El mito de Fausto según Murnau

La situación era insostenible a mediados de los años veinte en la República de Weimar. La Primera Guerra Mundial había pasado factura a los alemanes, precipitándolos al abismo de una crisis implacable. La condiciones impuestas por los vencedores en el Tratado de Versalles, entre las que se contemplaba el cierre de las exportaciones germanas, habían disparado la inflación generando el caldo de cultivo propicio para el imparable auge del nazismo. En medio de ese clima desolador, el cine alemán experimentó una de sus etapas de máximo esplendor de la mano de realizadores como Robert Wiene, Fritz Lang y Friedich Wilhelm Murnau. Este último estrenó en 1926 «Fausto» (Faust, 1926), la producción más cara hasta ese momento de la cinematografía alemana.

En 1924 Murnau llevó a la gran pantalla su película «El último» (Der letze mann, 1924), producida por Erich Pommer. El historiador Luciano Berriatúa, autor del libro «Los proverbios chinos de F. W. Murnau» (Filmoteca española, 1990), señala que este film fue realizado con el objeto de llegar al mercado exterior. Cabe señalar que, hasta 1920, la República de Weimar había cerrado las puertas a las producciones extranjeras, incentivando las producciones nacionales. Sin embargo, la crisis hacía inviable el afrontar el rodaje de superproducciones. Es por eso que, con el objeto de financiar «El último» se llegó a un acuerdo con empresarios alemanes afincados en los Estados Unidos. Berriatúa comenta que Murnau, Pommer y, posteriormente, Lang, viajaron a América y allí firmaron un consorcio integrado por las productoras Paramount, Metro-Goldwyn-Mayer y Universum Film AG (UFA) mediante el cual se accedía a facilitar la distribución de películas entre ambos países. Como fruto de ese trato, UFA produce dos superproducciones: «Fausto» y «Metrópolis» (íd., 1927).

«Fausto» es la última película de la etapa alemana de Murnau. La idea inicial es que el film fuese dirigido por Ludwig Berger. Sin embargo, el productor Erich Pommer optó por Murnau que, a sus treinta y ocho años de edad, había madurado por completo su propio estilo, siempre difícil de clasificar.

Se trata de una reinterpretación del clásico mito alemán, abordado magistralmente por Christopher Marlowe y por Goethe en los siglos XVI y XIX, respectivamente. Cuenta la historia de Fausto (Gösta Ekman), un anciano alquimista que tras, fracasar en su proyecto vital de hallar una pócima paraCartel erradicar la peste, firma un pacto con Mefisto (Emil Jannings) con el fin de alcanzar el bien a través del mal. Sin embargo, después de ser rechazado por sus conciudadanos, es tentado por la juventud y los placeres conduciendo hacia la desgracia a su amada, Gretchen (Camilla Horn).

Jordi Balló y Xavier Pérez afirman en su libro «La semilla inmortal. Los argumentos universales del cine» (Anagrama, 1997) que el «Fausto» de Murnau es una síntesis perfecta de los grandes temas del argumento faústico desde una concepción creativa e innovadora. El guión fue escrito por Hans Kyser bajo la tutela de los productores, interesados en que la película mostrara aspectos del folclore germano. Kyser fusiona estos elementos con otros procedentes de las interpretaciones de Marlowe, Goethe y del compositor francés Gounod. Sin embargo, Murnau, contrario a la postura de la productora opta por adaptar a su gusto el texto con la ayuda de Thea von Harbou, esposa por aquel entonces de Fritz Lang.

El carácter meticuloso de Murnau hizo que los preparativos y el rodaje de la película se prolongasen durante más de dos años. El proyecto contó con un presupuesto superior al millón de marcos, una cifra desorbitada para la época. El film destaca por su cuidado aspecto pictórico y por una imagen impecable. Berriatúa recuerda que el realizador germano, licenciado en Historia del Arte y Literatura, siempre había soñado con ser un pintor. La fotografía de «Fausto» recuerda a los grandes genios de la pintura, en especial a Rembrandt pero también a Böcklin, Munch, Kaulbach o a los prerrafaelistas.

Carl Hoffman fue el encargado de la dirección de fotografía. El proyecto inicial contemplaba la contratación de Karl Freund, con quien Murnau ya había trabajado en el rodaje de «El último». No obstante, Freund, más interesado en participar en el rodaje de «Metrópolis» había dejado en la estacada a su antiguo compañero. «Murnau no se entendía muy bien con Hoffman. Se encuentra con un director de fotografía que quiere hacer una imagen muy preciosista y pictórica pero cuyas imágenes no sirven para atrapar al espectador y crearle emociones como él pretendía», matiza el historiador.

La composición de los planos destaca por su exquisitez y por un control magistral de las líneas de fuga, utilizadas en numerosas escenas para conducir la mirada del espectador hacia puntos concretos de la pantalla. Durante el rodaje fueron empleadas dos cámaras y algunos de las escenas fueron grabadas varias veces durante interminables jornadas de trabajo. Por ejemplo, se empleó un día entero para filmar la escena en la que las letras del contrato con el diablo aparecen por arte de magia. Por otra parte, el uso expresionista de la luz es heredero directo de la etapa teatral de Murnau en la compañía de Max Reinhardt, quien dotaba a sus puestas en escena con logrados efectos lumínicos y que recurría a pintores como Munch para la realización de sus decorados.

