la música de Oswald d’Andrea.

Bertrand Tavernier fue galardonado con el premio César a la Mejor Dirección por esta película. Asimismo, Philippe Torreton recibió el premio César al Mejor Actor por su notable interpretación, próxima a su anterior trabajo para Tavernier en “Ley 627” (L.627, 1992), en la que da vida a un policía de la brigada antidroga de París.

Capitán Conan” pone de manifiesto la incoherencia de los conflictos armados y vuelve su mirada a la Gran Guerra, origen de un nuevo orden mundial y cuyas consecuencias condujeron a la debacle de 1939 como fruto del odio que contribuyó a sembrar. La película es un ejercicio de memoria que se puede extrapolar a cualquier contienda. Y es que Tavernier recuerda al espectador que, con sus defectos y sus virtudes, son muchos los que como Conan fueron apeados en la cuneta en pos de una conciencia más tranquila y cuyos cuerpos sirvieron para erigir “bonitos cementerios”. 

-Crítica completa en Ultramundo

 

   

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