Asimismo, «Fausto» pone de relieve el grado de perfección alcanzado por Murnau en el empleo de los efectos especiales. El realizador se apoyó en el trabajo de los escenógrafos Robert Herith y Walter Röhrig, con los que ya había trabajado durante el rodaje de «El último» y de «Tartufo» (Herr Tartüff, 1925). Röhrig poseía una trayectoria ampliamente contrastada y había formado parte del equipo de rodaje de «El gabinete del doctor Caligari» (Das kabinett des Dr.Fausto y Mefisto Caligari, 1920), dirigida por Wiene y considerada la obra más representativa del cine expresionista alemán. Herith y Röhrig son los artífices de las maquetas o de los escenarios en los que se desarrolla la acción. Escenas como el trepidante vuelo de Mefisto y Fausto a la ciudad de Parma, la invocación al diablo en un cruce de caminos o la amenaza de Mefisto sobre la ciudad sientan cátedra sobre lo que Murnau era capaz de hacer con los medios de la época.

Berriatúa sostiene que la elección de los actores estuvo sujeta al grado de implicación de la Metro-Goldwyn-Mayer en la financiación. Si la compañía americana aportaba el presupuesto necesario Murnau estaba dispuesto a contratar a Lillian Gish, John Barrymore o Greta Garbo. Finalmente, MGM sólo participó en la distribución y en la coproducción americano-europea.

Emil Jannings, que encarna a Mephisto, encabeza el reparto. Era el actor de moda en la República de Weimar y había protagonizado dos películas de Murnau: «El último» y «Tartufo». Su estatus le había permitido cobrar 600.000 marcos por su interpretación, tal y como precisa Emil JanningsBerriatúa. No obstante, y a pesar de su ego, elevado por la nubes, se tuvo que adaptar a la estricta disciplina de Murnau, quien controlaba todos y cada uno de los detalles de sus actores con el objeto de alcanzar la máxima perfección. Jannings cumple las expectativas con creces y realiza una interpretación soberbia. Un año más tarde, se convirtió en el primer actor ganador de un Oscar por su interpretación en la película «La última orden» (The last command, 1928), de Josef von Sternberg.

Gretchen, la auténtica víctima del «Fausto» de Murnau, es interpretada por Camilla Horn, una joven actriz y bailarina que había compartido protagonismo con Marlene Dietrich, apenas un año antes, en la película «La señora no quiere niños» (Madame wünscht keine kinder, 1926), de Alexander Korda. Murnau presenta a Gretchen como una jovencita inocente enamorada de Fausto. Nada que ver con la Gretchen de Goethe, la cual no duda en dejar señales para manifestar a su querido sus intenciones libidinosas.

El actor sueco Gösta Ekman es el encargado de interpretar a Fausto. El trabajo de maquillaje le hace irreconocible durante los primeros compases de la película, en los que se muestra a un Fausto anciano y decrépito, decepcionado por ser incapaz de ayudar a sus semejantes. Fausto, tentado por Mefisto, aceptará sellar su pacto con el mal a cambio de la juventud y los placeres de la vida. Durante el rodaje de «Fausto», Ekman desarrolló una adicción a la cocaína en un intento por soportar su intenso ritmo de trabajo. El abuso de las drogas acabaría con su vida a la temprana edad de 47 años.

Yvette Guilbert, la cantante de guantes negros retratada por Toulouse-Lautrec en el Moulin Rouge, da vida a Marthe, la pícara tía de Gretchen. Su presencia en la película responde a la coproducción de MGM. A mediados de los años veinte, la que había sido considerada por Sigmund Freud como su cantante favorita, ofrecía clases de canto en Nueva York y París.Fausto Gretchen y Mephisto

El elenco se completa con William Dieterle, mucho más conocido por su trabajo como director. Interpreta a Valentin, hermano de Gretchen. Dieterle, que también había trabajado en la compañía teatral de Reinhardt, fundó apenas un año después del estreno de «Fausto» su propia empresa cinematográfica.

«Fausto» se convirtió en el pasaporte directo para Murnau a Hollywood. En 1926 se estableció en los Estados Unidos tras firmar un contrato con «Fox Studio». Allí rodó cuatro películas entre las que destaca «Amanecer» (Sunrise, 1927), considerada por muchos la mejor película de la era silente. El 11 de marzo de 1931, una semana antes del estreno de su último film, «Tabú» (íd., 1931), su coche se estrelló contra un poste. Como consecuencia de las lesiones perdió la vida un día después.

El historiador Berriatúa, responsable de la restauración del montaje pensado por Murnau para ser proyectado en Alemania, sostiene la presencia de una doble lectura en «Fausto». Comenta que, al igual que sucede en otras de sus películas, oculta una crítica a la homofobia. El estudioso señala que Murnau -cuya condición sexual era la de homosexual- traslada a la pantalla la persecución que por aquel entonces sufrían los homosexuales de un modo sutil, camuflada a través del escarmiento que sufre Gretchen tras ser descubierta con Fausto en su alcoba. Murnau realiza una inversión de los elementos para jugar con el inconsciente del espectador y hacer proselitismo de esta causa. «Al final de la película, deja claro que lo único que importa es el amor», subraya.

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4 Respuestas a “El mito de Fausto según Murnau

  1. Los primeros diez-veinte minutos de la película me producen un impacto brutal. Además, no repudio la influencia de esa música tan extraña que le metieron en su reciente remasterización. Creo que su desafinamiento ayuda a crear ese torbellino tan espeluznante.

    • Durante los últimos diez años, se han compuesto varias bandas sonoras. Es posible que hayamos visto la misma versión. A ciencia cierta, desconozco quién es el autor de la música pero -aunque a veces resulta demasiado perturbadora- contribuye a dotar a la película de una atmósfera inquietante. El film me ha gustado mucho, muchísmo diría. También me quedo con los primeros compases y con la fascinante escena del vuelo a Parma.

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